domingo, 7 de abril de 2013

El Fin de la Línea - Cuento


Gerardo veía las luces pasar con tanta rapidez que las percibía como largas líneas blancas entre la oscuridad del túnel. Después, volteó hacia arriba para ver cuántas estaciones le faltaban. Tres. Y aún así, el vagón parecía tardarse treinta minutos por cada estación.
Aquella muchacha de suéter rojo no se había bajado todavía, y eso fue mayor tortura para Gerardo, porque le seguía recordando a Sandra. Y cada vez que recordaba a Sandra, bajaba la cabeza y se deprimía.
Finalmente, las puertas se abrieron a medida que el carro se detuvo en la estación La Viga. Nadie se bajó. Ni siquiera la chica del suéter rojo.
A pesar de que en sus audífonos se escuchara “So What” de Anti Nowhere League, no podía dejar de preocuparse y pensar demasiado en lo que acababa de pasar. Y la muchacha del suéter no ayudaba para nada a la causa, siendo como sal para una herida reciente. ¿Por qué no puedo dejar de pensar en Sandra?, pensó él, para después, corregir su propio pensamiento, ¿por qué Sandra tuvo que decirme eso?

No fue culpa de ella. Nunca lo es. Siempre es culpa de él. Por preguntar, por decir, por malinterpretar, por pensar demasiado, por imaginar demasiado. Por prever todos los lugares que visitarían juntos, por anticiparse a qué frases le diría para impresionarla, por averiguar qué amigos tendrían ambos en común. Por cómo la besaría.
Todo para que, al final, como dolorosamente siempre pasaba, le dijera esas palabras que tanto odiaba y deseaba que quemaran la lengua de toda chica que se atreviera a emitirlas: “Sólo te veo como un amigo.”
Eso dijo Sandra. Lo dijo Daniela, lo dijo Chloé, y lo dijo Fabiola. Y todas las veces fue como veneno que entró en el corazón de Gerardo. Y no un veneno que lo lastimara a él. Un veneno que él mismo regresaba hacia la chica que fuera. Pero con Sandra, fue mucho más fuerte y, sinceramente, impactante.
Muchas de las otras eran tan sólo chicas atractivas que conoció en alguna fiesta o reunión, y que sencillamente sentía atracción física. Sandra, era la pareja perfecta.
A los dos les gustaban las mismas películas, los dos tenían interés en la música, ambos tenían una cierta personalidad complementaria y Sandra le había pedido tantas recomendaciones de soundtracks, como los llamaba ella, que Gerardo no pudo evitar sentirse enamorado. Todo eso que dicen, de cuando encuentras a una mujer con la que tienes tanto en común, de que te aferres a ella y no la dejes ir, Gerardo lo siguió al pie de la letra. Y no logró lo que quiso.
Tantos años de fracaso y frustración lo volvieron mucho más amargado y pesimista, y en cuanto Sandra le soltó esas palabras que tanto odiaba, su reacción salió al momento.
“Entonces vete al demonio,” le dijo, con certeza, sin ningún rastro de arrepentimiento o recapacitación.
Siguió después una discusión sobre el verdadero significado de la amistad, la sobrevaloración del noviazgo, la importancia de otras cosas además de tener pareja, todo lo mismo de siempre. Pero Gerardo lo había escuchado todo, y le retorció más el estómago cuando escuchaba las palabras de Sandra, tan falsas y que, obviamente, decía para no hacerlo sentir mal.
No iba a escuchar más, y la dejó hablando. Se retiró, dando la media vuelta, y abandonándola, caminando directamente a la entrada de la estación, y sin nunca mirar atrás. Se colocó los audífonos, y se perdió en el mar de su rencor, adornado con los sonidos del rock clásico, y esperando no volver a recordar el suéter rojo que llevaba puesto y que resaltaba los atributos físicos que Gerardo apreciaba como detalle adicional a su personalidad.
Y esa mujer, que aunque no fuera intencionalmente, arruinó todo ese momento dramático donde él era el fuerte y aquella chica, cuyo nombre ya no quería saber, era la vulnerable. No había pasado nada más que cruzara su línea de visión un suéter rojo para que volviera a ser él un desgraciado egoísta y ella una inocente víctima del chauvinismo.
Gerardo estaba furioso.
Una vez que terminó “So What”, siguió la siempre bienvenida “Elenore”, pero que Gerardo realmente no notó, puesto que sus pensamientos regresaron a Sandra.
Después de un tiempo más corto del que esperaba Gerardo, sonó el pitido que antecede al cierre de las puertas del vagón. En ese instante, a pesar del elevado volumen de los audífonos, escuchó un grito agudo, de una mujer, viniendo de la zona de los andenes. Posteriormente, las puertas se cerraron, y el tren empezó a moverse.
Muchos curiosos se asomaron hacia los andenes, y Gerardo se vio forzado a ver también. Las personas que estaban paradas del otro lado, esperando el tren en dirección a Constitución, veían sin moverse el lado de donde vino Gerardo. De repente, desde atrás, apareció una señora corriendo, huyendo desde ese mismo lugar hacia el que todos los demás observaban. Otro hombre, vestido de traje, empezó también a correr, pero antes de que se pudiera ver lo que estaba ocurriendo allá atrás, el tren cruzó por el túnel y empezó el espectáculo de las líneas blancas de luz otra vez.
Muchos de los pasajeros volvieron a lo suyo, y Gerardo desestimó el asunto. Se dio cuenta de que “Elenore” ya estaba terminando, y se dispuso a volver a reproducir la canción. Sin embargo, al voltear a ver a la mujer con suéter rojo, la sinapsis con la memoria de Sandra le dio una cachetada a su cerebro y, volvió a enojarse.
En ese mismo instante, un ruido espantó a todos los pasajeros, e hizo a casi todos saltar. Era un rugido insoportable, grave y ensordecedor. Como un tiranosaurio multiplicado por diez. El ruido duró bastante, y provino desde atrás de ellos.
Gerardo se encontraba cerca de la puertecilla que conectaba con el vagón de atrás, junto con los otros pasajeros que también querían ver, incluyendo, sin sorpresa, la muchacha que le recordaba a Sandra.
Las personas en el otro vagón también estaban mirando hacia atrás. Se podían escuchar los gritos, ahogados por las paredes, de varias personas, desde unos vagones al final del tren.
“¿Qué pasa?” preguntó la chica del suéter rojo a una persona que estaba junto a ella. Probablemente su novio.
“No sé, hay algo allá atrás,” contestó el sujeto.
“¡Santo Dios!” exclamó una señora justo enfrente de la ventanilla, viendo directamente con la boca abierta. Gerardo pudo verlo también.
Desde el otro lado, la parte de atrás del carro sencillamente se desintegró en numerosos pedazos, y estos eran succionados hacia atrás, a la oscuridad. Las personas en pánico gritaron y corrieron hacia el final del vagón donde estaban ellos, los del frente intentando desesperadamente abrir la puerta. Los del final, volaron violentamente, siendo horrorosamente destrozados, hacia esa oscuridad, para no volverse a ver. Una mujer rubia de cabello rizado estaba llorando, luchando con un señor calvo de lentes por abrir la puerta y huir de lo que fuera que estaba comiendo vidas humanas a sus espaldas, mientras el vagón entero estaba siendo destruido, con todos sus pasajeros dentro.
La gente del vagón donde estaba Gerardo también corrió, alejándose de la puerta. Gerardo los siguió, sin ver a esas dos personas impotentes para escapar, que gritaron más fuerte cuando fueron arrastradas hacia el abismo.
Las hordas de personas repetían la misma acción que los del carro anterior, peleándose por abrir la puerta que tenían en frente. Algunos intentaron salir por las ventanas de los lados, pero los que se atrevieron del lado derecho, se estrellaron contra la pared y cayeron en los rieles, mientras que los de la izquierda fueron arremetidos por un tren que iba en la dirección contraria. Gerardo vio cómo ese tren se fue de frente hacia esa oscuridad destructora atrás, y cual espagueti, fue completamente devorado.
Ese abismo empezó a comerse el carro en el que estaban. Los gritos de la gente eran ensordecedores, y todos se empujaban para estar lo más adelante posible. La muchacha del suéter rojo y su acompañante fueron los primeros en volar y perderse, con el agudo grito de la chica interrumpido por un grotesco sonido de huesos rompiéndose y un extraño sonido húmedo. Tal vez sangre salpicada o su piel rota.
En ese instante, el tren llegó a la estación de Chabacano, donde las puertas se abrieron al instante, haciendo a mucha gente caer al piso de las dos plataformas, fuera del tren. Gerardo cayó en la plataforma del centro, encima de muchas personas, pero se levantó rápidamente, aunque de manera torpe, casi aplastando a las personas debajo de él. Más atrás pudo ver de reojo cómo un desafortunado muchacho con sudadera gris no se levantó a tiempo y fue desintegrado al instante, junto con las baldosas de azulejo del piso y las paredes. El reloj que había en el techo, portando el nombre y el símbolo de la estación se partió en dos y sus dos mitades fueron devoradas.
Gerardo no pensó dos veces en correr por las escaleras hasta la salida. Las otras personas también estaban corriendo, pero los más lentos fueron víctimas de la destrucción. Nadie se detuvo a ver cómo los azulejos se quebraban y los cables sacaban chispas, pero todos podían escucharlo, mezclado con los espantosos sonidos de gente gritando, y sus cadáveres destrozándose.
Gerardo bajó las escaleras eléctricas con varios otros, que tropezaron y cayeron dolorosamente por los ásperos escalones de metal, creando un cúmulo de personas encimadas hasta abajo. Gerardo pasó por encima de ellas. Estaba por ir a la salida de la derecha, pero vio que ya no había derecha. La oscuridad se comió todo el lado sur del andén.
Gerardo corrió con la poca gente que quedaba hacia los pasillos que llevaban a la línea azul, con el cúmulo de personas tiradas bajo las escaleras, y las escaleras mismas, todo siendo tragado por el abismo.
Había diez personas cuando empezaron a subir los tramos de escaleras eléctricas hacia el piso superior, con Gerardo y un hombre mayor pero de buena condición física, al frente, uno en cada escalera. No supieron quién iba atrás. No importó mucho, ya que Gerardo escuchó a probablemente tres personas gritando y siendo descuartizadas, al mismo tiempo que escuchó las estructuras de la estación, abajo, rechinando y doblándose violentamente.
Por fin llegaron hasta el puente, y Gerardo vio al señor que llegó al mismo tiempo. Ambos miraron atrás, el piso temblando, y la maldita oscuridad detrás de todo, comiéndose lo que estaba a su alrededor. Gerardo vio al señor respirando y tranquilizándose, para después ver su rostro de horror al volar hacia atrás, gritando y perdiéndose en el abismo.
El muchacho corrió en cuanto notó el susto en la cara del hombre, y lo dejó atrás. Cruzó el puente a toda velocidad, con la salvaje destrucción detrás de él. Pudo ver a sus lados cómo los cristales se pulverizaban y las columnas debajo se doblaban y colapsaban.
Estaba demasiado asustado para llorar, pero no pudo evitar gritar cuando al frente suyo, vio la misma oscuridad dirigiéndose hacia él. El lado de la línea 2 de la estación Chabacano estaba siendo destruido también. Dos bocas de la misma oscuridad se estaban dirigiendo hacia él desde dos direcciones opuestas, acorralándolo. Sin poder escapar.
Esta catástrofe apocalíptica fue el peor momento que Gerardo tuvo para recordar a Sandra, pero la sinapsis volvió a darle su cachetada y no pudo evitar dar una risa estúpida por lo incongruente de la situación.
Consideró entonces que debió haberle pedido una disculpa a Sandra, aceptarla como amiga y olvidarse de los sentimientos románticos que sintió hacia ella. Todo esto, a medida que lo único que todavía seguía en pie dentro de toda la destrucción era ese metro cuadrado de piso en el que estaba parado, en medio de dos abismos.
¿Por qué no puedo dejar de pensar en Sandra?, pensó.

No hay comentarios:

Publicar un comentario