Pasando tres cuadras, se encontraba la calle Cerro Nogales.
Lo que otrora fue un nido de ladrones, criminales y demás mal vivientes, ahora
era una tranquila calle que albergaba bonitas casas, gente amable y condiciones
óptimas para vivir. Todo, excepto por un solo edificio. Cuando Cerro Nogales
era un deplorable rumbo, una pandilla llamada “los Perros”, decidió entrar al
Hospital Contreras-Mendoza, debido a que uno de los miembros de la pandilla
rival, “los Suaves”, se encontraba internado allí, luego de una trifulca que
empezó una deuda de honor pendiente entre las dos pandillas. Al culpar los
Suaves a los Perros de haber herido a su hombre luego de que lo vieran
apuñalado en la calle, iniciaron un pleito que, de no ser por la llegada de la
policía, habría matado a todos. Al ser llevado el joven herido al Hospital, sus
compañeros de pandilla lo custodiaron. Pero los Perros querían su venganza. Y
la tuvieron, a expensas de perder a los suyos en una sangrienta pelea. Los
Suaves también pelearon, y perdieron gente. La infernal escaramuza tenía a los
pacientes y a los empleados del Hospital en pánico. Sin embargo, algo ocurrió
después, cuya razón no se ha conocido hasta el día de hoy, y ha caído casi en
el olvido. Algunas personas, que pasaron por Cerro Nogales, aseguraron haber
visto una luz cegadora de color blanco que salía de las ventanas. Después,
nada. Dentro, todos y cada uno de los que estaban en el hospital, pacientes,
doctores, enfermeras e incluso los pandilleros en plena pelea, sencillamente
desaparecieron. Nadie supo cómo, nadie supo por qué. Mientras que los
habitantes de la colonia se preguntaban qué exactamente había ocurrido, la
policía hizo un esfuerzo muy tenue en investigar lo acontecido, sin realmente
creer lo que los testigos afirmaban. Eso pareció no importarles eventualmente,
ya que desde la misteriosa desaparición de las dos pandillas más peligrosas de
la delegación, la calle Cerro Nogales se volvió la más segura de toda la
ciudad. Pero el Hospital Contreras-Mendoza, con la retirada de sus doctores,
enfermeros y pacientes, quedó desierto. Muchos de los transeúntes que se
atrevían a entrar a las instalaciones rápidamente se arrepentían y seguían su
camino. Todo esto ocurrió hace doce años. La calle fue cambiando. Muchos
lugares se remodelaron y se construyeron nuevas casas sobre los terrenos
baldíos. Pero ningún contratista ni ningún albañil quiso tocar los restos del
Hospital Fantasma. Y fue el único legado que quedaba de la antigua vida en
Cerro Nogales que permaneció entre la comunidad.
Karla había sido instruida de todo
esto, con la debida cantidad de exageración, por parte de sus padres, mismos
que siempre le recomendaban evadir el lugar. La niña de nueve años, entonces,
pensó en las palabras de su madre, mientras estaba parada bajo el umbral de
Contreras-Mendoza, observando con fascinación, a la vez que expectativa, la
abandonada estructura que una vez fue la fachada del hospital.
Sus papás le habían permitido salir a
jugar, y Karla no escatimó en actividades qué hacer. Con su overol de mezclilla
azul encima de una camisa de rayas horizontales púrpuras y verdes, y dos
colitas de caballo a los lados de su cabeza, la pequeña niña delataba ser
propensa a las travesuras. Luego de haberse aburrido de perseguir a su mejor
amigo, Daniel, ella decidió seguir su propio camino y explorar algo.
La curiosidad, cualidad tan fuerte y
notoria entre los niños, se apoderó de Karla mientras caminaba por Cerro
Nogales. Viendo a su izquierda, divisó las ruinas del Hospital. ¿Qué tenía ese
lugar que espantara a los demás? La obediencia no era la virtud principal de la
niña, así que, con la prohibición que le hacía su madre aún resonando en su
cabeza, se acercó más, casi a entrar.
Mientras pasaba por la acera y su
planta pisaba el azulejo que era parte del piso del hospital, sintió un
inexplicable descenso de temperatura. Era pleno julio. No debía hacer tanto
frio. A Karla no le importó ese detalle tanto como lo que estaba contemplando
desde el suelo hacia arriba. Se sintió intimidada por la imponencia del edificio,
y no era uno realmente alto. Tan sólo tres pisos y una planta baja. Pero la
imagen le recordó a los típicos castillos tenebrosos de los cuentos, con todo y
rayos sobre nubes negras.
Al entrar, había dos escalones cortos
con una rampa ancha a la derecha. La planta baja era más pequeña que los pisos
de arriba, por lo que la sección que sobraba actuaba como techo para la
entrada. Esta era soportada por seis pilares blancos, colocados en ambos
extremos. Karla pasó un tanto temerosa por el pasillo, pero no pensó en
detenerse ni regresar.
El cristal de la puerta de entrada o,
más bien, lo que quedaba de ella, estaba casi opaco por los rayones dejados por
los grafiteros. De una de las puertas sólo quedaba el marco, y los vidrios
rotos estaban a su pie. Karla atravesó el marco, esperando que fuera algún tipo
de barrera invisible. Al no sentir nada que la detuviera, avanzó hacia lo que
era antes el mostrador.
Ubicado al extremo derecho del
pasillo de entrada, un largo escritorio de madera, con la parte superior recubierta
de formica, y dos capas de polvo encima de ésta, actuaba como barrera divisoria
entre el lado de los pacientes y el de las enfermeras. El de los pacientes en
espera estaba desolado, excepto por juegos de sillas de plástico azules, unidas
por un armazón de metal, con telarañas y basura encima. Detrás de ellas estaban
dos máquinas vendedoras totalmente vacías. Del lado de las enfermeras, todavía
había pizarras blancas y archiveros, muchos con los cajones entreabiertos y
otros tantos sin cajón alguno. Algunas sillas baratas de oficina estaban
tiradas por un costado, y otras totalmente de cabeza.
Karla entonces avanzó por el largo
pasillo que recorría el escritorio hacia el fondo. Terminando el escritorio
estaban las salas de emergencias. Un soporte de intravenosas estaba recostado
en el suelo y la niña casi tropezaba con él. Lo vio y lo saltó, no sin antes
notar que a su alrededor había camillas abolladas, cortinas rotas y botiquines
destrozados. En aquel lugar hace doce años, gente de todas partes era atendida
por médicos, intentando curar sus males y tranquilizar a sus familias. Hoy, la
sala reflejaba soledad y ausencia de vida, aunque no necesariamente muerte.
Karla sintió como si estuviera en un
lugar sagrado. Permaneció en silencio, observando los frascos de medicinas, las
jeringas, los tubos de respiración y los instrumentos médicos en el piso, y
ofreciendo sus respetos a tantos doctores que trabajaron arduamente porque
vivieran sus pacientes.
Caminando lentamente, se movió por
entre los pasillos creados por las cortinas, inspeccionando cada objeto,
contemplando cada lugar e intentando imaginar qué problema hubiera tenido el
paciente que se hubiera sentado en la camilla que todavía quedaba de pie. Por
la ventana, se asomaba un rayo de luz y apuntaba directo a la camilla, como si
la persona fuera llevada al cielo. Esto despertó la imaginación de Karla, y
comenzó a pensar en historias, en anécdotas, en relatos que podrían haber
acontecido ahí. Se imaginó a una madre con tres hijos, uno de ellos enfermo de gripa.
La mujer sería un poco subida de peso, de tez muy oscura, y con sus tres hijos
más o menos iguales, solo que de diferente edad y estatura. Supuso que el niño
del medio sería el que estuviera enfermo, con los otros dos jugando con los
juguetes que llevaron para no aburrirse, mientras su mamá estaría luchando por
cargar a su otro hijo, reconfortándolo susurrándole palabras amorosas.
De repente, un extraño sonido
interrumpió sus pensamientos. Parecía ser una voz. Una voz suave, que dijo una
frase ininteligible. Karla pensó por un momento que alguien la había llamado,
pero no había nadie cerca. Al voltear atrás, sintió un susto tremendo, que casi
la hizo gritar.
Un hombre joven de cabello rizado y
de piel ligeramente oscura, vistiendo una bata rosa, se le acercó. Una persona
que, de algún modo, entró al Hospital y encontró a Karla.
“¿Qué haces aquí?” preguntó el
muchacho, anticipando el terror de la niña y reflejando confianza con una
sonrisa. “¿Alguien está enfermo de tu familia?”
Karla no entendía. Permaneció en
silencio, asustada y nerviosa.
“No puedes estar en la sala de
urgencias,” le dijo, mostrándole el camino de vuelta al escritorio. “Anda,
espera allá, donde está la gente.”
La niña, totalmente extrañada, no
pudo evitar responder con otra pregunta.
“¿Cuál gente?”
El joven rió.
“Vamos, no juegues,” decía
incrédulamente. “Regrésate a la sala de espera. Cuando sea tu turno, te vamos a
llamar. ¿OK?”
Karla le siguió el juego. Por la
vestimenta y la forma en que hablaba, supuso que sería un enfermero. Pero, ¿un
enfermero en un hospital abandonado? Ese sujeto parecía estar jugando con ella,
y no sabía para qué. Pero al regresar a la sala de espera, lo que vio le hizo
petrificarse, tanto por el susto como por el asombro.
Las sillas de espera, que hace unos
segundos se encontraban tiradas por un costado estaban ahora perfectamente
ordenadas en hilera, y no sólo eso, sino que estaban casi todas ocupadas por
una docena de personas. Detrás estaban las dos máquinas vendedoras
completamente surtidas con gente consumiendo pastelitos y refrescos, y
enojándose de que su producto no había caído. En las sillas, estaba sentada una
señora con tres hijos pequeños, uno de ellos durmiendo en sus brazos, y Karla
arqueó las cejas al notar que no eran muy diferentes a la familia que se
acababa de imaginar. Junto a ella estaba un hombre de edad adulta con su mano
izquierda oculta bajo su otro brazo. Detrás de él, se encontraba otra persona,
un ejecutivo vestido de traje, hablando furiosamente a través de un muy
anticuado celular. Alegaba algo sobre un trato que se había ido por el caño
debido a la ineptitud de su asistente, mismo con quien estaba hablando por
teléfono, o por lo menos, así lo parafraseó Karla ante la presencia de muchas
malas palabras.
La pequeña niña estaba perpleja.
Volteó a ver al mostrador, y he aquí estaba repleto de enfermeros y enfermeras
circulando, recepcionistas atendiendo el teléfono y doctores revisando la
pizarra, misma que tenía una tabla con casillas llenas de nombres y
diagnósticos. El silencio que reinaba el lugar hace unos minutos había sido
ahogado por ruidos de gente, teléfonos y rechinidos de ruedas. El hospital
había regresado a la vida.
La niña por poco era derribada por la
gente que constantemente pasaba. Asustada, Karla se movió hacia las sillas de
espera, justo enfrente de dos ancianos que discutían agresivamente sobre un
tema sin importancia. Karla notó que el anciano que llevaba un sombrero alto y
sostenía un bastón dejó de hablar y se quedó viéndola. Estaba impresionado,
casi anonadado.
La niña se sintió nerviosa, pero, tal
como el enfermero, el anciano le sonrió. Le indicó que se acercara.
El otro viejo se sintió ignorado y se
enojó.
“No me estás oyendo, ¿verdad?” dijo
al ver que la niña se acercaba.
“Dame un segundo, ¿no?” respondió su
amigo, indiferente al comentario e ignorándolo completamente. Cuando Karla se
sentó en la silla, sonrió otra vez. “He pasado tanto tiempo en este hospital
que reconozco todas y cada una de las caras que están aquí,” le dijo, “pero tú
vienes de otra parte.”
El anciano no dudó de su afirmación.
Karla no lo refutó.
“Perdone, señor,” dijo, tímidamente,
“pero, ¿qué pasó aquí?”
“No lo sé,” dijo el hombre, después
de una ligera risa. “Ninguno de ellos sabe.” Señaló a toda la gente ajetreada
en el Hospital. “Pero, lo que fuera que pasó, nos ha estado atormentando por
suficiente tiempo como para volver loco a cualquiera.”
El otro viejo, con el que estaba
hablando, se había hartado de esperar y se movió a otra silla. Karla, por su
parte, no comprendía bien lo que le estaban diciendo, y su cara lo reflejó
perfectamente.
“Todos nosotros en el Hospital hemos
vivido el mismo día. Una, y otra vez. El mismo día. Tantas veces, que perdí la
cuenta.”
La niña pensó entonces en la leyenda
del Hospital.
“Ninguno de ellos se ha dado cuenta,”
nuevamente el anciano señaló a la gente. “Todos hacen exactamente lo mismo que
hicieron el día que ocurrió por primera vez.”
Karla comprendió lo que estaba
pasando. Estaba interactuando con la gente que desapareció de la ciudad hace
doce años.
“Pero, ¿cómo es que usted lo sabe?”
preguntó después.
“No sé con certeza, pero creo que se
debe a que pienso siempre en mi familia, mis hijos y mis nietos. Siempre que
puedo, recuerdo algún momento grato con ellos. Y supongo que por eso puedo
estar consciente de que estoy viviendo el mismo día, una, tras otra, tras otra
vez. Los demás están tan ocupados, los doctores pensando en la presión que
reciben de cada paciente, los pacientes pensando en su enfermedad y en la
tardanza de su servicio, las enfermeras administrando y ayudando a los
doctores. Nadie tiene tiempo para distraerse, pensar en algo más. Recordar algo
del pasado.”
El anciano siguió contando su
historia.
“Me acuerdo que vine aquí por un
dolor de estómago. Fueron esos tacos de suadero que me comí el día anterior.”
Karla se confundió.
“¿Le sigue doliendo?”
El anciano soltó una fuerte risotada
que resonó en toda la sala de espera.
“Uy, mija, me siento de maravila.
Desde que me di cuenta de lo que pasaba, nada de mi cuerpo me duele.”
“Entonces, ¿están todos…?” Karla no
pudo terminar la pregunta, en parte por pudor a mencionarlo y también por la
interrupción del hombre, aparentemente adivinando lo que quería decir.
“¿Muertos? Otra vez, no sé. No sé si
seamos fantasmas, almas perdidas o si esto sea el limbo. Lo único que sé es que
tú entraste aquí, y eso tiene que ser algo bueno. Eres la primera persona nueva
que conozco.”
Karla se sintió triste por el hombre.
Quiso alegrarlo, así que conversó con él. Le contó su nombre, dónde vivía y
quiénes eran sus padres. Al escuchar sus nombres, el anciano le dijo que sabía
quienes eran. Le contó anécdotas de cuando eran niños con lujo de detalle.
Karla entonces vio que el hombre conocía a toda la colonia, casi todas las
historias de los vecinos y varios de los acontecimientos que ocurrieron. El
anciano reforzó esta teoría al contarle historias del pasado, reflejando el
estilo de vida de los habitantes hace varias décadas. Karla entonces pensó en
la forma en que el Hospital cobró vida ante sus ojos. Había empezado a imaginarse
lo que ocurría en esos lugares, recordando a su manera cómo se curaba a las
personas. Quizás por los recuerdos y la imaginación, el Hospital regresaba del
olvido.
Karla estaba tan entretenida con las
historias del anciano, que perdió la noción del tiempo. Habían pasado varias
horas cuando la noche llegó. Ya aquella mujer y sus tres hijos habían sido
ingresados al Hospital. Muchas de las personas esperando ya no estaban en la
sala, pero no había visto salir a ninguno.
“¿Y qué día es hoy?” preguntó Karla
luego de notar que el cielo se estaba oscureciendo.
“¿Hoy?” el señor hizo una pausa para
recordar. “Es el 10 de Noviembre de 1996.”
Karla se asombró de que hubieran
transcurrido, efectivamente, doce años. La niña permaneció con los ojos
abiertos. El anciano notó la sorpresa en su rostro.
“No me acordaba de la fecha, pero el
calendario de allí siempre me lo recuerda.”
En efecto, en la pared izquierda se
encontraba un calendario de una hoja por día, con un gran número “10” y el
rótulo “Noviembre” encima de él.
“El infame día,” agregó el hombre en
voz poco audible, sin embargo escuchada por Karla. Era difícil escuchar bien,
con todo el barullo que se acumuló en la sala de espera, ahora más gente
esperando ser atendida.
“¿Qué ocurrió ese día?” preguntó
Karla, “Hoy.” Se encontraba intrigada por las palabras del anciano.
“Oh, seguro has de saber. Es el día
en que ellos,” señaló a unos paramédicos que justamente estaban entrando al
Hospital, “lo empezaron todo.”
El anciano se enojó, y su mirada
castigaba a los jóvenes que llevaban una camilla. Karla los observó y quedó
sorprendida. Aunque tenían batas de paramédicos, tenían caras amenazantes y
arrogantes, y no parecían realmente tener un conocimiento de medicina, pues le
respondieron divagaciones a un doctor cuando les preguntó por qué eran tantos
para una sola camilla. Viendo un bulldog tatuado en el brazo de uno, Karla
entonces recordó lo que su madre le había dicho que significaba ese tatuaje.
Siguiéndolos con la mirada, pero
evitando contacto visual con alguno, notó que cruzaron la puerta, adelantándose
al doctor en turno que se distrajo por un enfermero, y se metieron a la sala de
Urgencias. Karla quería ver qué ocurría, por lo que se levantó del asiento y
corrió al fondo. El anciano intentó detenerla.
“No, no vayas allá,” le rogó. “Ahí es
donde pasó.”
Karla no se detuvo. Burló a aquel
enfermero que había visto antes y que todavía seguía en turno, y se pasó a la
sala de urgencias. Al pasar por el elevador, los “paramédicos” acababan de
cerrar las puertas y subieron al tercer piso. Karla vio un tramo de escaleras a
la a la derecha y se dirigió a él.
Al pisar el primer escalón, alguien
desde atrás se acercó a ella y la tomó de los brazos, haciéndola gritar. El
desconocido le tapó la boca con la mano, la inmovilizó con una fuerza demasiado
opresiva, y acercó su cabeza a su cara.
“Sé que no eres una de ellos,” le
susurró una voz venenosa y prepotente.
Karla intentó gritar otra vez,
forcejeando para poder liberarse. Al hacer esto, el extraño la sostuvo con
mayor fuerza, y ella sintió un sobrecogedor frío que la hizo paralizarse,
aspirando aire y abriendo los ojos. Ahora estaba nerviosa y temblando, aunque
sentía que no podía moverse.
“Te vas a regresar a tu casa,” le
dijo con autoridad su captor, “y te vas a olvidar de todo esto.”
En ese instante, Karla se distrajo.
Estaba tan preocupada por el frío que la estaba ahogando, que su mente empezó a
divagar. Pensó más en su casa, en los juegos que estaba jugando antes de llegar
al Hospital, su colección de lápices de colores. Pensamientos intrascendentes,
y poco a poco fue olvidando incluso qué hacía allí.
Sin notarlo, cayó boca abajo en el
piso y se vio en medio de un lugar abandonado. Un hospital, por lo visto. Con
ventanas rotas, un escritorio viejo y polvoso y sillas de espera volteadas. No
sabía cómo fue que llegó hasta allí, pero no importaba tanto como el regaño que
recibiría de su madre cuando la viera regresar.
Instantáneamente, buscó la salida de
ese hospital, dándose cuenta de que se encontraba en la calle de Cerro Nogales.
Al llegar a casa, Karla no se
sorprendió en ver que su mamá no estuviera tan enojada como preocupada, tanto
que había estado llorando. Cuando la vio llegar, abrazó a Karla fuertemente,
aún con lágrimas en los ojos, pero ahora muy feliz y alegre luego de no verla
por el resto del día.
“¿Dónde estabas?” le preguntó su
madre, con un cierto enojo en su tono de voz.
Karla estaba por decir que no lo
recordaba, que no sabía como terminó en un hospital abandonado en Cerro
Nogales, pero al pensar en las consecuencias de cuánta preocupación más
resultaría, mintió.
“Me quedé jugando con Paco hasta
tarde. Perdón, ¿mamá?”
La reprimenda de su madre fue un
tanto severa, pero no tanto como si le hubiera dicho la verdad. De cualquier
manera, ya era tarde, por lo que la mandó directamente a dormir, castigándola
sin usar la computadora por todo el día siguiente.
Esa noche, Karla no durmió casi nada.
No pudo descansar su mente al pensar tanto en qué era lo que estaba haciendo en
esa calle. Ese hospital, algo de importancia debía tener para que ella se
encontrara en el mero centro de él. Rodó de lado a lado, moviéndose
incansablemente, intentando conciliar el sueño o recordar algo de todo esto, lo
que fuera. Al final, logró lo primero, sin darse cuenta, y consiguió unas cuantas
horas para poder descansar.
Su sueño empezó extraño, como siempre
son los sueños, viendo su casa con un aspecto ligeramente diferente, hablando
con un niño de la escuela que se transformó en uno de sus primos, y después la
llevó a una estación del metro totalmente nueva. Después, cruzó un camino que
la llevó a un bosque, y se quedó sentada en una llanta.
Allí fue donde el sueño se volvió
mucho más extraño. Frente a ella estaba una persona, con un traje de pescador,
viéndola fijamente. Karla se asustó por un momento, pero la cara del hombre la
parecía familiar. Le estaba haciendo una sonrisa amigable, y le hizo un gesto
para que se acercara. Ella así lo hizo, con una cierta lentitud, no confiando
enteramente en las intenciones del señor.
La sonrisa del hombre no cambió
cuando se acercó más, y entonces, Karla sintió un poco más de confianza.
En ese mismo instante, el traje de
pescador del señor se convirtió en una gran bata negra, y su sonrisa se
desvaneció, y su cabeza era ahora una esfera plateada, aunque cambiaba de
colores constantemente.
“Te dije que te olvidaras de todo,”
le dijo con una voz oscura, grave y autoritaria.
Karla quiso gritar, pero como todavía
estaba soñando, no podía emitir ningún sonido. Al ver que la mano izquierda del
hombre se convirtió en una hoz enorme, Karla se dio cuenta de que su sueño se
estaba convirtiendo en una pesadilla, e hizo lo posible por despertarse. Sus
ojos le dolían, y se sentía como si estuviera bajo el agua, sin poder moverse
rápido, ni correr. Intentó lo más que pudo huir de esa cosa, que ahora se
estaba volviendo en un monstruo, con tres ojos, cubierto de pelos y con una
boca enorme, llena de colmillos filosos. Al intentar gritar otra vez, lo único
que pudo brotar de su garganta fue un chillido sin intensidad, y que sólo hizo
que la bestia que la aterrorizaba riera. Una risa espantosa.
Fue entonces cuando recordó.
Cuando despertó, faltaban unas horas
antes de que sonara el despertador. Se volvió a acostar, asustada y temblando,
nuevamente sin poder dormir. Esperó las largas horas hasta que por fin la
insoportable alarma de ese despertador le indicó que era hora de prepararse
para ir a la escuela.
Como siempre, Papá la acompañó a la
escuela caminando. Conversaron tranquilamente, pero Karla no quiso preocuparlo
al decirle que un sujeto había invadido sus sueños y le hizo pasar una noche de
infierno, y mucho menos hablar sobre el Hospital, que poco a poco estaba
regresando a su mente. Decidió tocar un tema menos controversial, al responder
las preguntas de su papá de si tenía novio. Dijo que Paco le gustaba, aunque en
realidad no fuera cierto. Lo que fuera para no hablar de eso otro.
Después de despedirse de Papá con el
tradicional besito en la mejilla, pero antes de entrar al patio de la escuela,
Karla se dispuso a no volver a olvidar lo que había ocurrido, fuera lo que
fuera que pasara.
Aconteció un aburrido, tedioso y nada
interesante día de clases, donde ella ni siquiera se molestó en poner atención
a la más mínima frase que decía la maestra. En vez de eso, se la pasó todo el
día mortificándose por haber olvidado. Aunque su cuerpo estaba en el salón,
sentado en la banca viendo hacia la ventana, o haciendo garabatos sin forma,
por dentro, una pequeña Karla recorría los pasillos de su mente buscando
pensamientos. Recuerdos del Hospital. Pensó en la sala de espera, y en todos
los pacientes que vio. No recordó muchos, excepto al entrañable viejito y a la
mujer con sus tres hijos.
Finalmente, la música que ponía el
conserje como sustituto de un timbre anunció el fin del día escolar. Karla fue
la primera en salir, evadiendo a sus amigos y corrió de regreso a Cerro
Nogales.
La desierta calle siguió desierta.
Sólo vio a un par de peatones, pero que no le prestaron mucha atención,
considerando que era una niña, estaba corriendo, y era la hora de la salida.
Cuando llegó nuevamente al Hospital,
entró al pasillo. Caminó por toda la planta, recordando todo lo que había
visto, las pizarras, las enfermeras, las sillas azules. Intentó visualizar a
todos los pacientes que vio rondando, y de los doctores que estaban en turno,
ocupados. Pero, esta vez, el Hospital no volvió a la vida.
Estaba tan desesperada, y se sentía
tan culpable por haber olvidado todo, que la niña empezó a sollozar. No quería
llorar fuerte, como otros niños malcriados, pero no pudo evitarlo. Berreó por
unos minutos, gritando “¡perdón!”, hasta que le dolieron los ojos por las
lágrimas.
Al tranquilizarse más, recordó lo que
el señor le había dicho, “Lo único que sé es que tú entraste aquí, y eso tiene
que ser algo bueno.” No ayudó. Nada más hizo que la niña volviera a llorar,
ahora más fuerte. Se arrodilló y puso su cara en el suelo, pidiendo disculpas a
esas almas, si es que todavía estuvieran allí.
Agachada, sintió un pie que la pateó
por el lado derecho del cuerpo, y luego, aquella persona estaba encima de ella.
“Maldita sea,” escuchó Karla, una voz
proviniendo de un hombre adulto, y denotando que se acaba de tropezar. También
escuchó un barullo, con gente hablando aceleradamente, teléfonos repiqueteando
y personal médico caminando por todo el Hospital.
Levantó la cabeza rápidamente, se
limpió la cara con el brazo, y se puso de pie, emocionada.
“¡Qué bien!” celebró la niña, con los
ojos rojos e irritados, pero secos, y con una gigantesca sonrisa.
“Qué mal,” dijo el hombre junto a
ella, tirado en el suelo y sin nada de alegría. Era aquel ejecutivo que hablaba
por teléfono con su asistente, todavía con su celular en mano.
“Ay, perdóneme,” dijo Karla, la boca
cubierta con las dos manos.
Rápidamente se acercó al hombre para
ayudarlo a levantarse, junto con una enfermera y un doctor. El ejecutivo retiró
a todos extendiéndole la mano.
“Sí, estoy bien,” le dijo a su
auricular, “me tropecé. Estos niños se paran donde quieran.”
Karla lo vio irse, todavía apenada,
pero más emocionada por ver al Hospital activo otra vez. Atravesó el mar de
gente, cuidadosa de no hacer tropezar a nadie más, y buscó al señor. Ahí
estaba, platicando con el otro viejito, pero sonrió mucho más cuando la vio.
Esta vez ni siquiera se molestó en decirle algo a su compañero. Se levantó, sin
ninguna dificultad, tirando su bastón, y corrió hacia la niña.
“Pensé que te habías olvidado de
nosotros,” le dijo, abrazándola.
“Ah, sí, siempre hay tiempo para los
nietos,” refunfuñó el otro señor, desde atrás.
“Cállese,” le regañó la mujer de los
tres niños. “Déjelos abrazarse, que se tienen cariño.”
Karla rió ante eso, pero después
pensó que aquel señor sería un abuelito muy simpático y tierno. Eso la hizo
soltar lágrimas otra vez.
“¿Por qué lloras?” le dijo el señor,
sacando un pañuelo y limpiando su rostro, ya bastante maltratado por la previa
sesión de sollozos.
“Es que… estaba preocupada. De que
les hice algo malo. O de que se habían ido para siempre.”
“Pues, aquí siempre estamos. No nos
fuimos a ningún lado.”
El señor llevó a Karla de la mano a
dar un paseo muy limitado por la sala de espera, pasando por las máquinas
vendedoras, y luego por el mostrador. Karla vio fijamente a los enfermeros y
doctores moverse de izquierda a derecha, con folders de historias médicas, carpetas
y plumas volando por doquier. Aquel amable enfermero con el que había hablado
estaba ahora platicando con otra enfermera. El muchacho la había tomado del
brazo y le dijo algo que a la chica le dio mucha risa, y jugaba con su cabello
mientras lo oía hablar. La mujer con sus tres hijos se encontraba en la misma
posición, como la había visto, sólo que el niño enfermo estaba dormido esta
vez, y los otros dos conversaban muy adentrados en un tema que no pudo
discernir, pero tenía que ver con alguna caricatura.
Llegaron hasta el pasillo que llevaba
a Urgencias, y Karla se congeló. El anciano lo vio también.
“Te dije que no fueras allí,” le dijo, no con
reproche, sino con entendimiento.
“¿Lo conoce?”
Estaba asintiendo e iba a decirle
cómo conocía a aquel espantoso señor, cuando los interrumpió un “psst” desde el
mostrador.
Era una enfermera, la Supervisora.
Era una mujer ya adulta, un poco robusta y morena, de cabello corto. Usaba unos
gruesos lentes, que a menudo se le resbalaban por la nariz cuando miraba hacia
abajo. En ese instante, estaba mirando fijamente al viejito y a Karla, haciendo
un gesto con la mano de que se acercaran. Tanto Karla como el señor se
señalaron a sí mismos, sin estar seguros de que les estaba hablando a ellos.
Harta, la enfermera salió del
mostrador y caminó con fuertes pasos hacia ellos.
“No hablen de eso aquí,” les ordenó,
susurrando.
“¿Hablar de qué?” preguntó Karla.
“De lo de allá,” dijo la enfermera,
ladeando la cabeza hacia el pasillo de Urgencias.
El señor asintió, comprendiendo.
“¿Sabe quiénes somos?” Karla estaba
sorprendida. “¿Sabe que todos aquí están…?”
“Sí,” dijo ella, seriamente,
volteando a todos lados. “Y también sé que alguien te hizo olvidar.”
“¿Lo ha visto?” preguntó por su
cuenta el señor.
“Muchas veces.” Tanto Karla como el
viejo sonrieron, pero la enfermera negó con la cabeza. “Porque se disfraza de
diferentes personas. A veces es el señor del celular, a veces una de mis
enfermeras. Quizás una vez se disfrazó de mí.”
“¿Desde cuándo sabe… desde cuándo se
dio cuenta de que todos están...?”
“No sé, ya fue mucho tiempo.” La jefa
de enfermeras estaba triste.
“¡Leonor, ven al mostrador!” ordenó
un doctor más viejo, con una barba café frondosa y una bata azul, de espaldas a
la pizarra con la tabla de pacientes.
“Ahí voy, doctor,” dijo ella sin
voltear a ver atrás ni realmente importarle lo que decía el médico. “Y tú,
mija, ¿cómo te llamas?” Aunque sus palabras tenían la intención de ser
afectivas, el tono de voz de la señora Leonor era acelerado y distante.
“Karla.”
“Karla. Tienes que irte, antes de que
te vea.”
La niña se asustó.
“¿Dónde está?”
Leonor tomó a Karla por los brazos y
la hizo caminar a la salida. “No sé, pero si te ve, te va a hacer olvidar. Así
lo ha hecho con todos los que han venido.”
“¿Entonces ha visto a más personas?”
preguntó extrañado el señor, siguiéndolas.
“Tanta gente,” la enfermera estaba
acelerada y desilusionada. “Todos han querido ayudar, y cuando pasan a
Urgencias, se van y se les olvida. Nadie había regresado. Por eso, Karla, vete.
No puedes olvidar otra vez.”
“No puedo olvidar otra vez,” se dijo,
más confiada.
“Pero, ¿por qué yo no vi a nadie?”
insistió a su vez el anciano.
“Porque usted pasó por Urgencias
todas esas veces. Yo también olvidaba cuando pasaba por allí.”
Llegaron a la salida del Hospital, y
Leonor señaló a la sala de espera, todavía ajetreada.
“Todos ellos pasan por allí, y se
olvidan. El pasillo está hechizado. Por él.”
“¿Quién es?” decía Karla desesperada,
“¿de dónde vino?”
“No sé. Lo he buscado tanto tiempo, y
no lo encuentro.”
“Por culpa de él, estamos así,” dijo
el señor, viendo hacia abajo.
“¿Nunca han intentado salir?” Karla
jalaba de la ropa del señor y de la enfermera, pero ambos negaban con la
cabeza. “Vengan conmigo.”
“No podemos,” dijo él.
La señora Leonor extendió sus brazos
y se mostró luchando por extenderlos más allá de la puerta. Karla le jaló el
brazo, pero no pudo. Una fuerza invisible mantenía a la enfermera dentro del
Hospital. El viejito lo intentó también,
pero no pudieron hacer nada. Karla se puso triste otra vez, y empezó a llorar.
Atrás de ellos, la gente los estaba
viendo. Se miraban extrañados. Aquel cirujano que le había gritado a la
enfermera se acercó, con el muchacho enfermero del otro día junto a él, viendo
a Karla.
“Leonor, ¿qué está pasando con la
niña?”
“Nada, doctor,” dijo la jefa de
enfermeras. “Su mamá está internada, y se había asustado.”
El cirujano regañó a Leonor, pero
Karla no prestó atención a eso. Miró como el joven la veía, como si la
reconociera. Vio que más personas se acercaban, chismosos y curiosos, rodeando
al doctor y a la señora Leonor, presenciando por morbo el pleito. Todos,
excepto por uno. Aquel viejo malhumorado con el que conversaba el señor, miraba
seriamente hacia el tumulto, y después a Karla. Sonrió malévolamente, y ella
abrió los ojos.
“¡Es él!” dijo, pero nadie la
escuchó.
El doctor seguía regañando a Leonor y
ella se defendía agresivamente. El enfermero y otro doctor se interpusieron
para tranquilizarlos a los dos. Solamente el viejito con el que hablaba la seguía
viendo. Los demás la habían ignorado por completo.
“Voy a irme, pero volveré en la
noche,” dijo a la distancia, sin casi poder ver al anciano.
El hombre mayor asintió, un poco
triste de que la gente allí se estuviera peleando, pero sonriéndole a Karla. Se
despidió de ella y regresó a su asiento, y la niña vio como el señor seguía
hablado con ese misterioso viejo.
El espantoso sujeto que había
acechado sus sueños la noche anterior, en ese momento, se había disfrazado de
un inocente anciano. ¿Seguiría con ese disfraz cuando volviera?
Luego de regresar a casa, se disculpó
con su mamá, inventando una excusa que se le ocurrió en ese mismo instante, que
pareció convencerla de no regañarla por llegar tan tarde otra vez. Comió el
plato de sopa que le dejaron sobre la mesa rápida y ansiosamente, evitando lo
más que podía de que sus pies no temblaran mucho. Aunque sus papás lo vieron,
no dijeron nada al respecto.
Mientras ellos conversaban de cosas
aburridas y de adultos, Karla terminó la sopa y fue a la cocina, donde se
sirvió el bistec y el puré de papas directo del sartén, y se lo empezó a comer
en su camino de vuelta a la mesa.
“No creas que se me olvidó lo de
ayer,” dijo su mamá, seria y autoritaria, en cuanto se sentó Karla.
“Sí, mami,” accedió ella, nerviosa.
“¿Puedo salir esta noche otra vez?”
Mamá se quedó callada. Papá decidió
no opinar, y siguió comiendo.
“No sé,” dijo ella al fin. “¿Deberías
salir?”
“Pedí permiso,” justificó Karla,
sonriente. “Voy a ir con Paco, y su primo nos va a acompañar. No me voy a meter
en problemas. ¿Por favor?”
Mamá asintió con cierta aprensión,
pero para Karla fue más de lo que esperaba. Le dio un beso en la mejilla, y se
retiró, con la debida disculpa, hacia su cuarto.
“No vas a poder usar la computadora,”
gritó mamá mientras subía las escaleras. Karla no dijo nada. La computadora no
era algo que necesitaba en este momento.
Esperó lo que le pareció una
eternidad en su cuarto, distrayéndose con algún libro, o con sus muñecos de
peluche, pero asomándose al pasillo cada quince minutos a ver el reloj de la
pared. Ya quería que fuera de noche. Las 8 parecía ser la hora en que
oscureciera. Y en la noche, quería ver por su cuenta qué ocurrió dentro del
Hospital. Y, más que nada, por qué aquel espantoso hombre, fuera quien fuera,
no quería que los demás visitantes lo presenciaran ni lo recordaran. Tenía que
ver con lo de los Suaves y los Perros. Tenía que saber qué hicieron exactamente
esas dos pandillas en la sala.
Esperó el resto del tiempo acostada
en el suelo, acariciando la alfombra y pensando en cómo lograría burlar a los
enfermeros del Hospital, aunque en esencia, fueran fantasmas, y, muy
especialmente, al misterioso señor que hacía olvidar.
Cuando dieron las 7:30, Karla
rápidamente se levantó del piso y caminó al cuarto de sus papás. Papá se
encontraba abajo usando la computadora de la sala, mientras que su mamá veía la
televisión.
“Voy a ver a Paco en la esquina,
mamá,” dijo ella reservadamente, ocultándose detrás de la puerta, asomando su
cabeza. Mamá no pareció estar muy preocupada.
“OK, te espero antes de las 9,” dijo
ella, viendo atentamente el programa. Karla pensó que serían las noticias u
otra cosa, lo que fuera que veían los adultos. Se despidió de sus padres, más
nerviosa que antes, y una vez que cruzó la calle, perdiéndose la casa de vista,
corrió desesperadamente hacia Cerro Nogales.
Como costumbre, la calle estaba
desierta, pero bajo la luz de la Luna llena, se veía tétrica y exigente de
valor para ser cruzada. Esta vez empezó a recordar todo lo que había visto, a
toda la gente. Los detalles del hospital, al anciano… Un momento, ¡no sabía su
nombre! Esos dos días que conversó con él y nunca le preguntó cómo se llamaba.
Se dispuso a que fuera lo primero que le preguntara. Contreras-Mendoza seguía
instalado en su cuadra, solitario y triste, como siempre, pero esta vez mucho
más amenazante, y en medio de la noche completaba la escena de un castillo
tenebroso.
Pero Karla no se dejó intimidar.
Sabía que la fachada se había vuelto macabra por aquel sujeto, y miró las ventanas
frunciendo el ceño, agarrando valor y cruzando el umbral otra vez.
Inmediatamente, se vio en medio de un
alboroto, como todos, dentro de la sala de espera. Vio a un bebé llorando, y
una mujer cargándolo, rogando a la jefa de enfermería que los viera un doctor.
Leonor negaba con la cabeza, en parte entristecida, pero al ver a Karla, se
dibujó una sonrisa.
El dulce viejito con el que había
hablado ya no estaba con el otro señor, sino que se encontraba cerca del
mostrador, y cuando vio la sonrisa en la cara de Leonor, volteó a ver a la
entrada. Se le acercó, caminando muy rápido, con las manos hacia ella, como si
la fuera a atrapar.
Karla entonces notó por cómo se movía
el hombre que no era el viejito con el que había hablado. Era él.
La niña lo vio preocupada y se hizo
hacia atrás, temerosa de que le hiciera daño. En ese instante, vio que detrás
del hombre disfrazado de viejito estaba el artículo genuino, quien se acercó al
impostor y le tocó el hombro. Éste volteó y abrió los ojos en sorpresa al ver a
su similar enfrente de él.
Sin esperar mucho, el impostor lanzó
un puño hacia la cara del anciano. Su contrincante anticipó esto y movió su
cabeza hacia la derecha, y en ese instante guiñó el ojo hacia Karla.
El objeto de la confrontación fue
claro para ella, por lo que corrió lo más fuerte que pudo más allá del
mostrador hacia la sala de Urgencias. Un médico la vio pasar y la iba a
detener, pero se distrajo por el pleito tan inusual que ocurría en el pasillo
de entrada.
Karla volteó hacia atrás mientras pasaba
el umbral y vio como chismosos y curiosos nuevamente se amasaron alrededor de
la conmoción, esta vez, la vista de dos ancianos idénticos peleando. Se sintió
un poco mal de que ese señor tan amable tuviera que meterse en una pelea, claro
está, le había dicho que ya no sentía dolor. Quizás estuviera solamente
jugando, allá, contra su duplicado. Cualquiera que fuera el resultado, no
importó cuando Karla por fin subió los escalones para el siguiente piso.
Buscó por todo el pasillo, para
encontrar a las dos pandillas, tal vez en plena discusión, o en el peor
momento, ya peleándose. En ese piso, no había nadie más que enfermeras y
doctores que no le prestaron mucha atención, y algunos enfermos que no parecían
estar muy graves. Vio uno que se estaba sintiendo mejor, quitándose su máscara
para respirar y levantándose de golpe de la cama.
El siguiente piso fue igual, aunque
le alegró ver a la mujer con los tres niños, uno de ellos en cama, pero sin
ningún instrumento ni aparato. Solamente le habían aplicado una vacuna.
Hasta la tercera planta, pudo
escuchar voces de varios muchachos, con entonación de calle y gritando
obscenidades. Pasando unas cuantas camas vacías, detrás de una cortina, estaban
las siluetas de muchas personas, tal vez veinte o más, todos hombres, alrededor
de una cama.
“Nada de eso,” decía entre leperadas
una voz enojada. “Debes lo que debes.”
“Yo no te debo ni madres,” señaló
otra silueta. “Si te debo algo, es un navajazo.”
Ese pandillero reveló de dentro de su
chamarra un cuchillo que hizo saltar al que estaba frente a él.
“No manches, Toño,” gritaba uno
detrás de él, desesperadamente, “cálmate. No es tan grave.”
“¿No es tan grave?” dijo un tercero.
Señaló al paciente que todos los pandilleros rodeaban. “Chava ya no se está
moviendo.”
“Ya cállense,” decía débilmente
Chava, agitando su mano, intentando que la discusión se tranquilizara.
“Por mí que se muera,” dijo uno de
los pandilleros del otro lado. “Le tocó por wey.”
Karla ya no quería oír más. Esos
muchachos estaban por asesinarse entre sí. El que sacó la navaja, Toño, apuntó
su arma blanca hacia el pecho del líder de la pandilla rival, y con ligereza de
la mano, le hizo una rajada.
Se escuchó entre todos un suspiro,
incluyendo a Karla. Sin embargo, aunque el tipo que recibió el navajazo tenía una
herida grave, cubriéndola con sus manos, se acercó más a Toño.
“Vas a valer verga,” dijo al mismo
tiempo que sacó su propia navaja, y todos los demás pandilleros lo imitaron.
Todos armados, la tensión llegó a tal punto que las rodillas de Karla empezaron
a temblar, y en su rostro se dibujó una expresión de angustia. Dio un gemido de
terror al ver cómo los muchachos se agredían mutuamente, y gritó cuando vio la
sangre salpicándose en la cortina.
Dio la media vuelta para no ver más,
y en ese instante, la siniestra figura de un hombre vestido con una túnica
negra, un sombrero de pescador y portando una hoz, se le apareció justo en
frente. Karla gritó más fuerte ante la imagen, sin poder ver su rostro envuelto
en sombras.
“¿Cómo es que sigues recordando?” preguntó
el hombre, su voz todavía venenosa y áspera. Levantó su brazo y elevó la hoz.
“¡Debes olvidar!”
Karla vio la hoz encima de ella y
gritó otra vez pero, en vez de huir, tomó fuerzas para empujar al hombre
misterioso, casi golpeándolo en la entrepierna.
El villano cayó de espaldas por las
escaleras, soltando la hoz, y estrelló su espalda en la esquina de donde daban
un giro los escalones.
Karla bajó corriendo y se arrojó
sobre el hombre, golpeándolo con sus pequeños puños lo más que pudo. Con sus
manoteos, su sombrero voló, y se quedó callada al ver el rostro de este hombre
misterioso.
Él se le quedó viendo también,
abriendo bien los ojos. Era un muchacho, cualquiera. Su cabeza era calva y
larga, tenía ojos bien grandes, una nariz picuda y una boca chica, pero sus dos
dientes frontales sobresalían demasiado de entre sus labios. No se veía nada
amenazador.
“¿Quién eres tú?”
No le respondió. Intentó luchar para
liberarse, pero cuando Karla frunció el ceño, reconociendo ligeramente su cara,
parecía que el sujeto estuviera auténticamente inmovilizado por la fuerza de la
niña.
“Eres ese chico,” dijo ella,
escudriñando sus facciones y su expresión. “El de la policía.”
Nuevamente, no respondió.
“¿Por qué haces esto?”
“Porque los odio,” dijo. En su cara
se veía rencor y determinación, y la expresión de enojo que hizo logro darle el
aspecto amenazador que buscaba.
Karla vio que detrás de ella, los
pandilleros seguían peleándose. Uno de ellos intentaba correr, pero fue
atrapado por uno de sus rivales y ambos cayeron al piso, golpeándose
brutalmente.
“Haz que paren,” dijo la niña. “Por
favor.”
“Nunca,” dijo él, con recelo.
Karla no recordaba el nombre de ese
sujeto que vio en una foto, hace tiempo, en una estación de policía. Según los
agentes, era un héroe para el vecindario. Un chico que se infiltraba en las
pandillas y daba información de crímenes y arrestos a los policías. Un soplón.
Y no era querido ni por los Perros ni por los Suaves.
¿Cómo se llamaba?
En ese instante, el chico pareció
librarse de Karla. Se levantó de golpe y empujó a la niña. Ella gritó y chilló
cuando cayó de espaldas sobre los escalones ascendentes. El chico, enfurecido,
emitió un gruñido inhumano. En su boca vio cómo se transformaban sus dientes,
ahora filosos y horripilantes. Su piel se oscureció, o mejor dicho, cambió de
colores constantemente. En un rato era azul oscuro, después amarillo brillante,
y luego rojo fuerte. Sus ojos, sus orejas, su nariz, todo se había desvanecido.
Era ahora una gigantesca cabeza tornasol con una boca llena de colmillos.
Si alguna vez eso era el muchacho,
ahora era un monstruo.
Cuando escuchó el grito, Karla hizo
las manos hacia atrás, y su mano derecha sintió algo sobre el escalón. Era la
hoz.
En ese mismo segundo, la criatura
saltó sobre ella, y Karla por instinto tomó con las dos manos la hoz y apuntó
el filo curveado hacia el frente, cerrando los ojos y volteando su cabeza a la
derecha.
Un chillido, mucho más espantoso e
inhumano que el gruñido, brotó de la garganta de la bestia. Karla soltó la hoz
y agitó las manos en señal de asco intolerable, y sintió cómo esa criatura cayó
encima de ella. Subió las escaleras arrastrándose con las manos, deslizándose
por debajo del cuerpo de su atacante y librándose de él. Vio la cabeza tornasol
de ese espantoso ser, a centímetros de los pies de Karla, perdiendo la vida,
chocando la frente con el duro escalón. Sus colores se desvanecieron, y la
cabeza se volvió negra.
Aliviada de que esa cosa estuviera
muerta, pateó su cabeza fuertemente y el cuerpo se deslizó hacia abajo.
Karla subió llorando las escaleras, y
nuevamente se acercó a donde estaban los pandilleros. Lloró otra vez al verlos
a todos tirados en el suelo, todos y cada uno.
El muchacho enfermo, Chava, tenía el
cuerpo fuera de la cama, tirado sobre su cabeza con sólo sus piernas sobre del
colchón. En la espalda, tenía clavada la navaja que habían sacado al principio.
La niña gritó entre lágrimas,
espantada por el horroroso espectáculo, pero también triste por no poder
evitarlo. Fue demasiado para una niña de nueve años. Karla luchaba agitando
desesperadamente a algunos de los muchachos. Como si estuvieran solamente
durmiendo y hubiera nada más que despertarlos.
No pueden estar muertos, pensó Karla. Ya
murieron. Deben levantarse otra vez.
Karla entonces recordó al chico ese,
o bestia, lo que fuera. Parecía tan obsesionado con torturar a estos muchachos,
que no eran santos, pero que no merecían ser castigados así.
Recordó las palabras del señor
Talavera, el policía que le mostró la foto.
“Ese chavo se metió en problemas,
pero era terco, y quería a fuerzas que ya no hubiera pandillas. Ese accidente
en el Hospital, fue algo trágico, pero salvó la colonia. Y allí también lo
perdimos a él.”
“Talacha” dijo Karla en voz alta. Talacha, así le decían. Alex Grajeda, el Talacha.
Escuchó un gemido, algo caer al piso,
y otro gemido. Una persona. Detrás de ella, Chava estaba tirado en el piso,
débil, arrastrándose y luchando por levantarse. Karla corrió a él. Seguía
teniendo esa navaja clavada en la espalda.
“Chava,” le dijo mientras lo
abrazaba, sintiendo el mango del cuchillo y sacándolo rápidamente. Después, lo
ayudó a levantarse. “No estás muerto.”
El muchacho vio los cadáveres de
todos sus amigos alrededor de él, espantado, a la vez que extrañado de que una
niña estuviera tan alegre de verlo vivo. Empezó a llorar.
“Talacha,” dijo después, enojado,
quitándose a Karla de encima. “¡Pinche Talacha!”
Karla se sobresaltó un poco por su
uso de groserías, y se hizo para atrás, pero al verlo sollozando, se acercó
otra vez y lo volvió a abrazar. Ella también lloró.
Karla abrió los ojos al escuchar un
sonido familiar. Un susurro, tétrico y áspero. Volteó a ver hacia las
escaleras, y allí estaba, la criatura de cabeza tornasol y bata negra, con la
hoz en mano. Estaba crujiendo los dientes, en furia y frustración.
Chava lo vio también, y abrió los
ojos.
“¿Quién eres tú?”
“No me reconoces, ¿verdad?” dijo la
criatura. “¿Me olvidaste?”
Karla sabía perfectamente quién era
él, y agitaba a Chava para que reaccionara.
“Es Alex, el Talacha,” le decía,
zarandeándolo tan fuerte que su cuello se movía de lado a lado. Pero Chava no
la escuchaba ni la veía, ni sentía sus manos. Era como si Karla fuera la
fantasma. El muchacho pandillero estaba estupefacto.
“¿No recuerdas a tu propio hermano?”
dijo la criatura.
Karla suspiró fuerte. Chava hizo lo
mismo.
“¿Talacha?” dijo él. “¿Alex? ¿Cómo?
¿Por qué…?”
“¡Deja de olvidarlo!,” gritó la
criatura, enojada y desesperada. Su cabeza entonces se transformó nuevamente a
la de Alex Grajeda. Corrió hacia su hermano y lo golpeó con el mango de la hoz.
Karla retrocedió ligeramente. “¡Tú eres el que tiene que recordar!”
Chava levantó sus manos,
protegiéndose inútilmente de los constantes golpes pasionales del Talacha, cuya
cabeza regresó a ser la de antes, la del muchacho cualquiera.
“¡Doce años!” continuó Alex. “¡Y
todavía lo olvidas!”
Karla se arrastraba lenta y
silenciosamente hacia atrás, buscando un lugar seguro. Se congeló y angustió
cuando el muchacho en bata negra la señaló con el dedo.
“Esa morra puede recordar todo, ¿y tú
no? ¡Tienes que recordarlo! ¡Cada maldita vez que tus compas se matan! Y que te
matan a ti. ¡Cada vez! De entre todos, el único que importa que recuerde eres
tú.”
Chava lloró otra vez, y sus sollozos
se volvieron más desgarradores cuando empezó a recordar. Recordó todo.
“¿Por qué?” decía, encerrado en
posición fetal y con sus manos cubriendo su cabeza. Temblando y llorando. “¿Por
qué me torturas así? Sí lo recuerdo. Todo. Me duele cada vez que pasa.”
“Cada maldita vez,” reafirmó Alex,
acercando su cabeza hacia él.
“¿Por qué? ¿Por qué me haces esto?”
“Tú sabes por qué. Desde que me viste
apuñalarte, lo supiste. Te odio.”
Chava lloró otra vez.
“Perdón.”
“¿Qué perdón? No mereces mi perdón.”
“Perdóname, carnal.”
“¡A buena hora pides perdón!” Alex le
dio otro golpe a su hermano con el mango de la hoz, y Chava gimió más, en
agonía.
Karla se cubría los ojos, llorando y
gritando, pero escuchando todo. ¿Por qué se metió al Hospital? Todo parecía tan
inofensivo. ¿Por qué no se quedó hablando con el señor? ¿Por qué no platicó con
Leonor, o con alguien más? ¿Por qué caminó más allá de Urgencias?
Vio cómo Alex estaba consumido por la
rabia. Un joven muchacho, tan obsesionado con acabar con las pandillas, incluso
la de su propio hermano, por las razones que tuviera. Ese odio ya no era parte
de Alex. Ahora el chico era parte del odio.
Alex había muerto. Lo que estaba allí
era un fantasma. Eso se confirmó cuando Alex dio un último golpe con su hoz,
esta vez con el filo, a la cabeza de Chava, haciéndolo caer de espaldas. Éste
seguía gimiendo y llorando, herido pero sin sangre, pidiendo clemencia a su
hermano, pero la criatura regresó. Volvió a decir sus palabras hirientes con su
quemada voz.
“Tal vez debería terminar con todo,
por fin,” dijo tras sacar de un bolsillo oculto de su túnica. Una gran moneda
de hace quince años. No era una moneda de este país, ni de otro. Era un doblón
de oro, con inscripciones extrañas, pero no formas reconocidas. Al momento de
sacarlo, empezó a brillar con una luz blanca. “Tantas veces he podido sacarte
de tu miseria, y no lo he hecho.”
“Por favor,” imploraba Chava, ya casi
sin voz de tantos sollozos. “Termina con esto. Lo recuerdo. Lo recuerdo todo.
Siempre te lo digo, y nunca me crees.”
“¿Puedes detener todo esto?” preguntó
Karla, indignada, pero nadie la escuchó.
La criatura que antes era Alex sonrió
con su extraña boca.
“Me alegro que lo recuerdes,” dijo.
“Pero aún no has pagado.”
“¿Cuántas veces quieres que pague?”
“Las que yo diga.” Aquel monstruo
volvió a esconder la moneda en su túnica, y dio una estocada más al pandillero,
quien sufría incomparablemente, aunque no se abriera su piel ni sangrara.
Karla no pudo tolerar tal cantidad de
inclemencia, y se levantó para enfrentarse a la criatura. No le fue sencillo,
pues al ver su temible silueta, sus nervios se apoderaban de ella y todo su
cuerpo temblaba. Habló fuerte, titubeando al principio.
“¡Déjalo en paz!”
El monstruo volteó, nada complacido.
Aunque no tenía ojos, Karla supo que estaba enojado. O, si no lo estuviera, de
todos modos daba miedo.
“¿Doce años no te son suficientes?”
decía Karla, su voz quebrándose mientras hablaba. “¿No puedes perdonar?”
Esa cosa se acercó rápidamente hacia
ella, con la hoz justo enfrente. Su hermano se encontraba derrotado, tirado en
el piso, ahora sin llegar a levantarse. Karla iba a gritar, pero se recordó que
si pudo detener a esa cosa antes, podría hacerlo otra vez.
Cuando gritó, emitió más una
exclamación de agresividad, más que de temor, y corrió hacia su atacante,
esquivando la hoz y empujando con fuerza su pecho. El misterioso ser cayó
nuevamente, pero esta vez no soltó la hoz. Al caer de espaldas, con la niña
enfrente de él, la criatura dio un inesperado golpe con su mano, y dio una
rajada a la mejilla de Karla. Ella, asustada, suspiró y se hizo para atrás,
demasiado tarde.
Sin embargo, no sintió ningún corte
ni filo sobre su cara. El maligno ser volvió aventar la hoz, y Karla se quedó
quieta, invulnerable. La hoz intentaba atravesarse, pero sencillamente no
penetraba su piel. Era como si estuviera apuñalando a un fantasma, excepto que
el fantasma era él.
Karla rápidamente buscó por su túnica
hasta encontrar la moneda extraña, que parecía poder hacer que todo volviera la
normalidad. El monstruo seguía rasguñando a la niña con su hoz en la mano
izquierda, y con la derecha intentando desviar sus manos que seguían hurgando
su atuendo.
“¿Cómo lo terminas?” preguntó la
niña, al sacar la moneda, ocultándola en su puño derecho y colocándolo sobre su
espalda. Con su mano izquierda, presionó su pecho, inmovilizándolo en el piso.
La criatura no dijo nada.
“¿Cómo lo terminas?” repitió ella,
harta. Había una autoridad en su voz que ni ella supo de dónde provino. “La
gente ha sufrido tanto. ¿Cómo lo terminas?”
“No te diré nada,” dijo la criatura
con el rostro tornasol. Karla rápidamente tomó la hoz de sus manos, y la encajó
en el estómago de la criatura, quien dio un chillido horripilante. “¡Él lo
olvidará otra vez!” su voz ahora sonaba desesperada. “¡Como siempre lo hace!”
“Ya te dijo que lo recuerda,” decía
Karla, sin entender completamente a qué se refería exactamente con lo que se
tenía que recordar. “Y sigues castigándolo. Termínalo ya.”
La criatura se quedó callada. La niña
retiró la hoz, llorando.
“Es tu hermano,” le dijo, después.
“¿No vas a perdonar a tu hermano?”
El rostro tornasol de la criatura se
desvaneció y nuevamente apareció la cara de Alex, quien también estaba
llorando.
“No puedo perdonarlo. Es injusto que
yo no pueda olvidarlo, y él no lo quiera recordar.”
“Piensa en los demás. Todos han
perdido su vida allí. Los estás torturando a ellos, también. Y, él, entre
todos, es el que más lo recuerda.”
Alex vio a su hermano, caído pero
consciente, con una expresión de angustia intolerable. Él se le quedó viendo, y
habló en una voz inaudible, pero que en sus labios se podía leer lo que había
dicho.
“Perdóname.”
Alex siguió llorando, y entonces vio
a Karla. Ella le extendió la moneda, que empezaba a brillar nuevamente.
“Lo perdono,” dijo Alex, con cierto
recelo al principio, pero después genuinamente. “Lo perdono. Olvidaré.”
En ese instante, la luz de la moneda
se expandió por toda la sala, y por todo el edificio, sin ningún sonido. Aún
así, Karla se sentía sorda y ciega, tapándose los ojos, aunque todavía podía
ver el resplandor a través de sus párpados.
Cuando la luz desapareció, abrió los
ojos.
No había nadie debajo de ella. La
criatura, o Alex, lo que fuera que era, había desaparecido. Detrás de ella,
Chava ya no estaba.
El hospital estaba abandonado otra
vez. Las camillas estaban cubiertas de telarañas, y los botiquines rotos o
abiertos, con botellas de medicina y tubos de intravenosas tirados en el piso.
Karla no podía ver mucho, porque ya
no había luz en los focos. Pero se dio cuenta de que los cadáveres de los
pandilleros ya no estaban tampoco.
Bajó las escaleras corriendo, ya
esperando lo peor, y lo confirmó al llegar a la planta baja. Urgencias, el
mostrador y la sala de espera estaban otra vez como los había encontrado.
Vacíos, con todo tirado, y polvoriento.
Karla se sintió triste, aunque
también aliviada. Por fin toda esa gente obtuvo paz.
Lloró al pensar en aquel anciano, de
quien nunca supo su nombre, y de la señora Leonor, e incluso del viejito con el
que platicaban. Se entristeció al no poder hablado más con la mujer con sus
tres hijos, ni con el enfermero tan amable. Hasta de aquel ejecutivo que
siempre hablaba por teléfono. Incluso extrañó a Chava, un muchacho que había
sido peligroso y muy malo, pero que, por lo menos, en ese momento, estaba
aprendiendo de sus errores y dándose cuenta de lo mala persona que era. Y,
aunque al principio le dio miedo, sintió lástima por Alex, tan atormentado por
el odio y el rencor, obsesionado con hacer pagar a su hermano pero que, al
final, aceptó perdonarlo.
Toda esa gente, se había ido, y esta
vez, ya no regresaría. Su victoria se sintió, tanto literal como figuradamente,
vacía. Ya no lloró, porque supo que donde fuera que estuvieran, esas almas
estarían en un lugar mucho mejor.
Sin más que hacer en ese solitario
lugar, Karla le dio la espalda a Contreras-Mendoza, caminó por toda la calle
Cerro Nogales y se olvidó del Hospital.
Al llegar a su casa, mamá la esperaba
en la sala.
“Ven,” le dijo, con su clásico tono
de voz cuando estaba por regañarla.
Karla se acercó tímidamente hacia
ella.
“Sé que fuiste al Hospital,” le dijo,
y Karla no vio motivo por el cual negarlo.
“Sí, mamá.”
“¿Sabes por qué no te dejé ir allí?”
“¿Porque estaba embrujado?”
La tele estaba en mute, pero el
resplandor azul de la pantalla seguía proyectándose, hundiendo a las dos en una
luz fría y azulada. Mamá estaba seria, pero no enojada. De hecho, vio una
ligera preocupación en su voz.
“Pero fuiste de todos modos,”
confirmó.
“Perdón, mamá.”
“¿Qué viste allí? ¿Qué pasó?”
Karla describió al anciano y a
Leonor, y le explicó cómo los conoció y conversó con ellos. Y también le habló
sobre la tragedia de los hermanos Grajeda. Su mamá pareció estar bastante
tranquila con su hija explicándole con detalle la violenta y salvaje muerte de
los pandilleros, y su pleito con un ente sobrenatural. Y no demostró
incredulidad al escuchar a su hija, una niña de 9 años, detallarle cómo logró
terminar con esa maldición de más de una década. Karla terminó de hablar, un
poco falta de aliento, sintiéndose como un criminal luego de confesar su más
grave delito.
Mamá permaneció en silencio por mucho
tiempo, sin expresión, escudriñándola tranquilamente. Después, suspiró, mirando
hacia abajo.
“Yo también había visto a esa cosa
antes,” dijo. Volteó hacia la ventana, viendo en una dirección que guiaba a
Cerro Nogales. “Una vez entré al hospital, y vi a esa gente. Pero nunca tuve el
valor de volver allá.”
Habían sido demasiadas sorpresas por
un día. Mamá se acercó a Karla y le dio un abrazo y un beso en la mejilla.
“Estoy tan orgullosa de ti. Tan
valiente. Me sorprendes todos los días, Karla.”
La niña se sintió más segura, en casa
y con esas palabras reconfortantes de parte de su mamá, pero las preguntas eran
muchas, y nadie parecía respondérselas.
“¿Por qué no me dijiste?”
“Lo había olvidado,” dijo ella, encogiendo los hombros como si fuera un
simple desliz. “Pero tú me lo recordaste.”
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