domingo, 7 de abril de 2013

Mi Novia es un Súcubo - Cuento

AGOSTO:
Salté y caí de pie en medio del pavimento, agachado, antes de que el autobús rugiera fuerte y ensordecedoramente al verme bajar. No pude evitar voltear a verlo alejarse y desaparecer al otro lado de la esquina. Por lo menos ese infernal viaje había terminado.
Con mi mochila al hombro y mi libro en la mano izquierda, me enderecé y caminé un par de calles, explorando el lugar, como si nunca lo hubiera visto antes.
La Alameda estaba tranquila, con únicamente un hombre paseando a su perro cerca del quiosco, y una señora sentada en una de las bancas frente a él. El único ruido provenía de la calle, aunque los ladridos del perro resonaban de vez en cuando también.
Pensé en ir al Jardín, a unas pocas cuadras de donde estaba, para sentarme a leer “Tormenta de Espadas” en inglés, pero últimamente, estaba lleno de gente, vendedores y alboroto, y se volvía increíblemente difícil el poder concentrarse para leer allí. Además, había muchas parejas y pocas mujeres solteras, por lo que la Alameda fue una alternativa mucho mejor.
No me decidí a sentarme y leer de inmediato, pues tenía que encontrar un lugar donde el sol no me pegara directamente, pero donde no estuviera tan retirado, sin que me viera leyendo alguna chica atractiva. Esto era para poder mostrarme con una personalidad mucho más interesante.
Di un par de vueltas por los pasillos entre las jardineras, cruzando primero por el paso diagonal hacia el quiosco, y después recorriendo las orillas. Entonces, encontré el lugar ideal. La banca era de las pocas que no tenía caca de paloma, y que estaba ligeramente cubierta por la sombra de un árbol alto, pero que dejaba entrar la luz lo suficiente como para no lastimar la vista al leer.
A medida que me acercaba, desde la otra dirección llegó alguien más. Parecía ser una de esas chicas góticas, pero no se vestía como una. Se veía de unos 25 años. Su cara era ligeramente redonda, cachetona, pero su cuerpo en general era esbelto. Sus brazos y piernas estaban bien formados, aunque quizás delgados de más, y su piel era pálida. Tenía un corte de cabello estilo “bob”, con un fleco recto justo encima de sus cejas. Casi todo su pelo era negro, pero tenía algunos rayos de color rojo fosforescente, los ojos delineados también de negro con un poco de rosa, y usaba una camisa de seda blanca, una falda de mezclilla y medias de nylon con diseños de medias lunas. Eso, y un par de alas gigantescas de gárgola, en la espalda.
Con una de esas semejantes alas, cubría su cara del sol mientras se acercaba a la banca. Por quedármele mirando, ya no avancé y la vi apoderarse del lugar perfecto para leer.
Suspirando, estaba por dar media vuelta, resignado, y buscar otro lugar, pero antes de hacerlo, vi que aquella chica tenía un libro de bolsillo en su mano derecha. El color gris de la pasta y su tamaño de bolsillo me pareció familiar. Al notar que el título estaba en inglés y tenía un escudo medieval redondo con un dragón en la portada, supe inmediatamente qué estaba leyendo. A juzgar por su apariencia, supuse que esta muchacha tendría una personalidad y gustos interesantes.
Con esas mismas alas gigantescas en su espalda, formó una pequeña sombra detrás de ella para leer sin las molestias de la luz de sol, algo que me pareció muy buena idea y que resultó muy conveniente para ella. Leía con atención. Se notaba interés y emoción en sus ojos mientras seguía las palabras escritas por George R. R. Martin.
Al notar que ella me veía acercarme, decidí no decir nada, y simplemente mostrarle la pasta de mi libro.
Al estar a un paso frente a ella, sonrió.
“Ese es el mejor, hasta ahora” me dijo. Su voz sonaba provocativa, grave, pero femenina, y melodiosa.
“Sí, apenas va a empezar lo bueno,” le contesté. Noté que la muchacha había llegado a más de la mitad del libro, a juzgar por dónde lo había abierto. “¿Y qué tal está ese?”
“Está mejor que el cuarto,” dijo rápidamente. “Ya por fin ves lo que pasa con…”
“No, no, no me digas,” dije, levantando las manos. “No me arruines la sorpresa.”
“Uy, entonces mejor no platicamos de este ni del tuyo.” Ella señaló su propio libro y después el que estaba en mi mano. “Pasan muchos… eventos desafortunados.”
Sonreí, y por un momento hubo un momento de silencio incómodo. Rápidamente, ofrecí una alternativa.
“Mejor hablemos de ‘Choque de Reyes’. ¿Qué te pareció ese?”
“Tiene cosas interesantes,” me contestó sonriendo, “pero como que pierde la tensión a la mitad.”
“Ah, pero la batalla es buena,” justifiqué.
“Sí, esa parte sí es emocionante. Pero, no sé, como que le perdí el hilo a muchas de las tramas.”
“Ah, es que tiene una bestialidad de subtramas. A veces, tengo que estar a cada rato atrás con los apéndices para saber quién es quién.”
La chica me vio con los ojos abiertos y rápidamente hojeó su copia de “Danza con Dragones”, llegando a las últimas páginas, leyendo los apéndices, aparentemente por primera vez.
“Con que para eso sirven,” dijo, asombrada.
No pude evitar reír, y ella también.
“Te juro que nunca los leí,” decía ella, mientras analizaba con detenimiento las listas con nombres de personajes y los parentescos que tenían uno con otro. “Yo decía, ‘qué flojera tener que leer esto en todos los libros…’ Oh, ya,” dijo después de leer el árbol genealógico de los Tully. Nuevamente rió. “Voy a tener que leerlos otra vez, varias cosas se me escaparon.”
“Yo lo que no entiendo, lo leo en el resumen en internet,” sugerí.
Ella se me quedó mirando, un tanto enojada.
“No, no puedes hacer eso,” dijo, ligeramente decepcionada. “No busques ayuda para leer.”
“Perdón, perdón.”
“No es cierto,” dijo después, riendo otra vez y pegándome en el hombro con la palma de su mano. Sus alas se abrieron ligeramente y el sol me pegó un poco en el ojo. “Oh, perdón”, dijo ella, al verme parpadear y retroceder la cabeza. “A veces me distraigo y se me mueven.” Apareció estar ligeramente sonrojada. Sus alas volvieron a su posición original, y permanecimos en silencio, mirándonos.
“Lilith,” me dijo, extendiendo su mano.
“Aldo,” dije yo, estrechándola.
Recordé en ese instante lo que había leído, y aproveché para tocarle el hombro, de manera amistosa pero sin esconder un interés por… algo más. Para dejar una impresión. Ella se me quedó viendo, a punto de sonreír, pero después, su rostro se entristeció.
“¿Dije algo?” pregunté, con una ceja levantada.
“No es nada,” contestó ella, mirando hacia abajo. Nerviosa, hojeó su libro, obviamente sin leer nada. “Y, ¿qué más de fantasía has leído?”
Conversamos sobre Tolkien y Frank Herbert, reímos intercambiando burlas de “Crepúsculo”, criticamos los pros y contras de James Patterson y nos fascinamos como todos unos geeks cuando ella mencionó a Stephen King.
“A decir verdad, nunca he querido leer literatura latinoamericana,” me dijo Lily, cuando la conversación se desvió al mencionarle “Cien Años de Soledad”
“No he leído tanto como debería,” expliqué, “pero ese en particular es muy bueno.”
“Nada más leí ‘Como Agua para Chocolate’, y me encantó. Hasta me pareció mejor que la película.”
Subsecuentemente, comenzamos a debatir sobre cuál fue genuinamente la mejor película mexicana jamás hecha, yo sosteniendo que la adaptación de “Como Agua para Chocolate” era la ganadora indiscutible, mientras que ella defendía con brío “El Callejón de los Milagros”.
Nuestra conversación entonces se desvió más, y en un instante hablábamos de cine y libros, para después hablar de música, tatuajes y lugares turísticos. Por un momento, me pareció que estaba soñando. Nunca había hablado tanto y tan a gusto con una chica en mi vida.
Notamos el transcurso del día cuando las alas de Lilith empezaron a caerse, tal vez por el cansancio y los rayos del sol ya no molestaban mi vista. Tanto ella como yo sacamos nuestros celulares, el de ella un iPhone, y vimos la hora.
Ambos suspiramos.
“¿Ya son las 5?” dijo ella, sorprendida. Yo estaba por decir lo mismo. Ella me miró después. “¿Tienes que hacer algo en la tarde?”
“No, de hecho, no,” contesté.
“Podemos seguir platicando, si quieres.”
“Por mí no habría problema.” Sonreí.
“Hay una cafetería en la otra calle. Ven, te invito un cappuccino.”
“Oh, claro, ¡gracias!”
La cafetería que me mencionaba ella se llamaba “Hardcoffee”, con una temática de rock. Aunque el diseño interior era pobre, con las obligatorias fotos de Jim Morrison, Hendrix y los Beatles como murales, y las mismas canciones de siempre, el cappuccino que eligió Lilith, y que consecuente yo también pedí, era excepcional. Servido en un vaso de cartón blanco, el líquido tenía un color café muy claro, y encima de todo tenía una espesa capa de espuma, tan blanca como la leche de la que fue formada,  y un centro de polvo de canela. Si bien, por fuera, parecería cualquier otro cappuccino, su sabor no estaba demasiado diluido ni tampoco intolerablemente amargo, sino con un balance delicioso, dulce y fuerte a la vez.
Nos sentamos cerca de la entrada a la cafetería.
“Así que, cuéntame, Aldo,” empezó ella, mientras añadía azúcar a su café, “¿desde cuándo lees?”
“¿Yo? No es por sonar sangrón o presuntuoso, pero sinceramente ya no me acuerdo desde cuándo leo. ¿Pero qué hay de ti, Lilith?”
“Llámame Lily,” dijo ella después de cubrir con su mano la risa de su delicada boca, cual niña apenada. “Yo empecé a leer desde los 10 años.”
Ambos le dimos un sorbo modesto a nuestra bebida, yo soplándole para que se disipara lo caliente. No funcionó.
 “¿Libro favorito?” dije después.
Lily sacó la lengua y echó su cabeza hacia atrás, en señal de tedio. “Ay, no, no me preguntes eso. Qué hueva.”
“¿Por qué no?”
“Porque todos pueden decir que tal o cual es su libro, o su canción, o su película, o su comida favorita, ¿y qué obtienes de eso? Nada verdaderamente útil.”
“¿Es esa una manera literaria de decir que no tienes un favorito?” Sonreí al decirlo.
Lily hizo un puchero. “Supongo…” Le dio un sorbo a su café. “Bueno, entonces, otro tema. ¿Trabajas?”
“Soy nini”, dije, bajando los hombros, derrotado.
“Yo también.” Ella imitó mi expresión. “Yo estudié Merca, ¿y tú?”
“Comunicación.” La miré fijamente. “Eso significa que somos enemigos jurados.”
Lily respondió con una mirada de desafío y falsa superioridad. “Porque todos saben que los mercadólogos somos mejores,” recitó.
 “Blah, blah, blah.” Ahora yo dejé caer mi cabeza para atrás. “Los comunicólogos hacen todo lo divertido, blah, blah, blah, Mercadotecnia es sólo investigación de mercados, blah, blah, blah.”
Lily rió con la boca abierta esta vez. “¿Por qué siempre tienen que decir lo mismo?”
“No sé, es pura terquedad. Nadie quiere aceptar cuando uno es mejor que el otro.”
El ambiente se silenció un poco, con las risas apagándose. “¿Y en qué quieres trabajar?” insistió Lily.
“Mi sueño, es la tele, o, si apuntamos más alto, el cine.”
Élla asintió con la cabeza. “Dejaste solicitud en Gamesa, ¿verdad?”
La señalé con un dedo aclaratorio. “Pero en el corporativo. Nada de trabajo en planta.” Di otro sorbo a mi café. “Ahorita anda circulando mi currículum por Gussi.”
“¿Artecinema?” Lily se mostró emocionada. “¿En el D.F.?”
“Ese mero. Apunto alto, pero espero que me den chance.”
“Wow, qué chido.”
“¿Y tú? ¿Cuál es tu trabajo soñado?”
“Yo, publicidad.”
“Qué predecible.”
Ella me golpeó otra vez el hombro, alegremente. “Cállate. Yo si tengo buenas ideas. No es como la mitad de los tarugos que trabajan aquí en Celaya, imprimiendo lonas con faltas de ortografía y perifoneando.”
“¿Te irás a alguna ciudad? Allí siempre hay mejor oportunidad.”
“Supongo.” Lily se mostró con muy poco interés. “Me gustaría quedarme aquí y hacer una diferencia.”
Después, ya no dijimos mucho. Nos quedamos un largo tiempo en silencio, solamente bebiendo café y pensando, con los sonidos de la voz de Allanah Myles entonando “Black Velvet” en una versión en vivo llenando la atmósfera. Ella movía la cabeza de lado a lado. Pude notar que le gustaba mucho la canción.
Sin embargo, nadie dijo ni una palabra. Yo ya hasta me había acabado mi café, y ella estaba por dar su último sorbo.
“Ey, está pasando lo de Pulp Fiction”, dije yo, cuando se hubiera acabado la canción.
“¿Qué cosa?”
“Lo que decía Mia Wallace. Que sabes cuando la persona con la que estás es especial, cuando no tienes que decir nada, y no hay un silencio incómodo.”
Lily asintió con la cabeza, y dio otro sorbo a su café. “Entonces” dijo ella, después, “¿crees que soy especial?”
Abrí bien los ojos al darme cuenta de mi sutil y, admitámoslo, accidental cumplido, y me puse algo nervioso. Su sonrisa me reconfortó un poco.
“Yo también creo que eres especial.” Lily me vio fijamente, y después miró hacia abajo. “Nunca me he dado cuenta de eso tan rápido.”
 “Oye, sí.” Asentí, un tanto extrañado, pero con confianza. “Apenas es la primera cita, y ya siento que te conozco bien.”
“Creo que tuvo que ver que estábamos leyendo los mismos libros.”
“Y en inglés, los dos. Eso cuenta para algo.”
Lily terminó su café.
“¿Y dónde vives?” pregunté. “Te acompaño a tu casa.”
Después de tirar nuestros vasos en el bote de basura junto a nosotros, salimos de la cafetería. Caminamos hacia el Boulevard, y la coincidencias que nos hicieron conocernos ya no continuaron. Yo debía irme hacia el Eje, mientras que ella se dirigía a Arboledas. Sin realmente recibir una instrucción por parte de ella, cruzamos el puente y esperamos el autobús desde el otro lado de la calle.
Cuando el camión se veía al otro lado de la esquina, retenido por el semáforo, Lily me sonrió.
“Me dio un gusto conocerte.” Acercó su cara a la mía, y yo también me acerqué.
Estábamos por darnos un beso, cuando Lily se alejó repentinamente y sus ojos se movieron hacia abajo.
“¿Pasa algo?”
Ella suspiró, cerrando los ojos, y pude notar una lágrima que salió de su ojo.
“No sé si pueda,” dijo ella, ya sin mirarme.
“Pero, ¿por qué?” dije, preocupado. “¿Tienes novio?”
Lily simplemente rió,  pero seguía triste.
“No, claro que no.” El camión interrumpió el momento, y ella se subió. Me volteó a ver mientras ascendía los escalones, pasando el contador, y pagando $6 al chofer.
“¡Espera!” grité, acordándome de lo más vital, “¿tienes Facebook?”
El camión arrancó, y se alejó.
“¡Búscame como ‘Lily Tatou’!” gritó asomándose, casi saliéndose por la ventana, sin prestar atención a las miradas indignadas de los otros pasajeros. “¡Es la única así! ¡Nos vemos!” Me sonrió. Y yo a ella.
Y con ese último despido, dejé de verla por el día de hoy. Me despedí de ella moviendo la mano, pero el camión ya se había alejado y cruzado el siguiente semáforo.

SEPTIEMBRE
Para las siguientes citas, procuré no llevarla a lugares donde hubiera que gastar, y ella lo captó, al invitarme también a lugares abiertos, y gratis. Fuimos varias veces al Jardín, entramos a museos, y caminamos por todo el Boulevard, 12 de Octubre y Tecnológico, claro que no todas de una vez, y solamente comprábamos cafés, helados y dulces. Entrábamos a tiendas a ver las cosas, y veíamos la sección de juguetes de los supermercados. Pero nada de cenas ni antros.
Fue tan grato que a la tercera vez que fuimos al Jardín y nos sentamos en la banca comiendo un helado de La Michoacana, habláramos de nuestra relación. Fue todo tan lindo, y la conversación tan amena, sin esos clásicos dramas de “no se si te quiera” o “no quiero echar a perder esta amistad”. Ambos nos gustábamos, y desde ese momento, lo hicimos oficial. Nos volvimos novios.
“Sin embargo,” me dijo seriamente, “hay un detalle.” Tomó aire, pero no esperó mucho en confesármelo. “No podemos tener sexo.”
Sonreí.
“No creo que haya problema con eso. Soy cristiano.”
Ella no esperaba esa respuesta.
“¿En serio? No te ves muy religioso.”
“No soy de los que gritan “Gloria Amén” cada vez que habla un predicador, y tampoco de esos que suben estados de Facebook de ‘Gracias a Dios por responder a mis oraciones… blah, blah, blah’. Pero podrías decir que soy ‘creyente’, por tan engañoso que sea el término. Y, pues vivo relativamente bien, sin fumar ni tomar. Y tampoco teniendo… relaciones.”
“Eres virgen, ¿verdad?” dijo ella, sonriendo maliciosamente.
Bajé la cabeza. “Sí.”
“Ojalá no te vaya a dar tentación.”
“Si tú no quieres, no te lo voy a pedir.”
Lily sonrió, suspiró y me dio un ligero beso, de piquito.
“¿Eso se vale?” dije, con una sonrisa intentando brotar de mi rostro. Intenté lo mejor que pude el esconderla, pero Lily se dio cuenta sin mucho esfuerzo.
“Sí.”
“Entonces, ¿por qué no me besaste aquella vez, cuando te subiste en el camión?
Lily me vio, sin mucha expresión.
“Tenía que preguntarle a mi papá,” dijo entre dientes.
Asentí, sin realmente saber qué responder respecto a eso. “Si me permites preguntar,” dije después de reflexionar, “no digo que vayamos… pero si quisiéramos… ¿por qué no podríamos?”
“Porque te mataría.”
Eso me pegó un poco fuerte, pero tenía sentido. “OK,” dije, sin realmente tener la intención de decir algo más significativo. “¿Ya tienes hambre?”
“Algo.”
“Vamos por unos tacos.”
El único puesto abierto tan temprano era el de “Los Tacos de Gerardo”, y cuando los probamos, supimos que fue una mala idea. Ninguno de los dos reflejamos al taquero, presuntamente Gerardo, nuestros pensamientos al probar los vistosos tacos de costilla, bistec y cabeza, servidos en doble tortilla. Los de Lily estaban cubiertos de ligeras líneas de salsa verde, cilantro y cebolla, mientras que los míos solamente tenían miserables dejos de salsa roja. Aunque por fuera se veían apetitosos, por dentro, la carne era hule.
“Oye, ¿no vuelas con tus alas?” pregunté mientras forcejeaba con un pedazo de bistec que aparentaba ser macizo, pero resultó peor. “Llegarías más rápido.”
“Pues, debería,” me contestó mientras echaba una ración más de limón a sus tacos de costilla, “pero nunca aprendí. Mis tíos me siguen molestando, pero ya no les hago caso.”
“Ahorrarías mucho en los transportes,” le dije.
“Sí, ya sé. Ellos me dicen lo mismo.”
Cuando terminamos de comer, entregamos rápidamente los platos y cada quién pagó diez pesos al pobre taquero. Ambos le sonreímos, y él respondió de igual manera, ninguno de los dos con el corazón para expresarle nuestro disgusto, y nos retiramos.
Vagamos por la calle, sin realmente tener un rumbo al cual ir. Dimos otra vuelta por el Jardín, y aunque pensé que iríamos hacia el templo de San Francisco, Lily me llevó por Miguel Hidalgo, del lado del SanRof, y caminamos hacia el Oeste.
“Siendo oficialmente pareja,” dije después de que dejáramos al Jardín atrás, “me ofrezco a pagar por la próxima cena.”
“Me parece bien,” sonrió ella. “Pero, antes, quiero conocer a tu familia.”
Tragué fuerte.
“Mejor no.”
“¿Por qué no? ¿Tendrán un problema conmigo?”
“No,” eso era verdad. “Es sólo que nunca están,” eso era mentira.
“Tú ya conociste a mis papás.”
“Personas muy lindas, y me cayeron muy bien.”
“¿Y tus papás no me caerán bien?”
No dije nada. Rápidamente saqué mi celular y vi la hora. Las 5:13 p.m. No era una hora que representara algo en particular. Lo hice para no tener que encarar el rostro de mi nueva novia, mientras me escudriñaba, intentando sacar la verdad de mí. Cuando desistió, sentí cómo su mirada me dejaba de inquirir, y volteé a verla.
“Es complicado,” le dije, finalmente.
“Si no te dejan tener novia…”
“No, no es eso… Ellos ya saben de ti… Es sólo que…”
“Bueno, está bien. No me digas. Pero voy a tener que conocerlos algún día. Si quieres andar conmigo, te pongo esa condición.”
“OK,” dije, indulgentemente. “Nada más, no ahorita.”
Lily me vio fijamente, un tanto enojada y decepcionada, pero no me pareció inconveniente, y aproveché para darle otro beso, que me pareció que sería el primero oficial como novios. Al separarme, ella respondió acercándose y besándome otra vez, ella con más pasión. La abracé, intentando no invadir el espacio de las alas en su espalda. Como tenía los ojos abiertos, me fijé por si no había nadie cerca. Unas personas estaban pasando, y nos estaban viendo.
Ella notó que seguía nervioso, y al separar sus labios de los míos, me sonrió, me volvió a besar y extendió sus alas para taparnos, como si me estuviera refugiando de la vista de todo el mundo. Al no tener nada más que la membrana de sus alas alrededor de nosotros, tan calurosa y cómoda, finalmente cerré los ojos y disfruté el momento.
Duramos así lo que yo esperaba que fueran diez minutos, pero que tal vez habrían sido 5, o menos, y cuando terminamos volvimos a separar nuestros rostros. No sé si sea invento mío, pero juraría que Lily se veía mucho más hermosa ahora.
“Por un momento, pensé que no podía besarte, por lo de… tú sabes,” dije, incómodamente. Me arrepentí de haber matado el ambiente con ese comentario.
“El que no podamos acostarnos no tiene nada que ver con besarnos,” me dijo, seria. “Además, somos novios. No hay nada de malo en eso.”
“¿Eso es lo que checaste con tu papá?”
“Deja de hablar.”
Me olvidé de mi propia intromisión, y reasumimos nuestra sesión de besos, en el capullo de amor improvisado. De verdad se sentía bastante bien, y estaba por decirle que, para ser mi primera novia, no fue una mala elección, pero no quise volver a matar el ambiente.
Cuando terminó la tarde, juro que, por primera vez, me pareció doloroso el despedirme.

OCTUBRE:
“¿Linterna Verde?” dijo Lily al acercarse a ver más de cerca la caja. “¿Y cuándo usó Hal Jordan un exoesqueleto en la película?”
“Esa es la belleza del cuerpo de Linternas,” expliqué yo, sonriente, “sus anillos de poder pueden generar lo que sea.”
“Una excusa más para venderte juguetes que no necesitas.”
“Cierto.”
“Digo, ¿acaso los fabricantes no se han dado cuenta de que lo que el niño quiere es lo que sale en la película?”
“Tienes razón,” dije, mostrándole las hileras de figuras de acción de “Los Vengadores” que tenía a mi derecha. “¿Para qué me sirve un Capitán América con traje para el ártico? Nunca lo viste así en la película. Si todavía fuera niño, querría un Capitán América como el que vi, con su casco, el traje y el escudo. Nada más. Quizás la moto, pero esa ya es demasiado.”
“Gracias,” dijo ella, extendiendo las palmas hacia arriba.
“¿Quieres ver las Barbies?” señalé, un poco temeroso.
Lily me miró y negó con la cabeza, extrañada. “¿Qué te hace pensar que quiero ver Barbies?”
“Sólo decía, porque ya terminamos los pasillos de los juguetes. Otra vez. Ya no hay dónde ir. Excepto las consolas.”
“Ya no quiero ir a los videojuegos.” Lily no se veía muy emocionada. “Ya vámonos, si quieres.”
Me encogí de hombros. Ella lo tomó como un sí, y salimos del Soriana.
Era ya la hora del día cuando el Sol estaba justo encima de tu cabeza, y el calor de Celaya se hacía más insoportable. Al dejar la frescura y seguridad del supermercado, nos pegó la luz como si fuéramos vampiros. A Lily le dio risa la analogía cuando se la mencioné.
“¿Qué pasa? ¿Fue un chiste racista?”
Ella siguió riendo. “Supongo.” Al abrazarme, extendió sus alas y ellas actuaron como una sombrilla para los dos.
Refugiados del inclemente sol, atravesamos el estacionamiento sin techo como si fuera un desierto, y caminamos hacia 12 de Octubre. Nos sentamos de lado en el parabús opuesto a la gasolinera, con las piernas cruzadas, frente a frente. Nos quedamos en silencio por un momento.
“Pues, ¡feliz aniversario! Hoy cumplimos un mes,” le dije después. “¿A dónde quieres que vayamos?”
“Podemos ir al California.”
“¿Estás loca? ¡Es demasiado caro!”
“Entonces, llévame a conocer a tus padres” me dijo. Se quedó con los brazos cruzados y mirándome con seriedad.
Unas horas después, estábamos cenando en el California.
La cena no fue exactamente algo romántico, en el sentido tradicional de la palabra, aunque ambos la disfrutamos. A ella le agradó mucho su corte diamante, con la carne bien cocida y un puré de papá cubierto de gravy y crema de espinacas de lado, mientras que yo me agasajaba con unas costillas BBQ, con una ración similar de puré de papá, pero sin ensalada ni crema.
“Buena idea, la de ir a California,” le dije.
Ella solo rió.
Al darle una mordida intimidante a mi segunda costilla, sin importarme que mi barbilla y mejillas estuvieran cubiertas de salsa, vi la mirada de Lily, sonriéndome. Sacó su gigantesco cuchillo aserrado y partió un grosero pedazo de carne, que insertó en su boca y masticó lentamente, cerrando los ojos en deleite. Ambos nos vimos detenidamente, disfrutando que disfrutáramos.
Fue lo más cercano que tuvimos a una experiencia sexual… sí, es raro y totalmente fuera de lugar, pero no pude evitarlo. Cada vez que salía con ella, pensaba más en eso.
“Y, ¿cómo te fue en el día?” pregunté, para aclimatar la tensión.
“Aburrido, como siempre,” dijo ella, sin expresión.
“¿Así, nada más? ¿Nada emocionante? En el camino, tal vez…”
“Pues, no. En la casa, mi mamá por fin tiró las cajas de triques que había en ese cuarto que te decía. Nada más había piezas de cerámica que nadie quería, y unos libros de texto de kinder. Ya estaban amarillos.”
Asentí con la cabeza, pero después la moví horizontalmente, dándome cuenta de lo que me acababa de decir.
“No, de hecho eso no fue nada emocionante. Piensa en otra cosa, y cuéntame otra vez.”
Lily rió y me golpeó el hombro.
“¿Qué quieres que te diga? Esto es lo más interesante del día. Verte comer esas espantosamente grasosas costillas.”
Tomé un sorbo de mi refresco, viéndola seriamente, y en ese instante pensé en algo para conversar.
“Oye, ¿nunca ha habido problema con tus papás? De que yo sea cristiano, y ellos… tú sabes…”
“No, Aldo, no hay ningún problema,” su tono de voz resaltó un poco de exasperación. “Ellos lo entienden. Lo que yo no entiendo es por qué no hemos visto a los tuyos.”
Estaba por decir algo, pero no pude. Había una barrera en mi cerebro que me impedía hablar.
“Vamos,” insistió Lily. “Yo sé que no quieres que los veas por algo. Nada más dímelo, y ya. No me voy a enojar, ni te voy a dejar de hablar.”
Aunque intentaba abrir la boca, algo me hacía resistir. Levantaba las manos, preparándome para dar respuesta retórica, pero las bajaba instantáneamente cuando recapacitaba. Era un espectáculo incómodo. Hice un pequeño berrinche en silencio, haciendo puños y apretando los ojos, y, finalmente, lo dije.
“No les he dicho que eres… eso...” dije, señalándola. “No sé cómo reaccionaría mi mamá.”
Ella se quedó callada, mirándome fuertemente.
“Perdón,” dije, bajando la cabeza.
“Ya no digas eso,” me dijo rápidamente.
“Perdón, es el reflejo.”
“¡Qué ya no lo digas!” Lily se estaba riendo. Después, me miró con ternura. “Ya conocí a tu mamá.”
“¡¿Qué?!” exclamé, tan fuerte que los comensales detrás de mí me voltearon a ver. Cohibido, me encogí de hombros.  “¿Cuándo fue?”, dije tranquilo.
“Me la encontré en el camión. Estaba leyendo a John Grisham, y supe que era ella. Fue muy linda, y amable. Le conté que era tu novia.”
Mamá nunca me dijo eso. Terminando la noche, regresaría a casa y le preguntaría. Claro está, que no era necesariamente algo malo, puesto que ya no tendría que decirle sobre Lily. En realidad, al pensarlo detenidamente, era una preocupación de lo más estúpida. Le dije exactamente eso, y ella volvió a reírse.
“Eres tan bobo,” me dijo.
“Perdón.”
“¡Que no digas eso!”

NOVIEMBRE:
“No, no,” me decía ella, poniendo sus manos en mis mejillas, haciendo mover mi boca para que pronunciara las palabras como me decía debía ser. “Orth’ bháis’s bethad”.
“Orth’ bháis’s bethad” repetí lentamente, pronunciándolo “urth bash bethad”, como bien me hizo repetir tres veces.
“Bien, ahora, completo.”
“OK.” Tomé aire y dije las palabras, con cuidado de no ser regañado otra vez. “Anál nathrach, orth’ bháis’s bethad, do chél dénmha”
Lily aplaudió, alegremente. “Bien, así es.”
“¿Y qué significa?”
“Creo que nada,” decía ella, encogiéndose de hombros. “Se me hace que se lo inventaron. Dicen que es irlandés antiguo.”
“¿No es esa una de las lenguas que sabes?”
“Las lenguas oscuras no tienen nada que ver con las celtas,” me corrigió rápidamente.
“Ay, perdóname, señorita Lingüística,” le dije, en tono de burla. Ella me dio un puñetazo al hombro, bastante duro. “Ay, siempre me pegas bien duro. Tengo sentimientos, ¿sabes?”
Ella negaba con la cabeza y me miró desafiantemente. “No llores, gatita. Yo te sobo.”
Al frotarme el hombro, lo hizo bastante fuerte, y me dio risa.
“No, espérate,” decía, intentando de quitármela de encima. “No me estás ayudando.”
Los dos nos seguimos riendo, y después, cansados, caímos a sentarnos en el sillón. Me le quedé viendo.
“Te llevas bien feo conmigo,” le dije.
“¿No te gusta?”
No dije nada. Me mordí el labio. “¿Y qué tal te cayeron mis papás?”
“Me caen muy bien. Son muy lindos. Tu papá estuvo muy bien versado en la leyenda de  Arturo”.
Sabía que iban a platicar a gusto. La velada fue maravillosa. Comimos la tradicional lasaña que hacía mi mamá, con los seis niveles de pasta rellenas de carne molida y salsa de tomate a los cuatro quesos, y el superior recubierto de más salsa, queso parmesano y mozzarella. Lily y los demás también comieron ensalada, que más que nada eran varias hojas de lechuga con rodajas de tomate, rociadas de aderezo César y aceitunas. Conversamos muy intensamente, yo no esperaba que tanto. Papá y Lily hablaron de Excalibur, e intercambiaron teorías y versiones de historias de tal o cual personaje de la leyenda del Rey Arturo, aunque ambos estuvieron de acuerdo de que les encantaba la película.
Mamá alegró la velada contando muchos chistes que yo ya había escuchado, pero que a Lily mantuvieron carcajeándose toda la comida. Papá contribuyó algunos de los suyos, pero ninguno superó al chiste del gallego que iba al ventrílocuo y el capitán de un barco que siempre pedía una camisa roja. Incluso, Lily se rió de la clásica mención de la moraleja del perro de las dos tortas, nosotros, como chiste local, diciéndola mal, como “la torta de los dos perros”.
 “Realmente, nunca entenderé por qué no querías presentarme con ellos,” me dijo después.
“Supongo que fue un sentimiento de culpa. Me sentía nervioso. Por un tiempo se me olvidó lo mucho que me han apoyado mis papás, y lo mucho que me han entendido cuando he hecho algo mal.”
Con mi papá no iba a haber problema. Cuando Lily acompañó a mi mamá a lavar los platos, él me felicitó cuando estuvimos solos.
“¿Pero tu mamá?”
“Mi mamá es más casta, supongo, pero al final, los dos me hablaron muy bien de ti.”
Mamá también me felicitó, besándome en la mejilla, y diciéndome lo orgullosa que estaba de que hubiera elegido a una chica tan linda.
Lily me sonrió, y nuevamente me quedé intimidado por su belleza.
“¿Pongo música?” dije repentinamente.
“Órale.”
Me levanté, buscando entre la sala de Lily y saqué mi iPod. Lo conecté en el estéreo para reproducirlo. Entre la lista, elegí “Capricorn One”, una de mis mas recientes adquisiciones, con el “Main Title” rompiendo con el ambiente. Aunque no me desagradaba, pude notar que el tono era un tanto… inadecuado.
“Suena un poquito opresiva para el momento, ¿no crees?” me dijo ella, confirmando mis temores.
“Sí, tienes razón. Deja pongo una parte más escuchable.”
Adelanté hasta el track “Kay’s Theme”, y rápidamente me moví al son.
“Está sabrosa, ¿no?”
Cuando empezó el ritmo estilo disco, ella se acercó a mí, y nos abrazamos, bailando delicadamente. Ella reclinó su cabeza sobre mi hombro, y me cubrió con sus alas. Nos quedamos así por largo tiempo, moviéndonos un paso a la izquierda y un paso a la derecha, al compás, hasta que terminó la pieza.
“Si hubiera sabido que nos íbamos a poner así,” dije cuando empezó la tensa y brutal música de los siguientes tracks, “hubiera puesto esto…” Detuve la reproducción, y de entre la lista de “Favoritos”, no tardé en encontrar el track más hermoso en toda la creación, y que se quedaba corto comparado con Lily, pero que juntos hacían una mezcla fabulosa. “Snow Frolic”, por Francis Lai para la banda sonora de “Historia de Amor”, no era mucho para bailar, no obstante nos movimos con ella, lento, pero hicimos a partir de la música un momento tan íntimo.
“Me dije a mí mismo cuando escuché por primera vez esta pieza, que se la dedicaría a la mujer con la que pasaría el resto de mi vida.”
“¿Y esa es…?”
“Tú.”
“Que cursi,” dijo ella, viéndome, sin tono de burla.
Era uno de esos momentos donde debía besarla, aunque seguía siendo torpe y no sabía bien dónde tocarla. Le toqué la cadera, y al parecer estuvo bien, porque ella aceptó que mis labios tocaran los suyos.
“Todavía te pones nervioso,” me dijo riendo cuando separó su boca, ante mis tontos movimientos de lengua, yendo a todas partes de su boca menos a donde debía. “Déjame a mí.”
La manera en que introdujo su lengua en mi boca, fue extraña. Con fuerza, y determinación. Fue interesante, pero me tomó por sorpresa. Mientras me seguía besando, la abracé, con mis manos sobre la saliente de sus alas. El sonido húmedo de nuestros labios era relajante. Era una de esas veces en que me caía el veinte y me daba cuenta de que estaba besando a una chica, y mucho mejor, era mi novia.
Abrí los ojos, sorprendido, y ella los abrió también.
Seguimos besándonos, pero viéndonos fijamente. Fue interesante. Ella me seguía devorando con sus labios, y yo no la dejaba ir.
La solté y separé mis labios, pero no dejé de tenerla frente a mí. Tomé sus mejillas, y acerqué su rostro al mío. Nuevamente la besé, con los ojos abiertos y después acariciándole las cejas, esta vez con todas las intenciones de hacerla mía. Ella respondió acariciando mis hombros. Nos acariciamos delicadamente orejas, cuellos, espaldas y cabello.
Empecé a respirar más aceleradamente, y ella también. Ella me volvió a abrazar, con mucha más fuerza, como queriéndome arrancar la camisa. Yo respondí poniendo mis manos sobre su blusa, y se la desabotoné, delicadamente.
Al abrírsela, pude ver sus senos desnudos. Los estaba viendo, por primera vez en mi vida, en vivo y directo. Fue natural que los acariciara, los tocara, los agarrara. Ella me sonrió al verme admirar su belleza. Acerqué mi boca, para poder besárselos. Ella acercó su pecho más, dispuesta a dejarme saciar mi deseo por experimentar lo que tanto oí en conversaciones y vi en películas. Y lo hice. Sus pezones tenían un sabor interesante. Me recordaban a almendras saladas.
Mientras mi rostro estaba hundido en su busto, ella acariciaba mi cabeza. Me asomé y vi una sonrisa tierna, cariñosa, enamorada en su bella boca. Levanté mi cabeza y la volví a besar, pero sin soltar sus pechos. Me tardé lo más que pude en quedarme así. Era una sensación que no quería que terminara. No quería olvidar la experiencia.
Estaba tan emocionado. Nunca tuve la oportunidad de explorar el cuerpo de una mujer. Supuse que nunca me tocaría la oportunidad si hubiera tenido una novia cristiana. Habría sido frustante. Habría sido peligroso. Con Lily, no sentía esa presión, ni esa culpa.
Seguía recorriendo todo su cuerpo con mis manos, y las deslicé hacia abajo, por su ombligo. Ella las tomó con las suyas, como deteniéndome. Ahora me vio un tanto preocupada, pero su expresión de tristeza me parecía fascinante, como una muchacha inocente que debía ser pervertida.
No me importó, y bajé mis manos hacia abajo de su pantalón, y pude tocar sus calzones. Eran de algodón suave con un encaje ondulado. Ella negó con la cabeza, pero una fuerza me hacía explorar más. Me adentré más, abajo de la tela de algodón, y estuve en contacto con sus vellos. Fue tan emocionante, que quise presionar mi cuerpo con el de ella.
"No," me dijo. "No, Aldo. Eso no."
Fui sordo a eso. Seguí bajando la mano, y mis dedos se aventuraron hacia abajo de su entrepierna. La toqué en me di a mí mismo permiso de tocarla.
En ese instante, escuché un susurro, hablando algo en el idioma que alguna vez vi a Lily hablar con su papá. Era una lengua oscura. Y, entonces, mi mano sintió un calor cuando toqué su vulva. Era insoportable. Ella me vio, preocupada, y después, hizo su cabeza hacia atrás, con la boca abierta y los ojos en blanco. De su boca sonó un gemido inhumano, agudo y grave a la vez y yo grité de dolor al mismo tiempo. Mi mano se sentía como si estuviera envuelta en llamas.
Empecé a debilitarme. Perdí el control de mis rodillas y caí. Entonces, me di cuenta. No era culpa de Lily, ni tampoco de la mía. Era su naturaleza. Estaba consumiendo mi energía. Me estaba devorando.
Ella recobró sus sentidos, volteó hacia abajo, y arrancó mis manos de su cuerpo. Todos los ruidos, toda la sensación de fuego y desesperación, todo terminó de golpe.
Quedé tirado sobre el piso, y ella permaneció sentada sobre su sillón. Ambos respiramos profundamente. Nos miramos, con miradas tristes. Vi las lágrimas brotando de sus ojos, que se sentían mucho más amargas que las mías. Lloramos al mismo tiempo, pero ninguno de los dos quiso volver a acercarse al otro.

DICIEMBRE:
Ensayé las palabras al aterrizar sobre el pavimento, y el rugido del autobús me dejaba atrás. Las repasé una y otra vez. No era una buena señal de que ni siquiera en mi cabeza hablara con fluidez. No estaba bien lo que pensaba decirle, pero me mantuvo despierto demasiadas noches como para no compartirlo con ella. De cualquier manera, era peor el quedarme callado más tiempo.
La vi, incrédulo, cuando abrió la puerta y me saludó, sonriendo. En parte, no me ví digno de ser suyo, pero también estaba fascinado porque, en verdad, ella era mía. Era mi novia mágica. Y supe que al proponerle lo que estaba planeando era más que seguro que le rompería el corazón. Ignoré a mi consciencia, o a mi corazón, como le dicen cursimente, y le hice caso a mi lujuria esta vez.
“Lo sé, pero no me importa,” le dije, luego de que su sonrisa se desvaneciera después de ofrecerle mi propuesta y ella me repitiera la condición que me había establecido la primera vez que lo hablamos. “Te amo mucho.”
“No podemos ¿No lo entiendes? No quiero que mueras, porque yo te amo a ti. Piensa en mí por un momento. Si tú mueres, bien por ti. Pero, yo, me voy a quedar sola. Tendríamos un momento mágico, pero después te perdería. Cuando me hablaste en el parque, cuando me di cuenta de que nos caíamos bien, cuando aceptaste ir conmigo por un café, supe que serías alguien especial, pero también supe que nunca podríamos intimar. Me encantaría, créeme, pero no podemos. Por lo que soy, nunca podremos hacerlo. Por eso, he intentado lo más que he podido hacer funcionar lo nuestro sin sexo, y ha funcionado. ¿Por qué, después de todo, quieres mandar al demonio lo que hemos logrado? ¿Quieres repetir lo de la vez pasada”
Por mucho tiempo, me quedé callado. Había un conflicto en mí. Mi lado carnal quería acabar con todo, casarme para después acostarme con ella, y poder morir en paz. Pero, mi lado sentimental me prohibía hacerlo, para no dejarla sola. Mi lado intelectual, por su parte, me dictaba la opción más dolorosa. Salir de su casa. Dejarla ir.
“¿Tendremos un futuro, nosotros?”
Lily suspiró en shock.
“No seas así,” me dijo, con las lágrimas asomándose en las orillas de sus hermosos ojos. Aún llorando, se veía bellísima. “No es justo. ¿Nada de lo que te he dicho ha importado?”
“Me importa, mucho. Pero, me gustaría pasar el resto de mi vida contigo. Incluso, me gustaría tener hijos. Pero no podemos.”
“No podemos,” dijo con la voz quebrada. “Aún si tuviera tu hijo, no sería lo mismo. No te tendría a ti. Y te quiero a ti.”
Quedé en silencio demasiado tiempo. Yo mismo me di cuenta, al ver que ninguno de los dos estaba agregando algo más a la conversación, y pude sentir un gigantesco bloqueo en mis pensamientos.
“Entonces, ¿qué? ¿Es todo?”
Lily me vio fijamente, y no pudo ocultar más sus llantos.
“No sé. ¿Quieres que sea todo?”
“Tú sabes que no quiero que sea todo.”
“¿Por qué no piensas en mí?”
“Porque pienso demasiado en lo otro. En lo que no podemos tener.”
“Como la torta de los dos perros.” Pude notar que Lily estaba enojada. “Tú me prometiste que si yo no quería, no me lo ibas a pedir.”
“Lo se, pero, no me había dado cuenta de que me atraes demasiado. Pensé que iba a soportar la tentación, pero no pude. No puedo. Quiero estar contigo en todo.”
“O si no, ¿qué? ¿Nada?”
No respondí. Ni yo mismo lo podía creer. Había pedido tanto una novia, alguien con quien tuviera algo en común, y la estaba rechazando.
“Aldo, me estás perdiendo.” Los sollozos de Lily me estaban rompiendo el corazón, y me hizo llorar también. “¿No te importó nada de lo que hicimos? ¿Tanto te interesa lo carnal? ¿Morirías por eso?”
Cerré los ojos, luchando por contener mis lágrimas. Intenté abrazarla, pero ella por primera vez me rechazó.
“Vete,” me dijo, ya sin llorar, pero con los ojos irritados por las lágrimas. No me estaba viendo.
Como me había ocurrido en algunas ocasiones, nuevamente me sentí como el villano. ¿Qué podría decir? ¿Que no quería tener sexo con ella? Sería una mentira. Estaba mal, era un pecado y si lo hacía, moriría, pero no podía pensar en hacer otra cosa. Conversaba con ella y sentía como si me completara todas las veces que estaba conmigo. Entonces, ¿por qué quería ese algo extra que no era importante, necesario ni mucho menos beneficioso? Aunque fue el susto de mi vida, esa vez que vi sus senos desnudos y la toqué, fue también lo más emocionante que me hubiera pasado, y esta vez no me importó el precio.
Aún cuando me fui, no pude encontrarle respuesta a esa incógnita. Mi deseo se volvió más grande que mi amor, y me odié por ello. Acababa de perder a mi primera novia. Y fue mi culpa.
¿Conoceré a alguien más? ¿Volveré con ella? Siquiera, ¿la volveré a ver?
Esa semana desde que me fui fue dolorosa, pero no debería decir que no pasaron cosas buenas. Ese viernes, me llamaron finalmente de Gussi. Ya estaba contratado, y empezaría la siguiente semana. Era una grandiosa noticia. Por fin se me hizo el poder trabajar en una distribuidora de cine.
Celebré con mi familia, mis padres sin tocar el tema de Lilith, y me ayudaron en los preparativos para mi primera gran mudanza. Compré mi boleto de autobús, empaqué todo lo que pudiera caber en casa de mi abuela en el D.F., donde me hospedaría el tiempo suficiente hasta que pudiera rentar un techo y el resto, mis papás lo cuidarían hasta que pudiera llevármelo conmigo a la ciudad. Todo fue tan emocionante, alegre y lindo, pero, no obstante, la culpa me seguía atormentando.
Un día antes de que mi camión saliera para llevarme a mi nuevo destino, a mi nueva vida, decidí buscarla otra vez.
No fue difícil. Todavía estaba en su Facebook, y ella en el mío, por lo que envié un mensaje para vernos nuevamente donde nos conocimos.
La encontré leyendo “Entrevista con el Vampiro” en una banca frente al quiosco. No era la misma donde hablamos por primera vez, pero, sinceramente, ninguno de los dos se acordaba con detalle cuál banca fue, ni nos importaba.
“Me alegro por ti,” me dijo ella, sin expresar mucha emoción, cuando le conté la noticia. Había cerrado su libro y lo puso sobre su regazo.
“¿Es todo?”
“¿Qué más quieres que te diga? ¿Crees que no me da gusto? En realidad, sinceramente, siempre quise que te tocara algo así de bueno.”
Sonreí.
“Me quiero disculpar.”
Lilith se me quedó mirando, como si supiera que no lo estaba diciendo en serio.
“Me di cuenta de que cometí varios errores,” continué, “y, esperaría que todavía hubiera suficiente tiempo y la oportunidad para arreglarlo.”
Ella no dijo mucho.
“No pensé por mí mismo, sino que fue mi carne la que quiso algo contigo que yo bien supe y me había convencido de que no haríamos. Fue terquedad, y la terquedad no me dejó pensar. Ahora estoy pensando, como pensaba antes, y no volvería a pedírtelo, si quisieras volver a estar conmigo.”
“Eres un bobo,” me dijo Lily, riendo. “Si no te mudaras para el D.F., yo te habría aceptado de vuelta.”
Abrí los ojos en completa sorpresa. Ella negó con la cabeza mientras veía hacia abajo.
“Te conocí lo suficiente en estos meses para saber que eres mucho más inteligente de lo que tú crees que yo pienso de ti. Eres hombre, lo entiendo, y tuviste tus momentos de debilidad, pero esperaste lo suficiente, y siempre me entendiste y obedeciste. No soy estúpida. Quiero que sepas que siempre te amaré, no importa si andemos o no. No tengo planes de mudarme de aquí, pero aún si lo hiciera, nunca conoceré a un muchacho como tú, ni querré conocerlo. Yo te esperaré, si alguna vez decides regresar. Si conoces a alguien más, no voy a llorar. Porque, como te lo he dicho, no me interesará vivir con nadie más que tú. Pero tampoco voy a sufrir si no estoy contigo. No soy como esas monas tontas que hacen ridículos dramas por no tener al que quieren, pero bien que se acuestan con cualquier idiota que les habla bonito. No me voy a cortar las venas, ni te voy a hacer ese chantaje emocional de ‘si me dejas, me suicido’. Si regresas conmigo, estará bien. Si no, tampoco.
“He conocido a patán tras patán, y todos han querido estar conmigo, pero yo no los quise por eso, porque son patanes. Yo no quería pasar el resto de mi vida con nadie, hasta que te conocí a ti.”
Lily permanecía tranquila y estable, pero yo me puse a llorar.
“Soy un estúpido,” le dije. “Perdóname.”
“No digas eso, y no llores. Pase lo que pase, cualquiera que sea el camino que tú decidas, yo te seguiré amando, y espero que tú me sigas amando a mí.”
Le di un beso. De entre todos, fue el más sincero que le hubiera dado. Ella me respondió, cariñosamente acariciando mi mejilla. Nos miramos mutuamente, ella con ternura, yo con arrepentimiento. Y me despedí.

No hay comentarios:

Publicar un comentario