Había una vez, en los escalones de una estación del
metro por el centro de la ciudad, una serie de baldosas de mármol. Todas ellas
eran muy aburridas, y sin mucho que decir. Muchas de ellas eran obstinadas y
celosas, diciendo siempre quejas y chismes, y nunca críticas constructivas. Así
eran todas, excepto una.
Aunque cuando los conserjes
pasaban a trapear el piso, la mayoría de las baldosas quedaban brillantes por
unos breves momentos antes de que alguna persona pasara por encima de ellas y
las ensuciara, a veces, en unos pocos segundos después de ser lustradas, sólo
una de ellas era la que, sin importar quién la pisara o qué le cayera, nunca
perdía su brillo. Se llamaba Carolina.
Las demás baldosas le
guardaban rencor, muchas hablando mal de ella.
“De seguro Don Miguel le
pone más desinfectante,” decía una, la que estaba junto a la taquilla. Ella se
llamaba Diana.
“Es un truco,” alegaba
Florencia, la baldosa que estaba a un centímetro de los torniquetes. “Abajo han
de haber dejado un espejo y cuando pasa la gente, ella lo saca. Nunca la he
visto brillar cuando cierran.”
Las demás piezas del piso
rieron, cuales mujeres chismosas.
“No, de hecho sí brilla
cuando cierran,” corrigió rotundamente Paula, que estaba directamente junto a
Florencia.
“¡Cállate, Paula!” exclamó
su compañera, enojada y aburrida.
Y así era todos los días.
Pero Carolina no les hacía caso.
Algunas, que aunque no
fueran sus amigas, no eran tan mala onda con ella. Le hablaban a veces para
preguntarle cuál era su secreto.
“Vamos, Caro,” decía Helga
su compañera de tres espacios de distancia. “¿Cómo le haces?”
“No sé,” contestaba siempre
Carolina, alegre, inocente y con buen humor. “Siempre he sido así. No dejo que
la mugre se me pegue y me arruine el día.”
Pocas creían esa respuesta,
y pocas le seguían hablando después de eso. Pero a Carolina no le importaba.
Seguía siendo brillante, y algunos de los usuarios del metro pasaban por encima
de ella y se le quedaban viendo. A Carolina eso le hacía sentir muy bien, y a
ella le parecía que se volvía mucho más brillante. Eso era porque se sonrojaba.
Mientras que el resto de las
baldosas se aburrían hablando de los mismos chismes de las mismas cosas, en
parte porque todas estaban bajo techo, y lo único que podían ver eran suelas de
zapatos y los calzones de aquellas mujeres que usaran falda, Carolina estaba en
el tercer escalón, y le tocaba ver todavía parte del cielo. No importara si
estaba nublado, despejado o lluvioso, lo veía todo con maravilla. Si bien, era
igual de rutinario, y algunas veces le arruinaba la vista uno que otro zapato,
no le importaba, y aprendió a ver más allá de lo que tenía justo arriba de
ella.
Pero un día, empezó a
llover. No era una clásica lluvia ligera, fue toda una tormenta, y cayó por
toda la noche. Todas las baldosas que estaban expuestas, fuera del techo,
quedaron mojadas completamente y, además, corrió un río de agua sucia por las
escaleras desde arriba. Con los pasos de la gente encima de ellas a la mañana
siguiente, dejándoles embarrado lodo y costras, y todas las baldosas quedaron
puerquísimas.
Y entre ellas, estaba
Carolina.
Al despertarse Sofía, la que
estaba justo junto a ella, exclamó con un suspiro de terror.
“¡Carolina, estás sucia!”
gritó ella, escuchándose en toda la estación, y su vecina detestó ese momento.
Todas las demás baldosas, cubiertas de lodo y agua también, se empezaron a reír
y a hablar entre ellas y burlarse de Carolina.
“¿No que no, Caro?” decía
Helga, con un tono de voz que se parecía mucho a lo que hablan la gente vulgar
en la calle.
“Ahora sí te toca un baño,”
dijo Diana.
“Se lo merece por vanidosa,”
exageró Florencia.
“Pero no fue vanidosa…”
corrigió la baldosa junto a ella.
“Cállate, Paula.”
“Ya, cállense todas ustedes,”
decía Carolina inútilmente y preocupada. “No se rían.”
Al no callarse las otras
baldosas, cuales víboras, Carolina empezó a llorar. Eso las hizo reír más.
“Qué bueno,” gritaba
Florencia, ya con nada de humor y con completo rencor y malicia. “Para que
sientas lo que nosotras sentimos todos los días.”
Las demás baldosas hicieron
gestos de aprobación y siguieron riendo. Caro no paró de llorar, y nadie le
decía nada para que se tranquilizara o dejara de estar triste.
“¡No es mi culpa!” decía
Carolina entre sollozos y gritos. Le corrían lágrimas por las ranuras, y se
ensució peor que antes. Cada vez dejaba de brillar menos y se ponía más puerca
y opaca, y eso la hacía llorar más. “¿Por qué? No es justo.”
“Sí es justo,” les gritaban
las demás, y se volvió una especie de contestación para cada vez que Carolina
se quejaba.
Don Miguel pasó mucha de la
tarde trapeando el piso, procurando dejarlo impecable, y casi lo lograba, pero
cuando pasaba el trapeador por encima de Carolina, su suciedad no desaparecía.
“Estas manchas son bien
difíciles,” se decía en voz alta, jadeando y cansándose al tallar con mayor
fuerza, y Carolina no le hablaba, pero seguía llorando, y por tanto, aunque
Miguel logró quitarle todo el lodo que quedaba embarrado, seguía sin brillar.
De allí, nunca volvió a
decir ni una palabra. Todas las otras se seguían burlando y hablando mal de
ella, aunque ya menos porque se había ido la novedad, hasta que terminaron por
dejarla olvidada.
Carolina ya ni siquiera
volteaba a mirar arriba, al cielo. Estaba triste, desilusionada, amargada, pero
sobre todo, enojada de que todo esto le hubiera pasado a ella. Carolina, la
baldosa que nunca se ensuciaba, ahora estaba más sucia que todas las demás
juntas.
Ya no quería ver el cielo,
porque empezó a creer que era culpa de él. Si no hubiera llovido, nada de esto
habría pasado. Yo nunca hice nada para
merecer esto, pensó, con rencor. Yo
siempre amé ver el cielo, me apasionaba y me llenaba de alegría. ¿Y qué me da a
cambio? Hace que llueva y me quita lo mejor de mí.
“¡Me quiero morir!” gritó
una vez, dos semanas después de que había llovido. “¡Alguien que me cambie y me
tire, por favor!”
“¿Qué dice esa sucia?”
preguntó una de las baldosas cerca de los torniquetes.
“Ay, ya quiere morirse,”
explicó Florencia, tan cizañosa como siempre. “Alguien dígale que deje de
quejarse,” dijo después con una obviamente falsa lástima.
“Pero se siente mal,”
corrigió su vecina.
“Cállate, Paula.”
Todas las demás empezaron a
hablar entre ellas, chismoseando e inventando anécdotas de cómo eran más
limpias que Carolina, y que cuando brillaba era una falsa, y que ya estaba
sucia desde antes, sólo que ya no lo pudo esconder. Caro empezó a llorar otra
vez, lastimando toda su superficie con sus lágrimas, ahora más amargas que
nunca.
Todo ese día fue tan pesado,
que a Carolina le partió el corazón cuando escuchó al Jefe de Estación hablando
por teléfono dentro de su oficina.
“Ni locos van a cambiar el
piso,” dijo con un completo aire de lástima. “Hay dos torniquetes que están
atorados desde el 96, ¿todavía crees que van a venir a arreglarlos?”.
El Jefe reía, pero Caro
lloraba, y cuando veía al cielo, lloraba otra vez.
Ya avanzada la noche, como
por las 9, un chisme se empezó a propagar entre las baldosas.
“Ahí vienen dos chavos,”
decía emocionada Florencia. “Están hablando de que uno lo engañó su novia. Está
llorando.”
“Dice que se quiere matar,”
añadió Diana.
“Ay, no, no seas exagerada,”
dijo Florencia. “Yo oí que iba a mandar golpear al sancho.”
“No sean tontas,” dijo
Maresa, que estaba al centro de la estación, corrigiendo y hablando seriamente,
“el chavo no consigue novia, y está tan traumado que se quiere suicidar. Está
llorando.”
Todas rieron como víboras
desalmadas, pero se callaron en cuanto oyeron llegar a los dos muchachos.
Carolina no estaba para nada interesada en eso, pero no pudo explicar porqué estaba
prestando atención a este drama.
“Mira, no digas eso,” dijo uno. “Vas a
encontrar a alguien.”
“A todos les puede pasar,”
se quejaba su amigo, “menos a mí.” Se señaló, entre sollozos.
“No te puedes quedar así.”
Ambos pasaron los
torniquetes, y caminaron hacia la salida, pero se detuvieron antes de llegar a
las escaleras. Carolina pudo ver al que estaba llorando de espaldas.
“Todas me han bateado,
ninguna me quiere,” decía él, sonando demasiado dramático.
Su amigo lo vio enojado,
cruzado de brazos. “¿En serio crees que todas? ¿Has checado con cada muchacha
del D.F.?”
“Da lo mismo. Nomás con
verme, me barren y ya me tachan de acosador.”
“No te has dado cuenta, pero
he visto chavas que te escanean.”
“¿Y por qué no se me
acercan, entonces? ¿Por qué si me acerco a una chava, de repente tiene novio o
nada más quiere que seamos amigos? Soy indeseable. Nadie me va a extrañar.”
“¿Entonces vas a mandar al
demonio a todos los que sí les importas?”
“Nadie me ha hecho sentir
querido.”
Carolina empezó a llorar
otra vez. A mi tampoco, pensó ella. No tienes idea.
“Voy a saltar,” continuó el
muchacho. “Y te aseguro que a nadie le va a importar. Van a decir, ‘¿Quién se
cayó? Ah, un equis tipo, a lo nuestro.’ Y mientras tanto, el resto del mundo,
hasta tú, sigue teniendo alguien que les importa y que quieren, y que van a
llorar cuando los vean muertos. Y yo me quedo solo, como siempre.”
Su amigo alzó la voz y lo
interrumpió.
“¡Deja de decir eso!” Lo
señaló con el dedo índice, justo enfrente del pecho. “No puedes rendirte. No
ahora. Y aunque te rechacen mil mujeres, no puedes rendirte. Tienes que
entender que no importa lo que pase, no importa cómo te sientas, tienes que
seguir.”
“¿Por qué?”
“Porque tienes que. Tú estás
vivo por una razón, y es tu responsabilidad que vivas bien, y que valga la
pena. Lo malo que pasa, no lo podemos ignorar o pasar de largo. Si pasó, pasó.
No lo podemos controlar ni decidir. Sólo podemos decidir seguir adelante,
aprender de eso, y si vuelve a pasar, no rendirse tampoco.
“Tú eres una persona muy valiosa,
y has afectado a más gente de lo que crees. Y no dejes que una bajoneada te
haga desperdiciar tu vida y abandonar a la gente que te quiere, te apoya y que
llorará cuando te vean muerto.
“No te puedes rendir.”
El otro muchacho empezó a
llorar, y abrazó a su amigo. Carolina también quería abrazar a alguien, y
llorar sobre su hombro.
“Es tan difícil,” dijo,
ahogado en lágrimas.
“Nunca será fácil,” contestó
su amigo, soltándolo y viéndolo fijamente con autoridad, “pero es importante
que sepas, que tú nunca estarás solo.”
El muchacho dejó de llorar y
asintió con la cabeza.
“Gracias, amigo,” le dijo
después, mientras subían por la escalera.
“Ey, ya me has levantado el
ánimo antes. Te devuelvo el favor.”
Los dos rieron y se
perdieron de vista. Las demás baldosas empezaron a chismosear otra vez.
“Les digo, que se me hacen
que esos dos son pareja,” cuchicheó Florencia a las que tenía junto ella.
“Cállate, Flor,” dijo Paula
en voz alta, enojada y adoptando autoridad. “No estés inventando cosas.”
El resto de las baldosas
continuó los chismes, pero ya con menos intensidad, y la estación cayó en
silencio no poco después.
Carolina, por su parte, dejó
de llorar también después de escuchar lo que acaba de decir el amigo. Él tenía
razón. No podemos rendirnos, porque lo
malo pasará sin que lo queramos. Tenemos que seguir, a pesar de todo.
A la mañana siguiente, a
Sofía no le dejó dormir un resplandor, y al abrir los ojos, suspiró de
sorpresa, y despertó a todas las demás baldosas cuando gritó: “¡Carolina! ¡Otra
vez estás brillando!”
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