domingo, 7 de abril de 2013

El Hospital de los Recuerdos - Cuento


Pasando tres cuadras, se encontraba la calle Cerro Nogales. Lo que otrora fue un nido de ladrones, criminales y demás mal vivientes, ahora era una tranquila calle que albergaba bonitas casas, gente amable y condiciones óptimas para vivir. Todo, excepto por un solo edificio. Cuando Cerro Nogales era un deplorable rumbo, una pandilla llamada “los Perros”, decidió entrar al Hospital Contreras-Mendoza, debido a que uno de los miembros de la pandilla rival, “los Suaves”, se encontraba internado allí, luego de una trifulca que empezó una deuda de honor pendiente entre las dos pandillas. Al culpar los Suaves a los Perros de haber herido a su hombre luego de que lo vieran apuñalado en la calle, iniciaron un pleito que, de no ser por la llegada de la policía, habría matado a todos. Al ser llevado el joven herido al Hospital, sus compañeros de pandilla lo custodiaron. Pero los Perros querían su venganza. Y la tuvieron, a expensas de perder a los suyos en una sangrienta pelea. Los Suaves también pelearon, y perdieron gente. La infernal escaramuza tenía a los pacientes y a los empleados del Hospital en pánico. Sin embargo, algo ocurrió después, cuya razón no se ha conocido hasta el día de hoy, y ha caído casi en el olvido. Algunas personas, que pasaron por Cerro Nogales, aseguraron haber visto una luz cegadora de color blanco que salía de las ventanas. Después, nada. Dentro, todos y cada uno de los que estaban en el hospital, pacientes, doctores, enfermeras e incluso los pandilleros en plena pelea, sencillamente desaparecieron. Nadie supo cómo, nadie supo por qué. Mientras que los habitantes de la colonia se preguntaban qué exactamente había ocurrido, la policía hizo un esfuerzo muy tenue en investigar lo acontecido, sin realmente creer lo que los testigos afirmaban. Eso pareció no importarles eventualmente, ya que desde la misteriosa desaparición de las dos pandillas más peligrosas de la delegación, la calle Cerro Nogales se volvió la más segura de toda la ciudad. Pero el Hospital Contreras-Mendoza, con la retirada de sus doctores, enfermeros y pacientes, quedó desierto. Muchos de los transeúntes que se atrevían a entrar a las instalaciones rápidamente se arrepentían y seguían su camino. Todo esto ocurrió hace doce años. La calle fue cambiando. Muchos lugares se remodelaron y se construyeron nuevas casas sobre los terrenos baldíos. Pero ningún contratista ni ningún albañil quiso tocar los restos del Hospital Fantasma. Y fue el único legado que quedaba de la antigua vida en Cerro Nogales que permaneció entre la comunidad.

Karla había sido instruida de todo esto, con la debida cantidad de exageración, por parte de sus padres, mismos que siempre le recomendaban evadir el lugar. La niña de nueve años, entonces, pensó en las palabras de su madre, mientras estaba parada bajo el umbral de Contreras-Mendoza, observando con fascinación, a la vez que expectativa, la abandonada estructura que una vez fue la fachada del hospital.
Sus papás le habían permitido salir a jugar, y Karla no escatimó en actividades qué hacer. Con su overol de mezclilla azul encima de una camisa de rayas horizontales púrpuras y verdes, y dos colitas de caballo a los lados de su cabeza, la pequeña niña delataba ser propensa a las travesuras. Luego de haberse aburrido de perseguir a su mejor amigo, Daniel, ella decidió seguir su propio camino y explorar algo.
La curiosidad, cualidad tan fuerte y notoria entre los niños, se apoderó de Karla mientras caminaba por Cerro Nogales. Viendo a su izquierda, divisó las ruinas del Hospital. ¿Qué tenía ese lugar que espantara a los demás? La obediencia no era la virtud principal de la niña, así que, con la prohibición que le hacía su madre aún resonando en su cabeza, se acercó más, casi a entrar.
Mientras pasaba por la acera y su planta pisaba el azulejo que era parte del piso del hospital, sintió un inexplicable descenso de temperatura. Era pleno julio. No debía hacer tanto frio. A Karla no le importó ese detalle tanto como lo que estaba contemplando desde el suelo hacia arriba. Se sintió intimidada por la imponencia del edificio, y no era uno realmente alto. Tan sólo tres pisos y una planta baja. Pero la imagen le recordó a los típicos castillos tenebrosos de los cuentos, con todo y rayos sobre nubes negras.
Al entrar, había dos escalones cortos con una rampa ancha a la derecha. La planta baja era más pequeña que los pisos de arriba, por lo que la sección que sobraba actuaba como techo para la entrada. Esta era soportada por seis pilares blancos, colocados en ambos extremos. Karla pasó un tanto temerosa por el pasillo, pero no pensó en detenerse ni regresar.
El cristal de la puerta de entrada o, más bien, lo que quedaba de ella, estaba casi opaco por los rayones dejados por los grafiteros. De una de las puertas sólo quedaba el marco, y los vidrios rotos estaban a su pie. Karla atravesó el marco, esperando que fuera algún tipo de barrera invisible. Al no sentir nada que la detuviera, avanzó hacia lo que era antes el mostrador.
Ubicado al extremo derecho del pasillo de entrada, un largo escritorio de madera, con la parte superior recubierta de formica, y dos capas de polvo encima de ésta, actuaba como barrera divisoria entre el lado de los pacientes y el de las enfermeras. El de los pacientes en espera estaba desolado, excepto por juegos de sillas de plástico azules, unidas por un armazón de metal, con telarañas y basura encima. Detrás de ellas estaban dos máquinas vendedoras totalmente vacías. Del lado de las enfermeras, todavía había pizarras blancas y archiveros, muchos con los cajones entreabiertos y otros tantos sin cajón alguno. Algunas sillas baratas de oficina estaban tiradas por un costado, y otras totalmente de cabeza.
Karla entonces avanzó por el largo pasillo que recorría el escritorio hacia el fondo. Terminando el escritorio estaban las salas de emergencias. Un soporte de intravenosas estaba recostado en el suelo y la niña casi tropezaba con él. Lo vio y lo saltó, no sin antes notar que a su alrededor había camillas abolladas, cortinas rotas y botiquines destrozados. En aquel lugar hace doce años, gente de todas partes era atendida por médicos, intentando curar sus males y tranquilizar a sus familias. Hoy, la sala reflejaba soledad y ausencia de vida, aunque no necesariamente muerte.
Karla sintió como si estuviera en un lugar sagrado. Permaneció en silencio, observando los frascos de medicinas, las jeringas, los tubos de respiración y los instrumentos médicos en el piso, y ofreciendo sus respetos a tantos doctores que trabajaron arduamente porque vivieran sus pacientes.
Caminando lentamente, se movió por entre los pasillos creados por las cortinas, inspeccionando cada objeto, contemplando cada lugar e intentando imaginar qué problema hubiera tenido el paciente que se hubiera sentado en la camilla que todavía quedaba de pie. Por la ventana, se asomaba un rayo de luz y apuntaba directo a la camilla, como si la persona fuera llevada al cielo. Esto despertó la imaginación de Karla, y comenzó a pensar en historias, en anécdotas, en relatos que podrían haber acontecido ahí. Se imaginó a una madre con tres hijos, uno de ellos enfermo de gripa. La mujer sería un poco subida de peso, de tez muy oscura, y con sus tres hijos más o menos iguales, solo que de diferente edad y estatura. Supuso que el niño del medio sería el que estuviera enfermo, con los otros dos jugando con los juguetes que llevaron para no aburrirse, mientras su mamá estaría luchando por cargar a su otro hijo, reconfortándolo susurrándole palabras amorosas.
De repente, un extraño sonido interrumpió sus pensamientos. Parecía ser una voz. Una voz suave, que dijo una frase ininteligible. Karla pensó por un momento que alguien la había llamado, pero no había nadie cerca. Al voltear atrás, sintió un susto tremendo, que casi la hizo gritar.
Un hombre joven de cabello rizado y de piel ligeramente oscura, vistiendo una bata rosa, se le acercó. Una persona que, de algún modo, entró al Hospital y encontró a Karla.
“¿Qué haces aquí?” preguntó el muchacho, anticipando el terror de la niña y reflejando confianza con una sonrisa. “¿Alguien está enfermo de tu familia?”
Karla no entendía. Permaneció en silencio, asustada y nerviosa.
“No puedes estar en la sala de urgencias,” le dijo, mostrándole el camino de vuelta al escritorio. “Anda, espera allá, donde está la gente.”
La niña, totalmente extrañada, no pudo evitar responder con otra pregunta.
“¿Cuál gente?”
El joven rió.
“Vamos, no juegues,” decía incrédulamente. “Regrésate a la sala de espera. Cuando sea tu turno, te vamos a llamar. ¿OK?”
Karla le siguió el juego. Por la vestimenta y la forma en que hablaba, supuso que sería un enfermero. Pero, ¿un enfermero en un hospital abandonado? Ese sujeto parecía estar jugando con ella, y no sabía para qué. Pero al regresar a la sala de espera, lo que vio le hizo petrificarse, tanto por el susto como por el asombro.
Las sillas de espera, que hace unos segundos se encontraban tiradas por un costado estaban ahora perfectamente ordenadas en hilera, y no sólo eso, sino que estaban casi todas ocupadas por una docena de personas. Detrás estaban las dos máquinas vendedoras completamente surtidas con gente consumiendo pastelitos y refrescos, y enojándose de que su producto no había caído. En las sillas, estaba sentada una señora con tres hijos pequeños, uno de ellos durmiendo en sus brazos, y Karla arqueó las cejas al notar que no eran muy diferentes a la familia que se acababa de imaginar. Junto a ella estaba un hombre de edad adulta con su mano izquierda oculta bajo su otro brazo. Detrás de él, se encontraba otra persona, un ejecutivo vestido de traje, hablando furiosamente a través de un muy anticuado celular. Alegaba algo sobre un trato que se había ido por el caño debido a la ineptitud de su asistente, mismo con quien estaba hablando por teléfono, o por lo menos, así lo parafraseó Karla ante la presencia de muchas malas palabras.
La pequeña niña estaba perpleja. Volteó a ver al mostrador, y he aquí estaba repleto de enfermeros y enfermeras circulando, recepcionistas atendiendo el teléfono y doctores revisando la pizarra, misma que tenía una tabla con casillas llenas de nombres y diagnósticos. El silencio que reinaba el lugar hace unos minutos había sido ahogado por ruidos de gente, teléfonos y rechinidos de ruedas. El hospital había regresado a la vida.
La niña por poco era derribada por la gente que constantemente pasaba. Asustada, Karla se movió hacia las sillas de espera, justo enfrente de dos ancianos que discutían agresivamente sobre un tema sin importancia. Karla notó que el anciano que llevaba un sombrero alto y sostenía un bastón dejó de hablar y se quedó viéndola. Estaba impresionado, casi anonadado.
La niña se sintió nerviosa, pero, tal como el enfermero, el anciano le sonrió. Le indicó que se acercara.
El otro viejo se sintió ignorado y se enojó.
“No me estás oyendo, ¿verdad?” dijo al ver que la niña se acercaba.
“Dame un segundo, ¿no?” respondió su amigo, indiferente al comentario e ignorándolo completamente. Cuando Karla se sentó en la silla, sonrió otra vez. “He pasado tanto tiempo en este hospital que reconozco todas y cada una de las caras que están aquí,” le dijo, “pero tú vienes de otra parte.”
El anciano no dudó de su afirmación. Karla no lo refutó.
“Perdone, señor,” dijo, tímidamente, “pero, ¿qué pasó aquí?”
“No lo sé,” dijo el hombre, después de una ligera risa. “Ninguno de ellos sabe.” Señaló a toda la gente ajetreada en el Hospital. “Pero, lo que fuera que pasó, nos ha estado atormentando por suficiente tiempo como para volver loco a cualquiera.”
El otro viejo, con el que estaba hablando, se había hartado de esperar y se movió a otra silla. Karla, por su parte, no comprendía bien lo que le estaban diciendo, y su cara lo reflejó perfectamente.
“Todos nosotros en el Hospital hemos vivido el mismo día. Una, y otra vez. El mismo día. Tantas veces, que perdí la cuenta.”
La niña pensó entonces en la leyenda del Hospital.
“Ninguno de ellos se ha dado cuenta,” nuevamente el anciano señaló a la gente. “Todos hacen exactamente lo mismo que hicieron el día que ocurrió por primera vez.”
Karla comprendió lo que estaba pasando. Estaba interactuando con la gente que desapareció de la ciudad hace doce años.
“Pero, ¿cómo es que usted lo sabe?” preguntó después.
“No sé con certeza, pero creo que se debe a que pienso siempre en mi familia, mis hijos y mis nietos. Siempre que puedo, recuerdo algún momento grato con ellos. Y supongo que por eso puedo estar consciente de que estoy viviendo el mismo día, una, tras otra, tras otra vez. Los demás están tan ocupados, los doctores pensando en la presión que reciben de cada paciente, los pacientes pensando en su enfermedad y en la tardanza de su servicio, las enfermeras administrando y ayudando a los doctores. Nadie tiene tiempo para distraerse, pensar en algo más. Recordar algo del pasado.”
El anciano siguió contando su historia.
“Me acuerdo que vine aquí por un dolor de estómago. Fueron esos tacos de suadero que me comí el día anterior.”
Karla se confundió.
“¿Le sigue doliendo?”
El anciano soltó una fuerte risotada que resonó en toda la sala de espera.
“Uy, mija, me siento de maravila. Desde que me di cuenta de lo que pasaba, nada de mi cuerpo me duele.”
“Entonces, ¿están todos…?” Karla no pudo terminar la pregunta, en parte por pudor a mencionarlo y también por la interrupción del hombre, aparentemente adivinando lo que quería decir.
“¿Muertos? Otra vez, no sé. No sé si seamos fantasmas, almas perdidas o si esto sea el limbo. Lo único que sé es que tú entraste aquí, y eso tiene que ser algo bueno. Eres la primera persona nueva que conozco.”
Karla se sintió triste por el hombre. Quiso alegrarlo, así que conversó con él. Le contó su nombre, dónde vivía y quiénes eran sus padres. Al escuchar sus nombres, el anciano le dijo que sabía quienes eran. Le contó anécdotas de cuando eran niños con lujo de detalle. Karla entonces vio que el hombre conocía a toda la colonia, casi todas las historias de los vecinos y varios de los acontecimientos que ocurrieron. El anciano reforzó esta teoría al contarle historias del pasado, reflejando el estilo de vida de los habitantes hace varias décadas. Karla entonces pensó en la forma en que el Hospital cobró vida ante sus ojos. Había empezado a imaginarse lo que ocurría en esos lugares, recordando a su manera cómo se curaba a las personas. Quizás por los recuerdos y la imaginación, el Hospital regresaba del olvido.
Karla estaba tan entretenida con las historias del anciano, que perdió la noción del tiempo. Habían pasado varias horas cuando la noche llegó. Ya aquella mujer y sus tres hijos habían sido ingresados al Hospital. Muchas de las personas esperando ya no estaban en la sala, pero no había visto salir a ninguno.
“¿Y qué día es hoy?” preguntó Karla luego de notar que el cielo se estaba oscureciendo.
“¿Hoy?” el señor hizo una pausa para recordar. “Es el 10 de Noviembre de 1996.”
Karla se asombró de que hubieran transcurrido, efectivamente, doce años. La niña permaneció con los ojos abiertos. El anciano notó la sorpresa en su rostro.
“No me acordaba de la fecha, pero el calendario de allí siempre me lo recuerda.”
En efecto, en la pared izquierda se encontraba un calendario de una hoja por día, con un gran número “10” y el rótulo “Noviembre” encima de él.
“El infame día,” agregó el hombre en voz poco audible, sin embargo escuchada por Karla. Era difícil escuchar bien, con todo el barullo que se acumuló en la sala de espera, ahora más gente esperando ser atendida.
“¿Qué ocurrió ese día?” preguntó Karla, “Hoy.” Se encontraba intrigada por las palabras del anciano.
“Oh, seguro has de saber. Es el día en que ellos,” señaló a unos paramédicos que justamente estaban entrando al Hospital, “lo empezaron todo.”
El anciano se enojó, y su mirada castigaba a los jóvenes que llevaban una camilla. Karla los observó y quedó sorprendida. Aunque tenían batas de paramédicos, tenían caras amenazantes y arrogantes, y no parecían realmente tener un conocimiento de medicina, pues le respondieron divagaciones a un doctor cuando les preguntó por qué eran tantos para una sola camilla. Viendo un bulldog tatuado en el brazo de uno, Karla entonces recordó lo que su madre le había dicho que significaba ese tatuaje.
Siguiéndolos con la mirada, pero evitando contacto visual con alguno, notó que cruzaron la puerta, adelantándose al doctor en turno que se distrajo por un enfermero, y se metieron a la sala de Urgencias. Karla quería ver qué ocurría, por lo que se levantó del asiento y corrió al fondo. El anciano intentó detenerla.
“No, no vayas allá,” le rogó. “Ahí es donde pasó.”
Karla no se detuvo. Burló a aquel enfermero que había visto antes y que todavía seguía en turno, y se pasó a la sala de urgencias. Al pasar por el elevador, los “paramédicos” acababan de cerrar las puertas y subieron al tercer piso. Karla vio un tramo de escaleras a la a la derecha y se dirigió a él.
Al pisar el primer escalón, alguien desde atrás se acercó a ella y la tomó de los brazos, haciéndola gritar. El desconocido le tapó la boca con la mano, la inmovilizó con una fuerza demasiado opresiva, y acercó su cabeza a su cara.
“Sé que no eres una de ellos,” le susurró una voz venenosa y prepotente.
Karla intentó gritar otra vez, forcejeando para poder liberarse. Al hacer esto, el extraño la sostuvo con mayor fuerza, y ella sintió un sobrecogedor frío que la hizo paralizarse, aspirando aire y abriendo los ojos. Ahora estaba nerviosa y temblando, aunque sentía que no podía moverse.
“Te vas a regresar a tu casa,” le dijo con autoridad su captor, “y te vas a olvidar de todo esto.”
En ese instante, Karla se distrajo. Estaba tan preocupada por el frío que la estaba ahogando, que su mente empezó a divagar. Pensó más en su casa, en los juegos que estaba jugando antes de llegar al Hospital, su colección de lápices de colores. Pensamientos intrascendentes, y poco a poco fue olvidando incluso qué hacía allí.
Sin notarlo, cayó boca abajo en el piso y se vio en medio de un lugar abandonado. Un hospital, por lo visto. Con ventanas rotas, un escritorio viejo y polvoso y sillas de espera volteadas. No sabía cómo fue que llegó hasta allí, pero no importaba tanto como el regaño que recibiría de su madre cuando la viera regresar.
Instantáneamente, buscó la salida de ese hospital, dándose cuenta de que se encontraba en la calle de Cerro Nogales.
Al llegar a casa, Karla no se sorprendió en ver que su mamá no estuviera tan enojada como preocupada, tanto que había estado llorando. Cuando la vio llegar, abrazó a Karla fuertemente, aún con lágrimas en los ojos, pero ahora muy feliz y alegre luego de no verla por el resto del día.
“¿Dónde estabas?” le preguntó su madre, con un cierto enojo en su tono de voz.
Karla estaba por decir que no lo recordaba, que no sabía como terminó en un hospital abandonado en Cerro Nogales, pero al pensar en las consecuencias de cuánta preocupación más resultaría, mintió.
“Me quedé jugando con Paco hasta tarde. Perdón, ¿mamá?”
La reprimenda de su madre fue un tanto severa, pero no tanto como si le hubiera dicho la verdad. De cualquier manera, ya era tarde, por lo que la mandó directamente a dormir, castigándola sin usar la computadora por todo el día siguiente.
Esa noche, Karla no durmió casi nada. No pudo descansar su mente al pensar tanto en qué era lo que estaba haciendo en esa calle. Ese hospital, algo de importancia debía tener para que ella se encontrara en el mero centro de él. Rodó de lado a lado, moviéndose incansablemente, intentando conciliar el sueño o recordar algo de todo esto, lo que fuera. Al final, logró lo primero, sin darse cuenta, y consiguió unas cuantas horas para poder descansar.
Su sueño empezó extraño, como siempre son los sueños, viendo su casa con un aspecto ligeramente diferente, hablando con un niño de la escuela que se transformó en uno de sus primos, y después la llevó a una estación del metro totalmente nueva. Después, cruzó un camino que la llevó a un bosque, y se quedó sentada en una llanta.
Allí fue donde el sueño se volvió mucho más extraño. Frente a ella estaba una persona, con un traje de pescador, viéndola fijamente. Karla se asustó por un momento, pero la cara del hombre la parecía familiar. Le estaba haciendo una sonrisa amigable, y le hizo un gesto para que se acercara. Ella así lo hizo, con una cierta lentitud, no confiando enteramente en las intenciones del señor.
La sonrisa del hombre no cambió cuando se acercó más, y entonces, Karla sintió un poco más de confianza.
En ese mismo instante, el traje de pescador del señor se convirtió en una gran bata negra, y su sonrisa se desvaneció, y su cabeza era ahora una esfera plateada, aunque cambiaba de colores constantemente.
“Te dije que te olvidaras de todo,” le dijo con una voz oscura, grave y autoritaria.
Karla quiso gritar, pero como todavía estaba soñando, no podía emitir ningún sonido. Al ver que la mano izquierda del hombre se convirtió en una hoz enorme, Karla se dio cuenta de que su sueño se estaba convirtiendo en una pesadilla, e hizo lo posible por despertarse. Sus ojos le dolían, y se sentía como si estuviera bajo el agua, sin poder moverse rápido, ni correr. Intentó lo más que pudo huir de esa cosa, que ahora se estaba volviendo en un monstruo, con tres ojos, cubierto de pelos y con una boca enorme, llena de colmillos filosos. Al intentar gritar otra vez, lo único que pudo brotar de su garganta fue un chillido sin intensidad, y que sólo hizo que la bestia que la aterrorizaba riera. Una risa espantosa.
Fue entonces cuando recordó.
Cuando despertó, faltaban unas horas antes de que sonara el despertador. Se volvió a acostar, asustada y temblando, nuevamente sin poder dormir. Esperó las largas horas hasta que por fin la insoportable alarma de ese despertador le indicó que era hora de prepararse para ir a la escuela.
Como siempre, Papá la acompañó a la escuela caminando. Conversaron tranquilamente, pero Karla no quiso preocuparlo al decirle que un sujeto había invadido sus sueños y le hizo pasar una noche de infierno, y mucho menos hablar sobre el Hospital, que poco a poco estaba regresando a su mente. Decidió tocar un tema menos controversial, al responder las preguntas de su papá de si tenía novio. Dijo que Paco le gustaba, aunque en realidad no fuera cierto. Lo que fuera para no hablar de eso otro.
Después de despedirse de Papá con el tradicional besito en la mejilla, pero antes de entrar al patio de la escuela, Karla se dispuso a no volver a olvidar lo que había ocurrido, fuera lo que fuera que pasara.
Aconteció un aburrido, tedioso y nada interesante día de clases, donde ella ni siquiera se molestó en poner atención a la más mínima frase que decía la maestra. En vez de eso, se la pasó todo el día mortificándose por haber olvidado. Aunque su cuerpo estaba en el salón, sentado en la banca viendo hacia la ventana, o haciendo garabatos sin forma, por dentro, una pequeña Karla recorría los pasillos de su mente buscando pensamientos. Recuerdos del Hospital. Pensó en la sala de espera, y en todos los pacientes que vio. No recordó muchos, excepto al entrañable viejito y a la mujer con sus tres hijos.
Finalmente, la música que ponía el conserje como sustituto de un timbre anunció el fin del día escolar. Karla fue la primera en salir, evadiendo a sus amigos y corrió de regreso a Cerro Nogales.
La desierta calle siguió desierta. Sólo vio a un par de peatones, pero que no le prestaron mucha atención, considerando que era una niña, estaba corriendo, y era la hora de la salida.
Cuando llegó nuevamente al Hospital, entró al pasillo. Caminó por toda la planta, recordando todo lo que había visto, las pizarras, las enfermeras, las sillas azules. Intentó visualizar a todos los pacientes que vio rondando, y de los doctores que estaban en turno, ocupados. Pero, esta vez, el Hospital no volvió a la vida.
Estaba tan desesperada, y se sentía tan culpable por haber olvidado todo, que la niña empezó a sollozar. No quería llorar fuerte, como otros niños malcriados, pero no pudo evitarlo. Berreó por unos minutos, gritando “¡perdón!”, hasta que le dolieron los ojos por las lágrimas.
Al tranquilizarse más, recordó lo que el señor le había dicho, “Lo único que sé es que tú entraste aquí, y eso tiene que ser algo bueno.” No ayudó. Nada más hizo que la niña volviera a llorar, ahora más fuerte. Se arrodilló y puso su cara en el suelo, pidiendo disculpas a esas almas, si es que todavía estuvieran allí.
Agachada, sintió un pie que la pateó por el lado derecho del cuerpo, y luego, aquella persona estaba encima de ella.
“Maldita sea,” escuchó Karla, una voz proviniendo de un hombre adulto, y denotando que se acaba de tropezar. También escuchó un barullo, con gente hablando aceleradamente, teléfonos repiqueteando y personal médico caminando por todo el Hospital.
Levantó la cabeza rápidamente, se limpió la cara con el brazo, y se puso de pie, emocionada.
“¡Qué bien!” celebró la niña, con los ojos rojos e irritados, pero secos, y con una gigantesca sonrisa.
“Qué mal,” dijo el hombre junto a ella, tirado en el suelo y sin nada de alegría. Era aquel ejecutivo que hablaba por teléfono con su asistente, todavía con su celular en mano.
“Ay, perdóneme,” dijo Karla, la boca cubierta con las dos manos.
Rápidamente se acercó al hombre para ayudarlo a levantarse, junto con una enfermera y un doctor. El ejecutivo retiró a todos extendiéndole la mano.
“Sí, estoy bien,” le dijo a su auricular, “me tropecé. Estos niños se paran donde quieran.”
Karla lo vio irse, todavía apenada, pero más emocionada por ver al Hospital activo otra vez. Atravesó el mar de gente, cuidadosa de no hacer tropezar a nadie más, y buscó al señor. Ahí estaba, platicando con el otro viejito, pero sonrió mucho más cuando la vio. Esta vez ni siquiera se molestó en decirle algo a su compañero. Se levantó, sin ninguna dificultad, tirando su bastón, y corrió hacia la niña.
“Pensé que te habías olvidado de nosotros,” le dijo, abrazándola.
“Ah, sí, siempre hay tiempo para los nietos,” refunfuñó el otro señor, desde atrás.
“Cállese,” le regañó la mujer de los tres niños. “Déjelos abrazarse, que se tienen cariño.”
Karla rió ante eso, pero después pensó que aquel señor sería un abuelito muy simpático y tierno. Eso la hizo soltar lágrimas otra vez.
“¿Por qué lloras?” le dijo el señor, sacando un pañuelo y limpiando su rostro, ya bastante maltratado por la previa sesión de sollozos.
“Es que… estaba preocupada. De que les hice algo malo. O de que se habían ido para siempre.”
“Pues, aquí siempre estamos. No nos fuimos a ningún lado.”
El señor llevó a Karla de la mano a dar un paseo muy limitado por la sala de espera, pasando por las máquinas vendedoras, y luego por el mostrador. Karla vio fijamente a los enfermeros y doctores moverse de izquierda a derecha, con folders de historias médicas, carpetas y plumas volando por doquier. Aquel amable enfermero con el que había hablado estaba ahora platicando con otra enfermera. El muchacho la había tomado del brazo y le dijo algo que a la chica le dio mucha risa, y jugaba con su cabello mientras lo oía hablar. La mujer con sus tres hijos se encontraba en la misma posición, como la había visto, sólo que el niño enfermo estaba dormido esta vez, y los otros dos conversaban muy adentrados en un tema que no pudo discernir, pero tenía que ver con alguna caricatura.
Llegaron hasta el pasillo que llevaba a Urgencias, y Karla se congeló. El anciano lo vio también.
 “Te dije que no fueras allí,” le dijo, no con reproche, sino con entendimiento.
“¿Lo conoce?”
Estaba asintiendo e iba a decirle cómo conocía a aquel espantoso señor, cuando los interrumpió un “psst” desde el mostrador.
Era una enfermera, la Supervisora. Era una mujer ya adulta, un poco robusta y morena, de cabello corto. Usaba unos gruesos lentes, que a menudo se le resbalaban por la nariz cuando miraba hacia abajo. En ese instante, estaba mirando fijamente al viejito y a Karla, haciendo un gesto con la mano de que se acercaran. Tanto Karla como el señor se señalaron a sí mismos, sin estar seguros de que les estaba hablando a ellos.
Harta, la enfermera salió del mostrador y caminó con fuertes pasos hacia ellos.
“No hablen de eso aquí,” les ordenó, susurrando.
“¿Hablar de qué?” preguntó Karla.
“De lo de allá,” dijo la enfermera, ladeando la cabeza hacia el pasillo de Urgencias.
El señor asintió, comprendiendo.
“¿Sabe quiénes somos?” Karla estaba sorprendida. “¿Sabe que todos aquí están…?”
“Sí,” dijo ella, seriamente, volteando a todos lados. “Y también sé que alguien te hizo olvidar.”
“¿Lo ha visto?” preguntó por su cuenta el señor.
“Muchas veces.” Tanto Karla como el viejo sonrieron, pero la enfermera negó con la cabeza. “Porque se disfraza de diferentes personas. A veces es el señor del celular, a veces una de mis enfermeras. Quizás una vez se disfrazó de mí.”
“¿Desde cuándo sabe… desde cuándo se dio cuenta de que todos están...?”
“No sé, ya fue mucho tiempo.” La jefa de enfermeras estaba triste.
“¡Leonor, ven al mostrador!” ordenó un doctor más viejo, con una barba café frondosa y una bata azul, de espaldas a la pizarra con la tabla de pacientes.
“Ahí voy, doctor,” dijo ella sin voltear a ver atrás ni realmente importarle lo que decía el médico. “Y tú, mija, ¿cómo te llamas?” Aunque sus palabras tenían la intención de ser afectivas, el tono de voz de la señora Leonor era acelerado y distante.
“Karla.”
“Karla. Tienes que irte, antes de que te vea.”
La niña se asustó.
“¿Dónde está?”
Leonor tomó a Karla por los brazos y la hizo caminar a la salida. “No sé, pero si te ve, te va a hacer olvidar. Así lo ha hecho con todos los que han venido.”
“¿Entonces ha visto a más personas?” preguntó extrañado el señor, siguiéndolas.
“Tanta gente,” la enfermera estaba acelerada y desilusionada. “Todos han querido ayudar, y cuando pasan a Urgencias, se van y se les olvida. Nadie había regresado. Por eso, Karla, vete. No puedes olvidar otra vez.”
“No puedo olvidar otra vez,” se dijo, más confiada.
“Pero, ¿por qué yo no vi a nadie?” insistió a su vez el anciano.
“Porque usted pasó por Urgencias todas esas veces. Yo también olvidaba cuando pasaba por allí.”
Llegaron a la salida del Hospital, y Leonor señaló a la sala de espera, todavía ajetreada.
“Todos ellos pasan por allí, y se olvidan. El pasillo está hechizado. Por él.”
“¿Quién es?” decía Karla desesperada, “¿de dónde vino?”
“No sé. Lo he buscado tanto tiempo, y no lo encuentro.”
“Por culpa de él, estamos así,” dijo el señor, viendo hacia abajo.
“¿Nunca han intentado salir?” Karla jalaba de la ropa del señor y de la enfermera, pero ambos negaban con la cabeza. “Vengan conmigo.”
“No podemos,” dijo él.
La señora Leonor extendió sus brazos y se mostró luchando por extenderlos más allá de la puerta. Karla le jaló el brazo, pero no pudo. Una fuerza invisible mantenía a la enfermera dentro del Hospital.  El viejito lo intentó también, pero no pudieron hacer nada. Karla se puso triste otra vez, y empezó a llorar.
Atrás de ellos, la gente los estaba viendo. Se miraban extrañados. Aquel cirujano que le había gritado a la enfermera se acercó, con el muchacho enfermero del otro día junto a él, viendo a Karla.
“Leonor, ¿qué está pasando con la niña?”
“Nada, doctor,” dijo la jefa de enfermeras. “Su mamá está internada, y se había asustado.”
El cirujano regañó a Leonor, pero Karla no prestó atención a eso. Miró como el joven la veía, como si la reconociera. Vio que más personas se acercaban, chismosos y curiosos, rodeando al doctor y a la señora Leonor, presenciando por morbo el pleito. Todos, excepto por uno. Aquel viejo malhumorado con el que conversaba el señor, miraba seriamente hacia el tumulto, y después a Karla. Sonrió malévolamente, y ella abrió los ojos.
“¡Es él!” dijo, pero nadie la escuchó.
El doctor seguía regañando a Leonor y ella se defendía agresivamente. El enfermero y otro doctor se interpusieron para tranquilizarlos a los dos. Solamente el viejito con el que hablaba la seguía viendo. Los demás la habían ignorado por completo.
“Voy a irme, pero volveré en la noche,” dijo a la distancia, sin casi poder ver al anciano.
El hombre mayor asintió, un poco triste de que la gente allí se estuviera peleando, pero sonriéndole a Karla. Se despidió de ella y regresó a su asiento, y la niña vio como el señor seguía hablado con ese misterioso viejo.
El espantoso sujeto que había acechado sus sueños la noche anterior, en ese momento, se había disfrazado de un inocente anciano. ¿Seguiría con ese disfraz cuando volviera?
Luego de regresar a casa, se disculpó con su mamá, inventando una excusa que se le ocurrió en ese mismo instante, que pareció convencerla de no regañarla por llegar tan tarde otra vez. Comió el plato de sopa que le dejaron sobre la mesa rápida y ansiosamente, evitando lo más que podía de que sus pies no temblaran mucho. Aunque sus papás lo vieron, no dijeron nada al respecto.
Mientras ellos conversaban de cosas aburridas y de adultos, Karla terminó la sopa y fue a la cocina, donde se sirvió el bistec y el puré de papas directo del sartén, y se lo empezó a comer en su camino de vuelta a la mesa.
“No creas que se me olvidó lo de ayer,” dijo su mamá, seria y autoritaria, en cuanto se sentó Karla.
“Sí, mami,” accedió ella, nerviosa. “¿Puedo salir esta noche otra vez?”
Mamá se quedó callada. Papá decidió no opinar, y siguió comiendo.
“No sé,” dijo ella al fin. “¿Deberías salir?”
“Pedí permiso,” justificó Karla, sonriente. “Voy a ir con Paco, y su primo nos va a acompañar. No me voy a meter en problemas. ¿Por favor?”
Mamá asintió con cierta aprensión, pero para Karla fue más de lo que esperaba. Le dio un beso en la mejilla, y se retiró, con la debida disculpa, hacia su cuarto.
“No vas a poder usar la computadora,” gritó mamá mientras subía las escaleras. Karla no dijo nada. La computadora no era algo que necesitaba en este momento.
Esperó lo que le pareció una eternidad en su cuarto, distrayéndose con algún libro, o con sus muñecos de peluche, pero asomándose al pasillo cada quince minutos a ver el reloj de la pared. Ya quería que fuera de noche. Las 8 parecía ser la hora en que oscureciera. Y en la noche, quería ver por su cuenta qué ocurrió dentro del Hospital. Y, más que nada, por qué aquel espantoso hombre, fuera quien fuera, no quería que los demás visitantes lo presenciaran ni lo recordaran. Tenía que ver con lo de los Suaves y los Perros. Tenía que saber qué hicieron exactamente esas dos pandillas en la sala.
Esperó el resto del tiempo acostada en el suelo, acariciando la alfombra y pensando en cómo lograría burlar a los enfermeros del Hospital, aunque en esencia, fueran fantasmas, y, muy especialmente, al misterioso señor que hacía olvidar.
Cuando dieron las 7:30, Karla rápidamente se levantó del piso y caminó al cuarto de sus papás. Papá se encontraba abajo usando la computadora de la sala, mientras que su mamá veía la televisión.
“Voy a ver a Paco en la esquina, mamá,” dijo ella reservadamente, ocultándose detrás de la puerta, asomando su cabeza. Mamá no pareció estar muy preocupada.
“OK, te espero antes de las 9,” dijo ella, viendo atentamente el programa. Karla pensó que serían las noticias u otra cosa, lo que fuera que veían los adultos. Se despidió de sus padres, más nerviosa que antes, y una vez que cruzó la calle, perdiéndose la casa de vista, corrió desesperadamente hacia Cerro Nogales.
Como costumbre, la calle estaba desierta, pero bajo la luz de la Luna llena, se veía tétrica y exigente de valor para ser cruzada. Esta vez empezó a recordar todo lo que había visto, a toda la gente. Los detalles del hospital, al anciano… Un momento, ¡no sabía su nombre! Esos dos días que conversó con él y nunca le preguntó cómo se llamaba. Se dispuso a que fuera lo primero que le preguntara. Contreras-Mendoza seguía instalado en su cuadra, solitario y triste, como siempre, pero esta vez mucho más amenazante, y en medio de la noche completaba la escena de un castillo tenebroso.
Pero Karla no se dejó intimidar. Sabía que la fachada se había vuelto macabra por aquel sujeto, y miró las ventanas frunciendo el ceño, agarrando valor y cruzando el umbral otra vez.
Inmediatamente, se vio en medio de un alboroto, como todos, dentro de la sala de espera. Vio a un bebé llorando, y una mujer cargándolo, rogando a la jefa de enfermería que los viera un doctor. Leonor negaba con la cabeza, en parte entristecida, pero al ver a Karla, se dibujó una sonrisa.
El dulce viejito con el que había hablado ya no estaba con el otro señor, sino que se encontraba cerca del mostrador, y cuando vio la sonrisa en la cara de Leonor, volteó a ver a la entrada. Se le acercó, caminando muy rápido, con las manos hacia ella, como si la fuera a atrapar.
Karla entonces notó por cómo se movía el hombre que no era el viejito con el que había hablado. Era él.
La niña lo vio preocupada y se hizo hacia atrás, temerosa de que le hiciera daño. En ese instante, vio que detrás del hombre disfrazado de viejito estaba el artículo genuino, quien se acercó al impostor y le tocó el hombro. Éste volteó y abrió los ojos en sorpresa al ver a su similar enfrente de él.
Sin esperar mucho, el impostor lanzó un puño hacia la cara del anciano. Su contrincante anticipó esto y movió su cabeza hacia la derecha, y en ese instante guiñó el ojo hacia Karla.
El objeto de la confrontación fue claro para ella, por lo que corrió lo más fuerte que pudo más allá del mostrador hacia la sala de Urgencias. Un médico la vio pasar y la iba a detener, pero se distrajo por el pleito tan inusual que ocurría en el pasillo de entrada.
Karla volteó hacia atrás mientras pasaba el umbral y vio como chismosos y curiosos nuevamente se amasaron alrededor de la conmoción, esta vez, la vista de dos ancianos idénticos peleando. Se sintió un poco mal de que ese señor tan amable tuviera que meterse en una pelea, claro está, le había dicho que ya no sentía dolor. Quizás estuviera solamente jugando, allá, contra su duplicado. Cualquiera que fuera el resultado, no importó cuando Karla por fin subió los escalones para el siguiente piso.
Buscó por todo el pasillo, para encontrar a las dos pandillas, tal vez en plena discusión, o en el peor momento, ya peleándose. En ese piso, no había nadie más que enfermeras y doctores que no le prestaron mucha atención, y algunos enfermos que no parecían estar muy graves. Vio uno que se estaba sintiendo mejor, quitándose su máscara para respirar y levantándose de golpe de la cama.
El siguiente piso fue igual, aunque le alegró ver a la mujer con los tres niños, uno de ellos en cama, pero sin ningún instrumento ni aparato. Solamente le habían aplicado una vacuna.
Hasta la tercera planta, pudo escuchar voces de varios muchachos, con entonación de calle y gritando obscenidades. Pasando unas cuantas camas vacías, detrás de una cortina, estaban las siluetas de muchas personas, tal vez veinte o más, todos hombres, alrededor de una cama.
“Nada de eso,” decía entre leperadas una voz enojada. “Debes lo que debes.”
“Yo no te debo ni madres,” señaló otra silueta. “Si te debo algo, es un navajazo.”
Ese pandillero reveló de dentro de su chamarra un cuchillo que hizo saltar al que estaba frente a él.
“No manches, Toño,” gritaba uno detrás de él, desesperadamente, “cálmate. No es tan grave.”
“¿No es tan grave?” dijo un tercero. Señaló al paciente que todos los pandilleros rodeaban. “Chava ya no se está moviendo.”
“Ya cállense,” decía débilmente Chava, agitando su mano, intentando que la discusión se tranquilizara.
“Por mí que se muera,” dijo uno de los pandilleros del otro lado. “Le tocó por wey.”
Karla ya no quería oír más. Esos muchachos estaban por asesinarse entre sí. El que sacó la navaja, Toño, apuntó su arma blanca hacia el pecho del líder de la pandilla rival, y con ligereza de la mano, le hizo una rajada.
Se escuchó entre todos un suspiro, incluyendo a Karla. Sin embargo, aunque el tipo que recibió el navajazo tenía una herida grave, cubriéndola con sus manos, se acercó más a Toño.
“Vas a valer verga,” dijo al mismo tiempo que sacó su propia navaja, y todos los demás pandilleros lo imitaron. Todos armados, la tensión llegó a tal punto que las rodillas de Karla empezaron a temblar, y en su rostro se dibujó una expresión de angustia. Dio un gemido de terror al ver cómo los muchachos se agredían mutuamente, y gritó cuando vio la sangre salpicándose en la cortina.
Dio la media vuelta para no ver más, y en ese instante, la siniestra figura de un hombre vestido con una túnica negra, un sombrero de pescador y portando una hoz, se le apareció justo en frente. Karla gritó más fuerte ante la imagen, sin poder ver su rostro envuelto en sombras.
“¿Cómo es que sigues recordando?” preguntó el hombre, su voz todavía venenosa y áspera. Levantó su brazo y elevó la hoz. “¡Debes olvidar!”
Karla vio la hoz encima de ella y gritó otra vez pero, en vez de huir, tomó fuerzas para empujar al hombre misterioso, casi golpeándolo en la entrepierna.
El villano cayó de espaldas por las escaleras, soltando la hoz, y estrelló su espalda en la esquina de donde daban un giro los escalones.
Karla bajó corriendo y se arrojó sobre el hombre, golpeándolo con sus pequeños puños lo más que pudo. Con sus manoteos, su sombrero voló, y se quedó callada al ver el rostro de este hombre misterioso.
Él se le quedó viendo también, abriendo bien los ojos. Era un muchacho, cualquiera. Su cabeza era calva y larga, tenía ojos bien grandes, una nariz picuda y una boca chica, pero sus dos dientes frontales sobresalían demasiado de entre sus labios. No se veía nada amenazador.
“¿Quién eres tú?”
No le respondió. Intentó luchar para liberarse, pero cuando Karla frunció el ceño, reconociendo ligeramente su cara, parecía que el sujeto estuviera auténticamente inmovilizado por la fuerza de la niña.
“Eres ese chico,” dijo ella, escudriñando sus facciones y su expresión. “El de la policía.”
Nuevamente, no respondió.
“¿Por qué haces esto?”
“Porque los odio,” dijo. En su cara se veía rencor y determinación, y la expresión de enojo que hizo logro darle el aspecto amenazador que buscaba.
Karla vio que detrás de ella, los pandilleros seguían peleándose. Uno de ellos intentaba correr, pero fue atrapado por uno de sus rivales y ambos cayeron al piso, golpeándose brutalmente.
“Haz que paren,” dijo la niña. “Por favor.”
“Nunca,” dijo él, con recelo.
Karla no recordaba el nombre de ese sujeto que vio en una foto, hace tiempo, en una estación de policía. Según los agentes, era un héroe para el vecindario. Un chico que se infiltraba en las pandillas y daba información de crímenes y arrestos a los policías. Un soplón. Y no era querido ni por los Perros ni por los Suaves.
¿Cómo se llamaba?
En ese instante, el chico pareció librarse de Karla. Se levantó de golpe y empujó a la niña. Ella gritó y chilló cuando cayó de espaldas sobre los escalones ascendentes. El chico, enfurecido, emitió un gruñido inhumano. En su boca vio cómo se transformaban sus dientes, ahora filosos y horripilantes. Su piel se oscureció, o mejor dicho, cambió de colores constantemente. En un rato era azul oscuro, después amarillo brillante, y luego rojo fuerte. Sus ojos, sus orejas, su nariz, todo se había desvanecido. Era ahora una gigantesca cabeza tornasol con una boca llena de colmillos.
Si alguna vez eso era el muchacho, ahora era un monstruo.
Cuando escuchó el grito, Karla hizo las manos hacia atrás, y su mano derecha sintió algo sobre el escalón. Era la hoz.
En ese mismo segundo, la criatura saltó sobre ella, y Karla por instinto tomó con las dos manos la hoz y apuntó el filo curveado hacia el frente, cerrando los ojos y volteando su cabeza a la derecha.
Un chillido, mucho más espantoso e inhumano que el gruñido, brotó de la garganta de la bestia. Karla soltó la hoz y agitó las manos en señal de asco intolerable, y sintió cómo esa criatura cayó encima de ella. Subió las escaleras arrastrándose con las manos, deslizándose por debajo del cuerpo de su atacante y librándose de él. Vio la cabeza tornasol de ese espantoso ser, a centímetros de los pies de Karla, perdiendo la vida, chocando la frente con el duro escalón. Sus colores se desvanecieron, y la cabeza se volvió negra.
Aliviada de que esa cosa estuviera muerta, pateó su cabeza fuertemente y el cuerpo se deslizó hacia abajo.
Karla subió llorando las escaleras, y nuevamente se acercó a donde estaban los pandilleros. Lloró otra vez al verlos a todos tirados en el suelo, todos y cada uno.
El muchacho enfermo, Chava, tenía el cuerpo fuera de la cama, tirado sobre su cabeza con sólo sus piernas sobre del colchón. En la espalda, tenía clavada la navaja que habían sacado al principio.
La niña gritó entre lágrimas, espantada por el horroroso espectáculo, pero también triste por no poder evitarlo. Fue demasiado para una niña de nueve años. Karla luchaba agitando desesperadamente a algunos de los muchachos. Como si estuvieran solamente durmiendo y hubiera nada más que despertarlos.
No pueden estar muertos, pensó Karla. Ya murieron. Deben levantarse otra vez.
Karla entonces recordó al chico ese, o bestia, lo que fuera. Parecía tan obsesionado con torturar a estos muchachos, que no eran santos, pero que no merecían ser castigados así.
Recordó las palabras del señor Talavera, el policía que le mostró la foto.
“Ese chavo se metió en problemas, pero era terco, y quería a fuerzas que ya no hubiera pandillas. Ese accidente en el Hospital, fue algo trágico, pero salvó la colonia. Y allí también lo perdimos a él.”
“Talacha” dijo Karla en voz alta. Talacha, así le decían. Alex Grajeda, el Talacha.
Escuchó un gemido, algo caer al piso, y otro gemido. Una persona. Detrás de ella, Chava estaba tirado en el piso, débil, arrastrándose y luchando por levantarse. Karla corrió a él. Seguía teniendo esa navaja clavada en la espalda.
“Chava,” le dijo mientras lo abrazaba, sintiendo el mango del cuchillo y sacándolo rápidamente. Después, lo ayudó a levantarse. “No estás muerto.”
El muchacho vio los cadáveres de todos sus amigos alrededor de él, espantado, a la vez que extrañado de que una niña estuviera tan alegre de verlo vivo. Empezó a llorar.
“Talacha,” dijo después, enojado, quitándose a Karla de encima. “¡Pinche Talacha!”
Karla se sobresaltó un poco por su uso de groserías, y se hizo para atrás, pero al verlo sollozando, se acercó otra vez y lo volvió a abrazar. Ella también lloró.
Karla abrió los ojos al escuchar un sonido familiar. Un susurro, tétrico y áspero. Volteó a ver hacia las escaleras, y allí estaba, la criatura de cabeza tornasol y bata negra, con la hoz en mano. Estaba crujiendo los dientes, en furia y frustración.
Chava lo vio también, y abrió los ojos.
“¿Quién eres tú?”
“No me reconoces, ¿verdad?” dijo la criatura. “¿Me olvidaste?”
Karla sabía perfectamente quién era él, y agitaba a Chava para que reaccionara.
“Es Alex, el Talacha,” le decía, zarandeándolo tan fuerte que su cuello se movía de lado a lado. Pero Chava no la escuchaba ni la veía, ni sentía sus manos. Era como si Karla fuera la fantasma. El muchacho pandillero estaba estupefacto.
“¿No recuerdas a tu propio hermano?” dijo la criatura.
Karla suspiró fuerte. Chava hizo lo mismo.
“¿Talacha?” dijo él. “¿Alex? ¿Cómo? ¿Por qué…?”
“¡Deja de olvidarlo!,” gritó la criatura, enojada y desesperada. Su cabeza entonces se transformó nuevamente a la de Alex Grajeda. Corrió hacia su hermano y lo golpeó con el mango de la hoz. Karla retrocedió ligeramente. “¡Tú eres el que tiene que recordar!”
Chava levantó sus manos, protegiéndose inútilmente de los constantes golpes pasionales del Talacha, cuya cabeza regresó a ser la de antes, la del muchacho cualquiera.
“¡Doce años!” continuó Alex. “¡Y todavía lo olvidas!”
Karla se arrastraba lenta y silenciosamente hacia atrás, buscando un lugar seguro. Se congeló y angustió cuando el muchacho en bata negra la señaló con el dedo.
“Esa morra puede recordar todo, ¿y tú no? ¡Tienes que recordarlo! ¡Cada maldita vez que tus compas se matan! Y que te matan a ti. ¡Cada vez! De entre todos, el único que importa que recuerde eres tú.”
Chava lloró otra vez, y sus sollozos se volvieron más desgarradores cuando empezó a recordar. Recordó todo.
“¿Por qué?” decía, encerrado en posición fetal y con sus manos cubriendo su cabeza. Temblando y llorando. “¿Por qué me torturas así? Sí lo recuerdo. Todo. Me duele cada vez que pasa.”
“Cada maldita vez,” reafirmó Alex, acercando su cabeza hacia él.
“¿Por qué? ¿Por qué me haces esto?”
“Tú sabes por qué. Desde que me viste apuñalarte, lo supiste. Te odio.”
Chava lloró otra vez.
“Perdón.”
“¿Qué perdón? No mereces mi perdón.”
“Perdóname, carnal.”
“¡A buena hora pides perdón!” Alex le dio otro golpe a su hermano con el mango de la hoz, y Chava gimió más, en agonía.
Karla se cubría los ojos, llorando y gritando, pero escuchando todo. ¿Por qué se metió al Hospital? Todo parecía tan inofensivo. ¿Por qué no se quedó hablando con el señor? ¿Por qué no platicó con Leonor, o con alguien más? ¿Por qué caminó más allá de Urgencias?
Vio cómo Alex estaba consumido por la rabia. Un joven muchacho, tan obsesionado con acabar con las pandillas, incluso la de su propio hermano, por las razones que tuviera. Ese odio ya no era parte de Alex. Ahora el chico era parte del odio.
Alex había muerto. Lo que estaba allí era un fantasma. Eso se confirmó cuando Alex dio un último golpe con su hoz, esta vez con el filo, a la cabeza de Chava, haciéndolo caer de espaldas. Éste seguía gimiendo y llorando, herido pero sin sangre, pidiendo clemencia a su hermano, pero la criatura regresó. Volvió a decir sus palabras hirientes con su quemada voz.
“Tal vez debería terminar con todo, por fin,” dijo tras sacar de un bolsillo oculto de su túnica. Una gran moneda de hace quince años. No era una moneda de este país, ni de otro. Era un doblón de oro, con inscripciones extrañas, pero no formas reconocidas. Al momento de sacarlo, empezó a brillar con una luz blanca. “Tantas veces he podido sacarte de tu miseria, y no lo he hecho.”
“Por favor,” imploraba Chava, ya casi sin voz de tantos sollozos. “Termina con esto. Lo recuerdo. Lo recuerdo todo. Siempre te lo digo, y nunca me crees.”
“¿Puedes detener todo esto?” preguntó Karla, indignada, pero nadie la escuchó.
La criatura que antes era Alex sonrió con su extraña boca.
“Me alegro que lo recuerdes,” dijo. “Pero aún no has pagado.”
“¿Cuántas veces quieres que pague?”
“Las que yo diga.” Aquel monstruo volvió a esconder la moneda en su túnica, y dio una estocada más al pandillero, quien sufría incomparablemente, aunque no se abriera su piel ni sangrara.
Karla no pudo tolerar tal cantidad de inclemencia, y se levantó para enfrentarse a la criatura. No le fue sencillo, pues al ver su temible silueta, sus nervios se apoderaban de ella y todo su cuerpo temblaba. Habló fuerte, titubeando al principio.
“¡Déjalo en paz!”
El monstruo volteó, nada complacido. Aunque no tenía ojos, Karla supo que estaba enojado. O, si no lo estuviera, de todos modos daba miedo.
“¿Doce años no te son suficientes?” decía Karla, su voz quebrándose mientras hablaba. “¿No puedes perdonar?”
Esa cosa se acercó rápidamente hacia ella, con la hoz justo enfrente. Su hermano se encontraba derrotado, tirado en el piso, ahora sin llegar a levantarse. Karla iba a gritar, pero se recordó que si pudo detener a esa cosa antes, podría hacerlo otra vez.
Cuando gritó, emitió más una exclamación de agresividad, más que de temor, y corrió hacia su atacante, esquivando la hoz y empujando con fuerza su pecho. El misterioso ser cayó nuevamente, pero esta vez no soltó la hoz. Al caer de espaldas, con la niña enfrente de él, la criatura dio un inesperado golpe con su mano, y dio una rajada a la mejilla de Karla. Ella, asustada, suspiró y se hizo para atrás, demasiado tarde.
Sin embargo, no sintió ningún corte ni filo sobre su cara. El maligno ser volvió aventar la hoz, y Karla se quedó quieta, invulnerable. La hoz intentaba atravesarse, pero sencillamente no penetraba su piel. Era como si estuviera apuñalando a un fantasma, excepto que el fantasma era él.
Karla rápidamente buscó por su túnica hasta encontrar la moneda extraña, que parecía poder hacer que todo volviera la normalidad. El monstruo seguía rasguñando a la niña con su hoz en la mano izquierda, y con la derecha intentando desviar sus manos que seguían hurgando su atuendo.
“¿Cómo lo terminas?” preguntó la niña, al sacar la moneda, ocultándola en su puño derecho y colocándolo sobre su espalda. Con su mano izquierda, presionó su pecho, inmovilizándolo en el piso. La criatura no dijo nada.
“¿Cómo lo terminas?” repitió ella, harta. Había una autoridad en su voz que ni ella supo de dónde provino. “La gente ha sufrido tanto. ¿Cómo lo terminas?”
“No te diré nada,” dijo la criatura con el rostro tornasol. Karla rápidamente tomó la hoz de sus manos, y la encajó en el estómago de la criatura, quien dio un chillido horripilante. “¡Él lo olvidará otra vez!” su voz ahora sonaba desesperada. “¡Como siempre lo hace!”
“Ya te dijo que lo recuerda,” decía Karla, sin entender completamente a qué se refería exactamente con lo que se tenía que recordar. “Y sigues castigándolo. Termínalo ya.”
La criatura se quedó callada. La niña retiró la hoz, llorando.
“Es tu hermano,” le dijo, después. “¿No vas a perdonar a tu hermano?”
El rostro tornasol de la criatura se desvaneció y nuevamente apareció la cara de Alex, quien también estaba llorando.
“No puedo perdonarlo. Es injusto que yo no pueda olvidarlo, y él no lo quiera recordar.”
“Piensa en los demás. Todos han perdido su vida allí. Los estás torturando a ellos, también. Y, él, entre todos, es el que más lo recuerda.”
Alex vio a su hermano, caído pero consciente, con una expresión de angustia intolerable. Él se le quedó viendo, y habló en una voz inaudible, pero que en sus labios se podía leer lo que había dicho.
“Perdóname.”
Alex siguió llorando, y entonces vio a Karla. Ella le extendió la moneda, que empezaba a brillar nuevamente.
“Lo perdono,” dijo Alex, con cierto recelo al principio, pero después genuinamente. “Lo perdono. Olvidaré.”
En ese instante, la luz de la moneda se expandió por toda la sala, y por todo el edificio, sin ningún sonido. Aún así, Karla se sentía sorda y ciega, tapándose los ojos, aunque todavía podía ver el resplandor a través de sus párpados.
Cuando la luz desapareció, abrió los ojos.
No había nadie debajo de ella. La criatura, o Alex, lo que fuera que era, había desaparecido. Detrás de ella, Chava ya no estaba.
El hospital estaba abandonado otra vez. Las camillas estaban cubiertas de telarañas, y los botiquines rotos o abiertos, con botellas de medicina y tubos de intravenosas tirados en el piso.
Karla no podía ver mucho, porque ya no había luz en los focos. Pero se dio cuenta de que los cadáveres de los pandilleros ya no estaban tampoco.
Bajó las escaleras corriendo, ya esperando lo peor, y lo confirmó al llegar a la planta baja. Urgencias, el mostrador y la sala de espera estaban otra vez como los había encontrado. Vacíos, con todo tirado, y polvoriento.
Karla se sintió triste, aunque también aliviada. Por fin toda esa gente obtuvo paz.
Lloró al pensar en aquel anciano, de quien nunca supo su nombre, y de la señora Leonor, e incluso del viejito con el que platicaban. Se entristeció al no poder hablado más con la mujer con sus tres hijos, ni con el enfermero tan amable. Hasta de aquel ejecutivo que siempre hablaba por teléfono. Incluso extrañó a Chava, un muchacho que había sido peligroso y muy malo, pero que, por lo menos, en ese momento, estaba aprendiendo de sus errores y dándose cuenta de lo mala persona que era. Y, aunque al principio le dio miedo, sintió lástima por Alex, tan atormentado por el odio y el rencor, obsesionado con hacer pagar a su hermano pero que, al final, aceptó perdonarlo.
Toda esa gente, se había ido, y esta vez, ya no regresaría. Su victoria se sintió, tanto literal como figuradamente, vacía. Ya no lloró, porque supo que donde fuera que estuvieran, esas almas estarían en un lugar mucho mejor.
Sin más que hacer en ese solitario lugar, Karla le dio la espalda a Contreras-Mendoza, caminó por toda la calle Cerro Nogales y se olvidó del Hospital.
Al llegar a su casa, mamá la esperaba en la sala.
“Ven,” le dijo, con su clásico tono de voz cuando estaba por regañarla.
Karla se acercó tímidamente hacia ella.
“Sé que fuiste al Hospital,” le dijo, y Karla no vio motivo por el cual negarlo.
“Sí, mamá.”
“¿Sabes por qué no te dejé ir allí?”
“¿Porque estaba embrujado?”
La tele estaba en mute, pero el resplandor azul de la pantalla seguía proyectándose, hundiendo a las dos en una luz fría y azulada. Mamá estaba seria, pero no enojada. De hecho, vio una ligera preocupación en su voz.
“Pero fuiste de todos modos,” confirmó.
“Perdón, mamá.”
“¿Qué viste allí? ¿Qué pasó?”
Karla describió al anciano y a Leonor, y le explicó cómo los conoció y conversó con ellos. Y también le habló sobre la tragedia de los hermanos Grajeda. Su mamá pareció estar bastante tranquila con su hija explicándole con detalle la violenta y salvaje muerte de los pandilleros, y su pleito con un ente sobrenatural. Y no demostró incredulidad al escuchar a su hija, una niña de 9 años, detallarle cómo logró terminar con esa maldición de más de una década. Karla terminó de hablar, un poco falta de aliento, sintiéndose como un criminal luego de confesar su más grave delito.
Mamá permaneció en silencio por mucho tiempo, sin expresión, escudriñándola tranquilamente. Después, suspiró, mirando hacia abajo.
“Yo también había visto a esa cosa antes,” dijo. Volteó hacia la ventana, viendo en una dirección que guiaba a Cerro Nogales. “Una vez entré al hospital, y vi a esa gente. Pero nunca tuve el valor de volver allá.”
Habían sido demasiadas sorpresas por un día. Mamá se acercó a Karla y le dio un abrazo y un beso en la mejilla.
“Estoy tan orgullosa de ti. Tan valiente. Me sorprendes todos los días, Karla.”
La niña se sintió más segura, en casa y con esas palabras reconfortantes de parte de su mamá, pero las preguntas eran muchas, y nadie parecía respondérselas.
“¿Por qué no me dijiste?”
“Lo había olvidado,” dijo ella, encogiendo los hombros como si fuera un simple desliz. “Pero tú me lo recordaste.”

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