domingo, 7 de abril de 2013

La Batalla por el Meme - Cuento


Tanto tiempo en la computadora tenía que traer más problemas a la casa que beneficios. Ya era pasada la 1 de la mañana, y Samuel seguía perdiendo sus horas de sueño en lo que fuera que se le ocurriera ver por internet. Mamá estaba dormida ya, pero él sabía por experiencia que ella se despertaría a mitad de la madrugada para finalmente ponerle fin a su estado de inactividad.
Obviamente estaba el problema del consumo de electricidad. Samuel se amparaba en la noción, que escuchó indirectamente hace unos meses, de que una computadora gastaba energía en el nivel más mínimo, en comparación con la televisión, el aire acondicionado y tantos otros electrodomésticos.

Pero aún así, él mismo se sentía indignado de su propia persona. Las 10 de la noche era una hora límite simbólica, pero demasiado rígida. Las 11 era entendible. A la medianoche, empezaba a verse mal, puesto que a partir de ese momento, las horas se contaban al revés, pensando en cuántas faltaban antes de que fuera tiempo de despertarse. Y al ahora faltar quince minutos para las 2, Samuel aceptó para sus adentros que había estado frente a la computadora lo suficiente.
Por fortuna, no estaba viendo pornografía. Fortuna para él por evitarse el riesgo de ser pescado viendo material que mamá reprobaría, y fortuna para la familia por que no habría excusa de que la máquina tuviera un virus. Tampoco estaba perdiendo su tiempo y preciosa atención en conversar con sus amigos por la red social, que aunque algunos de ellos seguían despiertos, no les hablaba con demasiada frecuencia ni candor.
Estaba perdiendo el tiempo, no obstante.
Desde que supo el significado y ejemplos más notorios de lo que es un meme de internet, Samuel se sintió ansioso de conocer los más populares. El “Rick Roll” lo conoció desde antes, al igual que “Esto es Esparta” y los videos de reacción a “2 girls 1 cup”. Pero, puesto que no era un ávido seguidor de Dragon Ball Z, encontró novedoso y de gran entretenimiento  el “Over 9000”; al descubrir a “Keyboard Cat”, vio literalmente cientos de videos con el detalle que sorprendentemente nunca perdía el encanto y la chispa; el “Tourettes Guy” le hizo pensar palabras obscenas por demasiado tiempo.
El día de hoy, aunque ya oficialmente era el de mañana, estaba perdiendo su tiempo disponible para dormir para atestiguar la nueva sensación. “Nyan Cat”, sin lugar a duda, no era nada. Una animación apabullantemente simple y repetitiva al son de una canción apabullantemente simple y repetitiva. Pero había algo en ese gato con cuerpo de tarta dejando a su paso una estela de arcoíris mientras corre por el espacio que era atrapante, adictivo. No lograba aún grabársele bien la música, pero hacía el propósito de que así fuera. ¿Por qué? Para transcribirla al piano, tal vez. Subir su adaptación personal en su viejo teclado básico, grabado por su confiable, aunque incompatible cámara de video. Una buena idea, si no fuera por los incontables videos que ya habían hecho exactamente lo mismo.
Tanto en un nivel básico, como en un nivel impresionantemente complejo, de cualquier manera como se viera, Samuel estaba perdiendo el tiempo. Y se dio cuenta al ver la pantalla frente a él, con un video especial de “Nyan Cat” con duración extendida de diez horas, que era ya hora de terminar con todo.
En la mente de mamá debió haber cruzado la misma onda cerebral con el mismo pensamiento, puesto que en la velocidad de una sinapsis, la vio en el marco de la puerta del estudio, cruzada de brazos, y con una mirada intimidante. Señal de la mamá enojada clásica.
“Samuel” impuso con autoridad.
“Ya voy ma, ya la estoy apagando,” dijo él, sin sentirse nervioso o asustado, cerrando todas las ventanas de manera automática usando los comandos del teclado, y recorriendo el mouse hasta la barra de inicio para finalmente conceder a la máquina de cómputo un muy merecido descanso. El monitor dejó de iluminar su resplandor azul y lo reemplazó por la inactividad del color negro.
Con el ventilador finalmente silenciado, no había ningún sonido en el aire más que un tempranero grillo y una pantufla golpeando repetidamente el piso. Samuel se levantó de la silla rotatoria, ya más inclinada hacia atrás que nada, y no pudo evitar sentir un alivio por quedar tanto tiempo sentado y entumido.
Sin mirar a mamá, cruzó el umbral del estudio hacia la sala, y de allí, a la escalera. Ella lo siguió, sin decir una sola palabra. Ninguno de los dos tuvo que encender la luz de las escaleras, puesto que se habían entrenado a subir a tientas y de confiar en su visión nocturna para no tener que despertar al resto de la familia, quienes dormían más tranquilamente que el muchacho y su madre.
Ella escoltó a su hijo hasta la puerta de su habitación, mismo quien entró y se retiró con una expresión en muy tenue voz.
“Hasta mañana, mamá” fueron sus inseguras palabras.
“Que descanses, hijo,” le dijo ella, con una cordialidad un tanto fuera de lugar. Como siempre, Rebecca Lagos demostró ser una figura de autoridad, pero también de gran sabiduría. Lo dejó retirarse a las profundidades de su mundo privado y ella regresó al suyo.
Samuel perdió el sueño que le había dado abajo, como siempre pasaba, por lo que estaría hasta una hora más sin poder pegar ojo y con su mente atormentada por pensamientos variados, entre útiles e inútiles, incluyendo cómo se redactaría el artículo de Wikipedia que tratara sobre él cuando fuera famoso, el declive de la música de cine a manos de las nuevas tendencias y, por supuesto, el atrapante e inexplicable atractivo de “Nyan Cat”.

Si tu mamá no te dejaba ver películas de terror en la medianoche cuando eras niño, probablemente era para ahorrarte las pesadillas que atravesarías a lo largo de tu tiempo para dormir, sin embargo, Samuel comprobó desde hace tiempo que lo último que ves antes de dormir no es necesariamente aquello con lo que sueñas. La mañana siguiente fue un ejemplo de dicho caso, con una serie de eventos surrealistas sin relación, un par de encuentros amorosos con su siempre mutable chica ideal y frases incongruentes acompañando el sueño que parecía haber durado varios meses. Todo eso, excepto “Nyan Cat”, sorprendentemente.
Como su rutina de siempre, extendió su mano hacia su improvisada mesa de noche donde, entre todo el alboroto de papeles inservibles, su credencial de elector, dos eliminadores de baterías y un par de llaveros sueltos, desveló su confiable aunque obsoleto celular. La cara de la chica del Hongo Michoacano le hacía una coqueta e invitadora sonrisa a través de la pantalla, y justo por encima de su cabeza se encontraban los dígitos que declaraban la hora. Diez y media.
“Bien,” se decía Samuel, “no me desperté demasiado tarde.”
Estaba por recostarse y acomodarse otra vez, pero se recordó que eso hacía siempre, y por culpa de eso, se volvía a dormir y se despertaba una hora más tarde, o incluso más, y a las once era el límite sensato para cualquier ser humano de quedarse dormido.
Al levantarse, se sintió más pesado, no por la pereza, sino por la culpa de tener la reputación de ser un desvelado y ocioso, y el acto de separar su espalda, sus posaderas y sus piernas de la cama era una hazaña épica, una batalla decisiva, un evento extraordinario. Tal como el día de una boda, era uno de esos momentos que uno cree que nunca vendrán. En el caso de la boda, creía tener razón, pero el reto de levantarse era un poco más sencillo de lograr.
Cuando sus piernas estuvieron finalmente erguidas con las plantas de sus pies enteramente puestas sobre el piso, creyó escuchar un aplauso atronador, sintiéndose en medio de una arena romana, con cientos de espectadores arrojando confeti o lo que fuera que aventaban esos tipos en la película “Gladiador”, y uno de esos detalles captó su atención. Era de varios colores, los del arcoíris, para ser exactos. Más de cerca, vio con detalle que tenía la silueta de una tarta de fresa para tostador, con cabeza y patas de gato, y entonces, regresó a la privacidad de su cuarto, iluminado por la ausencia de cortinas, con la música que acompañaba a “Nyan Cat” resonando y repitiéndose en su cabeza.
La casa sola otra vez. Sus padres y su hermana ya fuera, trabajando, y únicamente Samuel, la gata Confy y el polvo de días ocupando el hogar.
Mientras Samuel bajaba cada escalón, sentía que estaba descendiendo paso a paso hacia su destino. El de un vago. Un hombre sin techo. Un bueno para nada sin trabajo y con volúmenes de conocimientos generales para dispensar.
Prepararse su desayuno mientras escuchaba el soundtrack de Dioses y Generales era una actividad ajena a un suntuoso mercadólogo egresado del Tec de Monterrey, especialmente a esa misma hora, debiendo hacer algo como estar en plena cena de negocios con el jefe de Gamesa o alguna otra actividad respetable.
El sándwich tostado supo delicioso, como siempre. Y cada vez que daba una mordida, dejando que el sabor del queso derretido se paseara por su lengua, mezclado con el crujiente pan dorado, el tibio jamón y la mantequilla, su apreciación de la música se mejoraba, haciéndola una experiencia sensorial muy satisfactoria. Luego de este ritual, Samuel permaneció sentado en la silla mecedora de su mamá, escuchando atentamente a los 55 minutos de la música.
Cuando hubo acabado su reproducción el disco, procedió a guardarlo en su caja correspondiente, apagar el estéreo, encender la televisión y esperar en encontrar algo digno de verse. Entre programas de revista, documentales e infomerciales, pasó solamente por seis canales cuando encontró algo que ver. No importaba cuántas veces había visto la primera parte de Volver al Futuro, ni qué hora fuera, era una obligación moral.
No era el ver la película lo importante para él. Claro, la disfrutaría y se deleitaría con todas sus escenas favoritas, pero era más importante una escena en particular. Como era costumbre, siempre empezaba a ver la película unos minutos antes de la escena donde Marty huía de la pandilla de Biff, accidentalmente inventando la patineta en el proceso. Una interesante coincidencia, y era la razón por la cual Samuel consideraba imperativo verla, especialmente hoy.
Era un recordatorio.
No se resignaría al resto de su rutina diaria, limpiar la casa (que en realidad solamente era barrer y lavar los platos) al escuchar música, perder el tiempo en la computadora hasta que su mamá llegara, comer, perder el tiempo en la computadora hasta que su mamá quisiera usarla, ver la televisión y perder el tiempo en la computadora hasta que su mamá le ordenara irse a dormir. Esta vez empezaría algo que cambiaría su destino por siempre. Hoy arrancarían las primeras fases del experimento.
Lo primero que tenía que hacer era apagar la televisión. No necesitaba ver el final de la película, aunque realmente deseaba verlo otra vez. Probablemente para ver si su versión memorizada del track musical correspondiente a la escena clímax de la torre del reloj finalmente se acoplaba a cada toma de la secuencia, y así, cuando escuchara la pieza en su edición limitada del soundtrack, pudiera memorizar la escena completa, guiándose solamente por la música. Un objetivo ambicioso e inútil más, y por el momento, solamente era capaz de trabajar en un solo objetivo ambicioso e inútil por vez.
Evitar cualquier estímulo distractor era una prioridad. Su consola de videojuegos estaba arriba, pero la televisión a la que estaba conectada se había descompuesto hace meses, así que no habría problema. La computadora no la necesitaba ya que hizo toda su investigación, imprimió todos los diagramas e instructivos y ordenó todos los materiales; la única razón por la que se acercaría a la computadora sería para jugar Tetris, y ya tiempo atrás estableció para sí mismo que jugarlo sería la recompensa, no la motivación. Le succionaba la vida, y debía ganársela de vuelta.
Se sintió nervioso a la hora de apagar la tele. No era una gran cosa, pero él mismo lo hizo parecer un parte-aguas, un evento histórico, un momento épico y un festejo inédito en los anales del pequeño libro de Historia que representaba el mundo de Samuel. Sintió como si ya empezara la aventura.
Marchó subiendo las escaleras a su habitación, en espera de trabajar lo más que pudiera antes de que llegara mamá.

Mientras papá le servía refresco a Samuel, Jennifer continuaba hablando sobre el divertido incidente que le ocurrió en el trabajo. A él no le importaba, realmente, pero de cualquier modo estaba atento a lo que su hermana decía. Quiso pensar en su proyecto lo menos posible, y al escucharla hablar, sus pensamientos se desviaban. Desafortunadamente, se desviaban hacia la introspección, pensando en todas las cosas que él no compartía con su hermana.
Ella era carismática, conversadora, sociable y, sencillamente, representaba una personalidad mucho más interesante. Esto hacía que Samuel confirmara el argumento que sostenía siempre de ser él un individuo totalmente insignificante, indigno del interés de las personas, condenado a pasar siempre desapercibido. Bebió un trago de refresco para poder olvidarse de su propia tragedia personal y guiar su atención nuevamente a la confusión de un trabajador en el sistema de la computadora.
Aunque Jenny rió bastante al contar su anécdota, tanto mamá como papá simplemente sonrieron.
“Sí, ya sé, no les interesa lo del trabajo,” dijo Jenny, derrotada, pero con un ligero aire de broma.
“No es eso,” se justificó papá. “Nomás no le entendimos bien, porque no sabemos bien lo del sistema.”
“Pues si, supongo que tenían que haberlo visto allí mismo. Bueno, ¿y tú, Sam? ¿No te han hablado de algún lado?”
Samuel negó con la cabeza, viendo hacia abajo.
“Me llegó un e-mail de OCC, que tenían ofertas para mí.”
“¿Ah, sí? ¿Cuáles?” preguntó mamá, emocionada.
“De Supervisor de Planta en Argentina, Maestro de Ingeniería en Chile, y Recepcionista en Guadalajara.” Samuel dijo esto sin expresión y viendo hacia abajo.
A mamá se le desvaneció el ánimo, pero le dio una mirada de comprensión.
“Ánimo, Sam,” dijo papá.
“Yo sé que te van a hablar,” completó mamá. “Tarde o temprano, cuando menos te lo imagines.”
El círculo vicioso de frustración, enojo e inactividad regresó, como siempre lo hacía en estas conversaciones, y su primer impulso fue contestar el clásico: Nunca me van a hablar. No tengo nada en el currículum que les interese, sin embargo, no quería pelear en la mesa, a la hora de la comida, así que asintió con la cabeza tranquilamente, sonriéndole a mamá.
La conversación no se agravó, y terminó con un tranquilo traslado a la sala para ver la televisión. Samuel entonces retomó su línea de pensamiento, concentrándose en el proyecto.
“Voy a mi cuarto,” informó a la familia.
Mamá volteó extrañada.
“¿No vas a usar la compu?”
“No, ahorita no,” contestó, y dio media vuelta para dirigirse a las escaleras.
“Bye,” dijo mamá tranquilamente, pero Samuel lo escuchó todo demasiado alejado, cuando llegó al segundo piso.

Esos años tortuosos en el taller de Electricidad fueron un capítulo prominente en la historia que tuvo Samuel en la secundaria, pero algo de provecho llegó a salir de eso. Nunca creyó que sería tan vital para él usar un cautín, pero este proyecto que había emprendido fue una justificación que ni siquiera él pudo negar. En retrospectiva, a pesar de detestar cada segundo que pasó en la secundaria, incluyendo el taller, Samuel reconoció para sí mismo que si no hubiera pasado todo eso, no estaría donde estaba entonces. Una extraña paradoja, donde lo que hizo de su adolescencia una experiencia miserable, fue lo mismo que lo impulsó a cambiarla.
Estas implicaciones eran demasiado para su cerebro, en especial considerando que ni siquiera había probado el proyecto. De hecho, el aparato todavía no estaba terminado. Sólo faltaba soldar ese último circuito. Sólo uno. Un último transistor. En verdad, su conocimiento para soldar a cautín fue lo único bueno que salió de esos años en el taller.
Y como si hubieran pasado aún más años, el circuito estaba terminado. Samuel lo miró, orgulloso y aliviado, y procedió a ensamblarlo y unirlo al aparato, de una vez, y olvidarse de la espera.
Su trabajo estaba terminado. Se sintió como el Dr. Frankenstein, por tan cliché que sonara, así que decidió sonreír en vez de decir alguna frase, la que fuera que diría, que sonara demasiado cursi. No obstante, salieron lágrimas de sus ojos.
De cierta manera, le pareció histórico. No sabía de nadie más que hubiera construido una máquina del tiempo.
Sin duda, esta no lucía como esperaba. No era un DeLorean, ni tampoco era una “bicicleta con sombrillas de colores” como en la versión de H.G. Wells. Su forma cuadrada era tan simple, que cualquiera la confundiría con una hielera o un baúl para almacenar cosas. Eso era una ventaja, pues nadie haría demasiadas preguntas si es que lo vieran.
Era una caja, que aunque por fuera estaba forrada de plástico duro, por dentro tenía una maraña de cables y circuitos, como una computadora. El circuito que acaba de terminar lo acomodó encima de todo, si molestarse en que estuviera atornillado con alguna de las paredes. ¿Para qué asegurarlo? No era como si lo fuera a vender o exhibir. Todos los lados estaban recubiertos con esas tablas de plástico, sin duda sobras de alguna tlapalería, que por tan burdas como imprácticas que fueran, no costaron nada y resultaron bastante fáciles de manejar a la hora de tapar la estructura.
Todas las caras eran lisas, a excepción de una, donde la tabla correspondiente tenía un hoyo circular y otro cuadrado para que cupieran el ojo láser y los interruptores.
El concepto del aparato que había construido, según las instrucciones que encontró en eBay, era uno que él consideraba más interesante y factible. No era un aparato que misteriosamente se trasladaría en el tiempo, ya fuera avanzando o retrocediendo, donde viera todo su mundo moviéndose en cámara rápida o en reversa. Eso le parecía improbable, ya que eso implicaría que por fuera, él se vería moviéndose inexplicablemente lento. Ni siquiera moviéndose, sino que aparentaría quedarse tan quieto como una estatua, con un cambio de posición demasiado sutil y difícil de notar. En cambio, en el diseño, el ojo láser proyectaría una energía, acumulándose en una figura elíptica y formando lo que las instrucciones simplemente llamaban “portal”. Era un efecto similar a lo que se mencionaba en “Stargate”, o, coincidentemente, en el videojuego “Portal”. Sólo que en esas películas, y en el aparato original, se tenía que construir o crear un portal del otro lado para que funcionara.
El autor de las instrucciones explicaba una analogía, donde para llegar a una isla desde una costa lejana, era necesario construir un puente. Pero el problema era que uno tenía que viajar a esa isla para poder construir el otro lado del puente. Es imposible terminar la vía en una sola dirección desde el origen hasta el destino. Se tiene que construir también desde el destino, para que las mitades se unan y el puente esté completo, libre para viajar.
Sin embargo, ahí fue donde Samuel añadió  unos detalles que mejorarían las posibilidades de no tener que construir un puente desde el otro lado.
El motor que había construido y que se encontraba dentro de toda esa maraña de cables, produciría remotamente el portal de salida, con cierta programación para que llegara a una fecha en particular, y que, por consiguiente, permitiría viajar al pasado. Era un proceso demasiado complicado, y que Samuel la mitad de las veces ni siquiera sabía si funcionaría, pero parecía ser brillante.
Le alegró un poco a Samuel el no tener que tripular la máquina para poder viajar. Ni tampoco que contara con algún extraño aparato que tuviera que poner entre sus piernas, viéndose tan ridículo como “Napoleón Dinamita”. Eso significaba que, en el remoto caso de que todo hubiera sido una estafa o que sus adiciones hubieran sido erróneas, no recibiría algún tipo de dolorosa carga eléctrica al momento de probar la máquina.
Pensar en eso hizo que Samuel sudara frío. Probar la máquina.
Del lado de los interruptores y del ojo láser, estaba también una pantalla LCD. Samuel no tenía suficiente a la mano para comprar una, así que estuvo obligado a sacrificar su cámara de video, separando dolorosamente la pantalla rotativa del aparato, e incorporándola a la máquina.
De cualquier manera, era necesario para que pudiera tener una interfaz con la cual seleccionar la fecha de destino. Era imperativo. Si no, se arriesgaría a hacer un salto a ciegas en el tiempo, y no quería terminar como Ash al final de “Evil Dead 3”.
Ya tenía preparada su fecha de destino. De cierta forma, ya había iniciado el viaje, incluso antes de terminar la máquina. Esas sesiones soldando y construyendo las piezas, tal como en la secundaria, lo traían de regreso a sus días de adolescencia, al período de tiempo donde era su intención viajar con su proyecto. Samuel lo tomó como una obertura, una predisposición, para poder ponerse en el humor de regresar a sus años de tormento.
Pero ya no sería tormento. No más burlas. No más vergüenzas, ni momentos socialmente incómodos. Ninguno de sus supuestos amigos haciéndole albures, y aprovechándose de su ingenuidad. Nadie del grupo A-6 humillándolo por no terminar las lagartijas que impusieron de castigo los prefectos. Ningún intento fallido por hablarle a Danniela. De hecho, ni siquiera tendría que preocuparse por llamar la atención de la chica. Podría cambiar su enfoque, sabiendo lo que sabía ahora, y poder seducir y conquistar a Fabiola. Y, sobre todo, no más impopularidad. No más burlas por hacer referencias a películas que nadie más del salón había visto. No más vergüenzas por contar los chistes mal. Y no más vergüenzas al hablar en público, con todos desprestigiando cualquier cosa que hubiera dicho, sin importar que hubiera sido algo cierto, inteligente o una genuinamente buena idea, específicamente porque lo dijo él, y no alguien popular, como Lluvia o Villalpando.
Al pensar estas cosas, Samuel no pudo evitar hacer puños y maldecir en voz baja, recordando todos esos momentos tan frustrantes, y saboreando la posible victoria que vendría al superarlo todo. No obstante, no sería posible. El viajar por el tiempo era como un simple viaje de turismo. Él no rejuvenecería ni volvería a vivir los mismos episodios de su vida, con una mentalidad nueva. Más bien, la misma versión de él mismo, ya crecida, regresaría a esos momentos, atestiguando lo que su yo del pasado haría y cómo actuaría.
 Pero, también, se recordó que existía la posibilidad de cambiar el pasado como su yo actual. Y esa era la manera de comprobar o desmentir una o todas las teorías que se había formulado sobre su impopularidad. El experimento que se había encomendado a practicar, incluso antes de saber que se podía viajar por el tiempo.
A nadie le gustaban las ideas de Samuel cuando las decía porque era Samuel quien las decía, según notaba en la secundaria. ¿Sería este un efecto universal? ¿Acaso había sido maldecido por la impopularidad de una manera tan cruel? Sólo había una manera de comprobarlo.
Siempre le entretuvo la idea de que, si pudiera regresar a épocas como el Barroco o el Neoclásico, dejara por allí unos papeles con una partitura bajo su nombre. Pero la partitura tendría alguna obra popular, como el tema de Batman, o el de Volver al Futuro, y cambiándoles el título a poemas sinfónicos, como “Fanfarría para el Héroe Gótico” o  “El Viaje en el Tiempo”, o incluso arreglar temas de Star Wars en una suite, llamándola, “Fantasía Espacial” o algún otro título interesante y con clase.
Para eso usaría la máquina del tiempo.
Decidió no optar por la opción de plagiar música, entre varias razones, por no faltar al respeto a los compositores. Eso no excluía cualquier intento por re-componer éxitos como “No Rompas Mi Corazón”, “Aserejé”,” o más recientemente, “Call Me, Maybe” o el tan mentado “Gangnam Style”, pero supuso que estaría apuntando demasiado alto. Claro está, quería apuntar alto.
No quería “crear” algo simplemente popular. Quería “crear” algo que inexplicablemente se convirtió en un fenómeno, sin ningún tipo de publicidad o anuncio masivo. Algo que, por sí solo, sin importar quién lo hubiera creado o dicho, muy especialmente sin importar si tuviera talento o no, se hubiera convertido en un éxito viral. ¿Qué los hace populares? ¿Qué los hace exitosos?
Los “memes” eran la mejor opción. Frutos de un mínimo esfuerzo, limitada habilidad y, por lo menos él no esperaba, mera suerte. ¿Por qué, entonces, se vuelven fenómenos? Aún antes de conocer TV Tropes y KnowYourMeme, Samuel estaba fascinado por descubrir memes nuevos y redescubrir los viejos, pero, sobre todo, quería saber cómo nacían.
Lo que más tenían todos esos memes en común era que fueron creados por gente insignificante. Algún usuario de 4Chan sin nada mejor que hacer, o recién terminando algo que hacer, que en un momento de ocio, brotó un chiste estúpido que sólo los demás usuarios de 4Chan entenderían. Esa persona sería un muchacho de 13 años, con una familia normal, una vida normal y un cuarto normal. Otras veces, ni siquiera era un sitio tan especializado como 4Chan o Reddit. A veces desde YouTube o Facebook podría nacer un meme.
 A veces, no importaba el nombre. El usuario podría ser un anónimo, pero no importaba, aquel chiste interno se volvía un inmortal éxito, o por lo menos una moda fugaz, pero popular no obstante.
¿Y por qué Samuel no podía ser uno de ellos?
Los derechos de autor y el asunto del plagio serían inexistentes.
De entre todas las posibilidades de memes que pudiera hacer pasar como suyos, no pudo evitar pensar en Nyan Cat como la opción más probable. Era lindo. Era simple. Era insultantemente simple. Y era exitoso. A él mismo le gustaba. No sabía por qué, pero le gustaba. A las niñas les gustaba.
Aprendió cómo usar el programa de edición para hacer una animación idéntica a la de Nyan Cat, con diferencias tan sutiles como el tono de los colores. Aprendió el nombre de la canción del fondo y cómo editarla con el sistema que usaron para hacerla.
Pensando profundamente, Samuel no necesitaba tanto su cámara de video. No importaría si la descompusiera. La pantalla LCD sería usada para un fin más importante y trascendente.
Ya había dejado pasar mucho tiempo. Era hora de empezar el plan. Tiempo de hacer historia.
En la pantalla ya estaba programada la fecha y la hora a las que se dio el lujo de imaginar ir. 24 de Septiembre de 2001, 9:00 de la mañana. Esta vez podía imaginarse todo lo que ocurriría antes de llegar sin darse cuenta de lo decepcionante que sería el que no fuera posible, porque esta vez sí estaba siendo posible.
Samuel encendió el cómodo y simple switch de ignición, y el motor hizo un ruido de arranque fuerte. Demasiado fuerte. Los vecinos lo escucharían. Qué suerte que no estaba mamá, ni papá, ni Jenny. No era porque temiera que lo interrumpieran, pero por dentro, pensaba que lo que fuera que estaba haciendo, estaba mal, y alguno de ellos lo regañaría.
Olvídate de eso, pensó dentro de sí. Desestimó el asunto agitando su mano y oprimió otro botón, uno grande y rojo, que no rotuló pero que era imposible de confundir. Lo que hacía ese botón era un tanto complicado de explicar, pero Samuel pensó que el rótulo que lo describiría mejor sería “Portal”.
Al oprimirlo, oh, sorpresa, se abrió el portal.

Samuel sintió el corazón en la garganta al pensar en la posibilidad de que no pudiera regresar por el portal. ¿Y si la salida se desactivara? ¿Y si mamá entrara al cuarto y sin saber qué era la máquina, la apagara? ¿Y si se fuera la luz?
Salió corriendo del café internet, dejando el dinero que debía por la hora y media que usó la computadora sobre el teclado. El instructivo decía que el motor podría seguir andando hasta por tres días completos, pero aún así, temía lo peor si por algún mínimo desgaste dejara de funcionar.
Corrió por las calles de hace 12 años, tal y como las recordaba cuando era un preadolescente, cruzando de banqueta a banqueta sin cuidado de los automóviles, que a pesar de ser del año 2001, seguían tan inconsiderados como siempre. Avanzó cinco cuadras, todo el tiempo corriendo, hasta llegar al callejón de donde llegó.
Las cajas que había colocado justo enfrente del portal seguían allí, por lo que nadie lo había descubierto. O al menos, eso pensaba. Las quitó todas, arrojándolas a los lados, sin importarle lo que tuvieran dentro.
Al quitar las de encima, vio un ligero resplandor naranja, y suspiró de alivio. Quitó el resto de las cajas sin apuro, y sonrió al ver que el portal seguía allí. Vio al otro lado su cuarto, tranquilo y calmado como siempre, como si hubiera un hoyo en la pared del callejón. Su corazón volvió a palpitar como ritmo de música dance cuando vio la perilla girándose, y la puerta deslizándose.
Sin pensarlo otra vez, Samuel se arrojó por el portal al mismo tiempo que vio a su madre asomándose por la puerta. Samuel aterrizó en el piso y rápidamente apretó el switch de apagado, y el escándalo del motor se detuvo al mismo tiempo que el hoyo de luz naranja en la pared desapareció.
Mamá se quedó quieta, con una mirada de confusión. Samuel estaba avergonzado, como si lo hubieran pescado viendo pornografía. Al darse cuenta de que lo que acababa de hacer no era algo tan digno de pena, frunció el ceño a sí mismo.
“¿Qué…?” decía mamá, buscando palabras.
“Este…” Samuel también buscaba palabras. Ninguno de los dos pudo formular una frase.
Samuel suspiró, y procedió a explicar todo su plan a su madre.
Al terminar, mamá hizo una expresión difícil de explicar. Él no sabía si ella estaba triste, enojada, sorprendida. Tenía los ojos abiertos, y se le quedó viendo, fijamente.
Samuel pensó que mamá no lo creería. Claro está, acabó de ver a su hijo cruzar la pared de su cuarto a través de un umbral naranja que instantáneamente desapareció. Pocos permanecerían escépticos ante ese espectáculo.
“¿Tú lo construiste?” preguntó, como si no hubiera puesto atención a todo el plan, distrayéndose por un detalle menor.
“Sí,” respondió Samuel. Hubiera esperado que le preguntara algo más.
“Sabes,” ella por fin sonrió, “en verdad, ninguno de nosotros sabe por qué no tienes trabajo.”
El muchacho seguía sin estar seguro de qué emoción expresar.
“¿No estás enojada?”
“¿Enojada?” dijo ella, extrañada pero alegremente. “¿Por qué me enojaría? ¿No te has dado cuenta?”
“¿De qué?”
“¡Inventaste una máquina del tiempo!” Como lo decía mamá, sonaba como un hallazgo digno del Nobel. “¡Tú solo!”
“No solo. Usé las instrucciones que vi en eBay.”
“¿Eran para una máquina del tiempo?”
“No, pero eran para un…”
“¿Decía lo de ese motor que construiste?”
“No, pero…”
“Sam. Pasaste tanto tiempo obsesionado con algo, y no te diste cuenta de que hiciste algo mucho mejor. ¿Qué importa ese ‘Nein Cat’ o como se llame? Esa prueba que hiciste, la desperdiciaste en algo tan bobo como inventar un meme.” Mamá lo pronunció “mé-me”, y no “mim”, pero Samuel decidió no preocuparse demasiado por eso. Ella continuó. “Estabas tan harto de decir que eres impopular, y no lo eres, que olvidaste que con esto, serás recordado por el resto de tu vida.”
Mamá vio afectivamente a su hijo, y Samuel entonces por fin comprendió. Como siempre, Rebecca Lagos demostró gran sabiduría. Y después, si su experimento de crear a Nyan Cat siete años antes hubiera tenido éxito o no, se había vuelto irrelevante.

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