Gerardo veía las luces pasar con tanta rapidez que las
percibía como largas líneas blancas entre la oscuridad del túnel. Después,
volteó hacia arriba para ver cuántas estaciones le faltaban. Tres. Y aún así,
el vagón parecía tardarse treinta minutos por cada estación.
Aquella muchacha de suéter rojo no se
había bajado todavía, y eso fue mayor tortura para Gerardo, porque le seguía
recordando a Sandra. Y cada vez que recordaba a Sandra, bajaba la cabeza y se
deprimía.
Finalmente, las puertas se abrieron a
medida que el carro se detuvo en la estación La Viga. Nadie se bajó. Ni
siquiera la chica del suéter rojo.
A pesar de que en sus audífonos se
escuchara “So What” de Anti Nowhere League, no podía dejar de preocuparse y
pensar demasiado en lo que acababa de pasar. Y la muchacha del suéter no
ayudaba para nada a la causa, siendo como sal para una herida reciente. ¿Por qué no puedo dejar de pensar en Sandra?,
pensó él, para después, corregir su propio pensamiento, ¿por qué Sandra tuvo que decirme eso?
No fue culpa de ella. Nunca lo es.
Siempre es culpa de él. Por preguntar, por decir, por malinterpretar, por
pensar demasiado, por imaginar demasiado. Por prever todos los lugares que
visitarían juntos, por anticiparse a qué frases le diría para impresionarla,
por averiguar qué amigos tendrían ambos en común. Por cómo la besaría.
Todo para que, al final, como
dolorosamente siempre pasaba, le dijera esas palabras que tanto odiaba y
deseaba que quemaran la lengua de toda chica que se atreviera a emitirlas:
“Sólo te veo como un amigo.”
Eso dijo Sandra. Lo dijo Daniela, lo
dijo Chloé, y lo dijo Fabiola. Y todas las veces fue como veneno que entró en
el corazón de Gerardo. Y no un veneno que lo lastimara a él. Un veneno que él
mismo regresaba hacia la chica que fuera. Pero con Sandra, fue mucho más fuerte
y, sinceramente, impactante.
Muchas de las otras eran tan sólo
chicas atractivas que conoció en alguna fiesta o reunión, y que sencillamente
sentía atracción física. Sandra, era la pareja perfecta.
A los dos les gustaban las mismas
películas, los dos tenían interés en la música, ambos tenían una cierta
personalidad complementaria y Sandra le había pedido tantas recomendaciones de
soundtracks, como los llamaba ella, que Gerardo no pudo evitar sentirse
enamorado. Todo eso que dicen, de cuando encuentras a una mujer con la que
tienes tanto en común, de que te aferres a ella y no la dejes ir, Gerardo lo
siguió al pie de la letra. Y no logró lo que quiso.
Tantos años de fracaso y frustración
lo volvieron mucho más amargado y pesimista, y en cuanto Sandra le soltó esas
palabras que tanto odiaba, su reacción salió al momento.
“Entonces vete al demonio,” le dijo,
con certeza, sin ningún rastro de arrepentimiento o recapacitación.
Siguió después una discusión sobre el
verdadero significado de la amistad, la sobrevaloración del noviazgo, la
importancia de otras cosas además de tener pareja, todo lo mismo de siempre.
Pero Gerardo lo había escuchado todo, y le retorció más el estómago cuando
escuchaba las palabras de Sandra, tan falsas y que, obviamente, decía para no
hacerlo sentir mal.
No iba a escuchar más, y la dejó
hablando. Se retiró, dando la media vuelta, y abandonándola, caminando
directamente a la entrada de la estación, y sin nunca mirar atrás. Se colocó
los audífonos, y se perdió en el mar de su rencor, adornado con los sonidos del
rock clásico, y esperando no volver a recordar el suéter rojo que llevaba
puesto y que resaltaba los atributos físicos que Gerardo apreciaba como detalle
adicional a su personalidad.
Y esa mujer, que aunque no fuera
intencionalmente, arruinó todo ese momento dramático donde él era el fuerte y
aquella chica, cuyo nombre ya no quería saber, era la vulnerable. No había
pasado nada más que cruzara su línea de visión un suéter rojo para que volviera
a ser él un desgraciado egoísta y ella una inocente víctima del chauvinismo.
Gerardo estaba furioso.
Una vez que terminó “So What”, siguió
la siempre bienvenida “Elenore”, pero que Gerardo realmente no notó, puesto que
sus pensamientos regresaron a Sandra.
Después de un tiempo más corto del
que esperaba Gerardo, sonó el pitido que antecede al cierre de las puertas del
vagón. En ese instante, a pesar del elevado volumen de los audífonos, escuchó
un grito agudo, de una mujer, viniendo de la zona de los andenes.
Posteriormente, las puertas se cerraron, y el tren empezó a moverse.
Muchos curiosos se asomaron hacia los
andenes, y Gerardo se vio forzado a ver también. Las personas que estaban paradas
del otro lado, esperando el tren en dirección a Constitución, veían sin moverse
el lado de donde vino Gerardo. De repente, desde atrás, apareció una señora
corriendo, huyendo desde ese mismo lugar hacia el que todos los demás
observaban. Otro hombre, vestido de traje, empezó también a correr, pero antes
de que se pudiera ver lo que estaba ocurriendo allá atrás, el tren cruzó por el
túnel y empezó el espectáculo de las líneas blancas de luz otra vez.
Muchos de los pasajeros volvieron a
lo suyo, y Gerardo desestimó el asunto. Se dio cuenta de que “Elenore” ya
estaba terminando, y se dispuso a volver a reproducir la canción. Sin embargo,
al voltear a ver a la mujer con suéter rojo, la sinapsis con la memoria de
Sandra le dio una cachetada a su cerebro y, volvió a enojarse.
En ese mismo instante, un ruido
espantó a todos los pasajeros, e hizo a casi todos saltar. Era un rugido
insoportable, grave y ensordecedor. Como un tiranosaurio multiplicado por diez.
El ruido duró bastante, y provino desde atrás de ellos.
Gerardo se encontraba cerca de la
puertecilla que conectaba con el vagón de atrás, junto con los otros pasajeros
que también querían ver, incluyendo, sin sorpresa, la muchacha que le recordaba
a Sandra.
Las personas en el otro vagón también
estaban mirando hacia atrás. Se podían escuchar los gritos, ahogados por las
paredes, de varias personas, desde unos vagones al final del tren.
“¿Qué pasa?” preguntó la chica del
suéter rojo a una persona que estaba junto a ella. Probablemente su novio.
“No sé, hay algo allá atrás,”
contestó el sujeto.
“¡Santo Dios!” exclamó una señora
justo enfrente de la ventanilla, viendo directamente con la boca abierta.
Gerardo pudo verlo también.
Desde el otro lado, la parte de atrás
del carro sencillamente se desintegró en numerosos pedazos, y estos eran
succionados hacia atrás, a la oscuridad. Las personas en pánico gritaron y
corrieron hacia el final del vagón donde estaban ellos, los del frente
intentando desesperadamente abrir la puerta. Los del final, volaron
violentamente, siendo horrorosamente destrozados, hacia esa oscuridad, para no
volverse a ver. Una mujer rubia de cabello rizado estaba llorando, luchando con
un señor calvo de lentes por abrir la puerta y huir de lo que fuera que estaba
comiendo vidas humanas a sus espaldas, mientras el vagón entero estaba siendo
destruido, con todos sus pasajeros dentro.
La gente del vagón donde estaba
Gerardo también corrió, alejándose de la puerta. Gerardo los siguió, sin ver a
esas dos personas impotentes para escapar, que gritaron más fuerte cuando
fueron arrastradas hacia el abismo.
Las hordas de personas repetían la
misma acción que los del carro anterior, peleándose por abrir la puerta que
tenían en frente. Algunos intentaron salir por las ventanas de los lados, pero
los que se atrevieron del lado derecho, se estrellaron contra la pared y
cayeron en los rieles, mientras que los de la izquierda fueron arremetidos por
un tren que iba en la dirección contraria. Gerardo vio cómo ese tren se fue de
frente hacia esa oscuridad destructora atrás, y cual espagueti, fue
completamente devorado.
Ese abismo empezó a comerse el carro
en el que estaban. Los gritos de la gente eran ensordecedores, y todos se
empujaban para estar lo más adelante posible. La muchacha del suéter rojo y su
acompañante fueron los primeros en volar y perderse, con el agudo grito de la
chica interrumpido por un grotesco sonido de huesos rompiéndose y un extraño
sonido húmedo. Tal vez sangre salpicada o su piel rota.
En ese instante, el tren llegó a la
estación de Chabacano, donde las puertas se abrieron al instante, haciendo a
mucha gente caer al piso de las dos plataformas, fuera del tren. Gerardo cayó
en la plataforma del centro, encima de muchas personas, pero se levantó
rápidamente, aunque de manera torpe, casi aplastando a las personas debajo de
él. Más atrás pudo ver de reojo cómo un desafortunado muchacho con sudadera
gris no se levantó a tiempo y fue desintegrado al instante, junto con las
baldosas de azulejo del piso y las paredes. El reloj que había en el techo, portando
el nombre y el símbolo de la estación se partió en dos y sus dos mitades fueron
devoradas.
Gerardo no pensó dos veces en correr
por las escaleras hasta la salida. Las otras personas también estaban
corriendo, pero los más lentos fueron víctimas de la destrucción. Nadie se
detuvo a ver cómo los azulejos se quebraban y los cables sacaban chispas, pero
todos podían escucharlo, mezclado con los espantosos sonidos de gente gritando,
y sus cadáveres destrozándose.
Gerardo bajó las escaleras eléctricas
con varios otros, que tropezaron y cayeron dolorosamente por los ásperos
escalones de metal, creando un cúmulo de personas encimadas hasta abajo.
Gerardo pasó por encima de ellas. Estaba por ir a la salida de la derecha, pero
vio que ya no había derecha. La oscuridad se comió todo el lado sur del andén.
Gerardo corrió con la poca gente que
quedaba hacia los pasillos que llevaban a la línea azul, con el cúmulo de
personas tiradas bajo las escaleras, y las escaleras mismas, todo siendo
tragado por el abismo.
Había diez personas cuando empezaron
a subir los tramos de escaleras eléctricas hacia el piso superior, con Gerardo
y un hombre mayor pero de buena condición física, al frente, uno en cada
escalera. No supieron quién iba atrás. No importó mucho, ya que Gerardo escuchó
a probablemente tres personas gritando y siendo descuartizadas, al mismo tiempo
que escuchó las estructuras de la estación, abajo, rechinando y doblándose
violentamente.
Por fin llegaron hasta el puente, y
Gerardo vio al señor que llegó al mismo tiempo. Ambos miraron atrás, el piso
temblando, y la maldita oscuridad detrás de todo, comiéndose lo que estaba a su
alrededor. Gerardo vio al señor respirando y tranquilizándose, para después ver
su rostro de horror al volar hacia atrás, gritando y perdiéndose en el abismo.
El muchacho corrió en cuanto notó el
susto en la cara del hombre, y lo dejó atrás. Cruzó el puente a toda velocidad,
con la salvaje destrucción detrás de él. Pudo ver a sus lados cómo los
cristales se pulverizaban y las columnas debajo se doblaban y colapsaban.
Estaba demasiado asustado para
llorar, pero no pudo evitar gritar cuando al frente suyo, vio la misma
oscuridad dirigiéndose hacia él. El lado de la línea 2 de la estación Chabacano
estaba siendo destruido también. Dos bocas de la misma oscuridad se estaban
dirigiendo hacia él desde dos direcciones opuestas, acorralándolo. Sin poder
escapar.
Esta catástrofe apocalíptica fue el
peor momento que Gerardo tuvo para recordar a Sandra, pero la sinapsis volvió a
darle su cachetada y no pudo evitar dar una risa estúpida por lo incongruente
de la situación.
Consideró entonces que debió haberle
pedido una disculpa a Sandra, aceptarla como amiga y olvidarse de los
sentimientos románticos que sintió hacia ella. Todo esto, a medida que lo único
que todavía seguía en pie dentro de toda la destrucción era ese metro cuadrado
de piso en el que estaba parado, en medio de dos abismos.
¿Por qué no puedo dejar de pensar en Sandra?, pensó.
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