Tanto tiempo en la
computadora tenía que traer más problemas a la casa que beneficios. Ya era
pasada la 1 de la mañana, y Samuel seguía perdiendo sus horas de sueño en lo
que fuera que se le ocurriera ver por internet. Mamá estaba dormida ya, pero él
sabía por experiencia que ella se despertaría a mitad de la madrugada para
finalmente ponerle fin a su estado de inactividad.
Obviamente
estaba el problema del consumo de electricidad. Samuel se amparaba en la
noción, que escuchó indirectamente hace unos meses, de que una computadora
gastaba energía en el nivel más mínimo, en comparación con la televisión, el
aire acondicionado y tantos otros electrodomésticos.
Pero
aún así, él mismo se sentía indignado de su propia persona. Las 10 de la noche
era una hora límite simbólica, pero demasiado rígida. Las 11 era entendible. A
la medianoche, empezaba a verse mal, puesto que a partir de ese momento, las
horas se contaban al revés, pensando en cuántas faltaban antes de que fuera
tiempo de despertarse. Y al ahora faltar quince minutos para las 2, Samuel aceptó
para sus adentros que había estado frente a la computadora lo suficiente.
Por
fortuna, no estaba viendo pornografía. Fortuna para él por evitarse el riesgo
de ser pescado viendo material que mamá reprobaría, y fortuna para la familia
por que no habría excusa de que la máquina tuviera un virus. Tampoco estaba
perdiendo su tiempo y preciosa atención en conversar con sus amigos por la red
social, que aunque algunos de ellos seguían despiertos, no les hablaba con
demasiada frecuencia ni candor.
Estaba
perdiendo el tiempo, no obstante.
Desde
que supo el significado y ejemplos más notorios de lo que es un meme de
internet, Samuel se sintió ansioso de conocer los más populares. El “Rick Roll”
lo conoció desde antes, al igual que “Esto es Esparta” y los videos de reacción
a “2 girls 1 cup”. Pero, puesto que no era un ávido seguidor de Dragon Ball Z,
encontró novedoso y de gran entretenimiento
el “Over 9000”; al descubrir a “Keyboard Cat”, vio literalmente cientos
de videos con el detalle que sorprendentemente nunca perdía el encanto y la
chispa; el “Tourettes Guy” le hizo pensar palabras obscenas por demasiado
tiempo.
El
día de hoy, aunque ya oficialmente era el de mañana, estaba perdiendo su tiempo
disponible para dormir para atestiguar la nueva sensación. “Nyan Cat”, sin
lugar a duda, no era nada. Una animación apabullantemente simple y repetitiva
al son de una canción apabullantemente simple y repetitiva. Pero había algo en
ese gato con cuerpo de tarta dejando a su paso una estela de arcoíris mientras
corre por el espacio que era atrapante, adictivo. No lograba aún grabársele
bien la música, pero hacía el propósito de que así fuera. ¿Por qué? Para
transcribirla al piano, tal vez. Subir su adaptación personal en su viejo
teclado básico, grabado por su confiable, aunque incompatible cámara de video.
Una buena idea, si no fuera por los incontables videos que ya habían hecho
exactamente lo mismo.
Tanto
en un nivel básico, como en un nivel impresionantemente complejo, de cualquier
manera como se viera, Samuel estaba perdiendo el tiempo. Y se dio cuenta al ver
la pantalla frente a él, con un video especial de “Nyan Cat” con duración
extendida de diez horas, que era ya hora de terminar con todo.
En
la mente de mamá debió haber cruzado la misma onda cerebral con el mismo
pensamiento, puesto que en la velocidad de una sinapsis, la vio en el marco de
la puerta del estudio, cruzada de brazos, y con una mirada intimidante. Señal
de la mamá enojada clásica.
“Samuel”
impuso con autoridad.
“Ya
voy ma, ya la estoy apagando,” dijo él, sin sentirse nervioso o asustado,
cerrando todas las ventanas de manera automática usando los comandos del
teclado, y recorriendo el mouse hasta la barra de inicio para finalmente
conceder a la máquina de cómputo un muy merecido descanso. El monitor dejó de
iluminar su resplandor azul y lo reemplazó por la inactividad del color negro.
Con
el ventilador finalmente silenciado, no había ningún sonido en el aire más que
un tempranero grillo y una pantufla golpeando repetidamente el piso. Samuel se
levantó de la silla rotatoria, ya más inclinada hacia atrás que nada, y no pudo
evitar sentir un alivio por quedar tanto tiempo sentado y entumido.
Sin
mirar a mamá, cruzó el umbral del estudio hacia la sala, y de allí, a la
escalera. Ella lo siguió, sin decir una sola palabra. Ninguno de los dos tuvo
que encender la luz de las escaleras, puesto que se habían entrenado a subir a
tientas y de confiar en su visión nocturna para no tener que despertar al resto
de la familia, quienes dormían más tranquilamente que el muchacho y su madre.
Ella
escoltó a su hijo hasta la puerta de su habitación, mismo quien entró y se
retiró con una expresión en muy tenue voz.
“Hasta
mañana, mamá” fueron sus inseguras palabras.
“Que
descanses, hijo,” le dijo ella, con una cordialidad un tanto fuera de lugar.
Como siempre, Rebecca Lagos demostró ser una figura de autoridad, pero también
de gran sabiduría. Lo dejó retirarse a las profundidades de su mundo privado y
ella regresó al suyo.
Samuel
perdió el sueño que le había dado abajo, como siempre pasaba, por lo que
estaría hasta una hora más sin poder pegar ojo y con su mente atormentada por
pensamientos variados, entre útiles e inútiles, incluyendo cómo se redactaría
el artículo de Wikipedia que tratara sobre él cuando fuera famoso, el declive
de la música de cine a manos de las nuevas tendencias y, por supuesto, el
atrapante e inexplicable atractivo de “Nyan Cat”.
Si tu mamá no te
dejaba ver películas de terror en la medianoche cuando eras niño, probablemente
era para ahorrarte las pesadillas que atravesarías a lo largo de tu tiempo para
dormir, sin embargo, Samuel comprobó desde hace tiempo que lo último que ves
antes de dormir no es necesariamente aquello con lo que sueñas. La mañana
siguiente fue un ejemplo de dicho caso, con una serie de eventos surrealistas
sin relación, un par de encuentros amorosos con su siempre mutable chica ideal
y frases incongruentes acompañando el sueño que parecía haber durado varios
meses. Todo eso, excepto “Nyan Cat”, sorprendentemente.
Como
su rutina de siempre, extendió su mano hacia su improvisada mesa de noche
donde, entre todo el alboroto de papeles inservibles, su credencial de elector,
dos eliminadores de baterías y un par de llaveros sueltos, desveló su confiable
aunque obsoleto celular. La cara de la chica del Hongo Michoacano le hacía una
coqueta e invitadora sonrisa a través de la pantalla, y justo por encima de su
cabeza se encontraban los dígitos que declaraban la hora. Diez y media.
“Bien,”
se decía Samuel, “no me desperté demasiado tarde.”
Estaba
por recostarse y acomodarse otra vez, pero se recordó que eso hacía siempre, y
por culpa de eso, se volvía a dormir y se despertaba una hora más tarde, o
incluso más, y a las once era el límite sensato para cualquier ser humano de
quedarse dormido.
Al
levantarse, se sintió más pesado, no por la pereza, sino por la culpa de tener
la reputación de ser un desvelado y ocioso, y el acto de separar su espalda,
sus posaderas y sus piernas de la cama era una hazaña épica, una batalla
decisiva, un evento extraordinario. Tal como el día de una boda, era uno de
esos momentos que uno cree que nunca vendrán. En el caso de la boda, creía
tener razón, pero el reto de levantarse era un poco más sencillo de lograr.
Cuando
sus piernas estuvieron finalmente erguidas con las plantas de sus pies
enteramente puestas sobre el piso, creyó escuchar un aplauso atronador,
sintiéndose en medio de una arena romana, con cientos de espectadores arrojando
confeti o lo que fuera que aventaban esos tipos en la película “Gladiador”, y
uno de esos detalles captó su atención. Era de varios colores, los del
arcoíris, para ser exactos. Más de cerca, vio con detalle que tenía la silueta
de una tarta de fresa para tostador, con cabeza y patas de gato, y entonces,
regresó a la privacidad de su cuarto, iluminado por la ausencia de cortinas,
con la música que acompañaba a “Nyan Cat” resonando y repitiéndose en su
cabeza.
La
casa sola otra vez. Sus padres y su hermana ya fuera, trabajando, y únicamente
Samuel, la gata Confy y el polvo de días ocupando el hogar.
Mientras
Samuel bajaba cada escalón, sentía que estaba descendiendo paso a paso hacia su
destino. El de un vago. Un hombre sin techo. Un bueno para nada sin trabajo y
con volúmenes de conocimientos generales para dispensar.
Prepararse
su desayuno mientras escuchaba el soundtrack de Dioses y Generales era una
actividad ajena a un suntuoso mercadólogo egresado del Tec de Monterrey,
especialmente a esa misma hora, debiendo hacer algo como estar en plena cena de
negocios con el jefe de Gamesa o alguna otra actividad respetable.
El
sándwich tostado supo delicioso, como siempre. Y cada vez que daba una mordida,
dejando que el sabor del queso derretido se paseara por su lengua, mezclado con
el crujiente pan dorado, el tibio jamón y la mantequilla, su apreciación de la
música se mejoraba, haciéndola una experiencia sensorial muy satisfactoria.
Luego de este ritual, Samuel permaneció sentado en la silla mecedora de su
mamá, escuchando atentamente a los 55 minutos de la música.
Cuando
hubo acabado su reproducción el disco, procedió a guardarlo en su caja
correspondiente, apagar el estéreo, encender la televisión y esperar en
encontrar algo digno de verse. Entre programas de revista, documentales e
infomerciales, pasó solamente por seis canales cuando encontró algo que ver. No
importaba cuántas veces había visto la primera parte de Volver al Futuro, ni
qué hora fuera, era una obligación moral.
No
era el ver la película lo importante para él. Claro, la disfrutaría y se
deleitaría con todas sus escenas favoritas, pero era más importante una escena
en particular. Como era costumbre, siempre empezaba a ver la película unos
minutos antes de la escena donde Marty huía de la pandilla de Biff,
accidentalmente inventando la patineta en el proceso. Una interesante coincidencia,
y era la razón por la cual Samuel consideraba imperativo verla, especialmente
hoy.
Era
un recordatorio.
No
se resignaría al resto de su rutina diaria, limpiar la casa (que en realidad
solamente era barrer y lavar los platos) al escuchar música, perder el tiempo
en la computadora hasta que su mamá llegara, comer, perder el tiempo en la
computadora hasta que su mamá quisiera usarla, ver la televisión y perder el
tiempo en la computadora hasta que su mamá le ordenara irse a dormir. Esta vez
empezaría algo que cambiaría su destino por siempre. Hoy arrancarían las
primeras fases del experimento.
Lo
primero que tenía que hacer era apagar la televisión. No necesitaba ver el
final de la película, aunque realmente deseaba verlo otra vez. Probablemente
para ver si su versión memorizada del track musical correspondiente a la escena
clímax de la torre del reloj finalmente se acoplaba a cada toma de la
secuencia, y así, cuando escuchara la pieza en su edición limitada del
soundtrack, pudiera memorizar la escena completa, guiándose solamente por la
música. Un objetivo ambicioso e inútil más, y por el momento, solamente era
capaz de trabajar en un solo objetivo ambicioso e inútil por vez.
Evitar
cualquier estímulo distractor era una prioridad. Su consola de videojuegos
estaba arriba, pero la televisión a la que estaba conectada se había
descompuesto hace meses, así que no habría problema. La computadora no la
necesitaba ya que hizo toda su investigación, imprimió todos los diagramas e
instructivos y ordenó todos los materiales; la única razón por la que se
acercaría a la computadora sería para jugar Tetris, y ya tiempo atrás
estableció para sí mismo que jugarlo sería la recompensa, no la motivación. Le
succionaba la vida, y debía ganársela de vuelta.
Se
sintió nervioso a la hora de apagar la tele. No era una gran cosa, pero él
mismo lo hizo parecer un parte-aguas, un evento histórico, un momento épico y
un festejo inédito en los anales del pequeño libro de Historia que representaba
el mundo de Samuel. Sintió como si ya empezara la aventura.
Marchó
subiendo las escaleras a su habitación, en espera de trabajar lo más que
pudiera antes de que llegara mamá.
Mientras papá le
servía refresco a Samuel, Jennifer continuaba hablando sobre el divertido
incidente que le ocurrió en el trabajo. A él no le importaba, realmente, pero
de cualquier modo estaba atento a lo que su hermana decía. Quiso pensar en su
proyecto lo menos posible, y al escucharla hablar, sus pensamientos se
desviaban. Desafortunadamente, se desviaban hacia la introspección, pensando en
todas las cosas que él no compartía con su hermana.
Ella
era carismática, conversadora, sociable y, sencillamente, representaba una
personalidad mucho más interesante. Esto hacía que Samuel confirmara el
argumento que sostenía siempre de ser él un individuo totalmente
insignificante, indigno del interés de las personas, condenado a pasar siempre
desapercibido. Bebió un trago de refresco para poder olvidarse de su propia
tragedia personal y guiar su atención nuevamente a la confusión de un
trabajador en el sistema de la computadora.
Aunque
Jenny rió bastante al contar su anécdota, tanto mamá como papá simplemente
sonrieron.
“Sí,
ya sé, no les interesa lo del trabajo,” dijo Jenny, derrotada, pero con un
ligero aire de broma.
“No
es eso,” se justificó papá. “Nomás no le entendimos bien, porque no sabemos
bien lo del sistema.”
“Pues
si, supongo que tenían que haberlo visto allí mismo. Bueno, ¿y tú, Sam? ¿No te
han hablado de algún lado?”
Samuel
negó con la cabeza, viendo hacia abajo.
“Me
llegó un e-mail de OCC, que tenían ofertas para mí.”
“¿Ah,
sí? ¿Cuáles?” preguntó mamá, emocionada.
“De
Supervisor de Planta en Argentina, Maestro de Ingeniería en Chile, y
Recepcionista en Guadalajara.” Samuel dijo esto sin expresión y viendo hacia
abajo.
A
mamá se le desvaneció el ánimo, pero le dio una mirada de comprensión.
“Ánimo,
Sam,” dijo papá.
“Yo
sé que te van a hablar,” completó mamá. “Tarde o temprano, cuando menos te lo
imagines.”
El
círculo vicioso de frustración, enojo e inactividad regresó, como siempre lo
hacía en estas conversaciones, y su primer impulso fue contestar el clásico: Nunca me van a hablar. No tengo nada en el
currículum que les interese, sin embargo, no quería pelear en la mesa, a la
hora de la comida, así que asintió con la cabeza tranquilamente, sonriéndole a
mamá.
La
conversación no se agravó, y terminó con un tranquilo traslado a la sala para
ver la televisión. Samuel entonces retomó su línea de pensamiento,
concentrándose en el proyecto.
“Voy
a mi cuarto,” informó a la familia.
Mamá
volteó extrañada.
“¿No
vas a usar la compu?”
“No,
ahorita no,” contestó, y dio media vuelta para dirigirse a las escaleras.
“Bye,”
dijo mamá tranquilamente, pero Samuel lo escuchó todo demasiado alejado, cuando
llegó al segundo piso.
Esos años tortuosos en
el taller de Electricidad fueron un capítulo prominente en la historia que tuvo
Samuel en la secundaria, pero algo de provecho llegó a salir de eso. Nunca
creyó que sería tan vital para él usar un cautín, pero este proyecto que había
emprendido fue una justificación que ni siquiera él pudo negar. En
retrospectiva, a pesar de detestar cada segundo que pasó en la secundaria,
incluyendo el taller, Samuel reconoció para sí mismo que si no hubiera pasado
todo eso, no estaría donde estaba entonces. Una extraña paradoja, donde lo que
hizo de su adolescencia una experiencia miserable, fue lo mismo que lo impulsó
a cambiarla.
Estas
implicaciones eran demasiado para su cerebro, en especial considerando que ni
siquiera había probado el proyecto. De hecho, el aparato todavía no estaba
terminado. Sólo faltaba soldar ese último circuito. Sólo uno. Un último
transistor. En verdad, su conocimiento para soldar a cautín fue lo único bueno
que salió de esos años en el taller.
Y
como si hubieran pasado aún más años, el circuito estaba terminado. Samuel lo
miró, orgulloso y aliviado, y procedió a ensamblarlo y unirlo al aparato, de
una vez, y olvidarse de la espera.
Su
trabajo estaba terminado. Se sintió como el Dr. Frankenstein, por tan cliché
que sonara, así que decidió sonreír en vez de decir alguna frase, la que fuera
que diría, que sonara demasiado cursi. No obstante, salieron lágrimas de sus
ojos.
De
cierta manera, le pareció histórico. No sabía de nadie más que hubiera
construido una máquina del tiempo.
Sin
duda, esta no lucía como esperaba. No era un DeLorean, ni tampoco era una
“bicicleta con sombrillas de colores” como en la versión de H.G. Wells. Su
forma cuadrada era tan simple, que cualquiera la confundiría con una hielera o
un baúl para almacenar cosas. Eso era una ventaja, pues nadie haría demasiadas
preguntas si es que lo vieran.
Era
una caja, que aunque por fuera estaba forrada de plástico duro, por dentro
tenía una maraña de cables y circuitos, como una computadora. El circuito que
acaba de terminar lo acomodó encima de todo, si molestarse en que estuviera
atornillado con alguna de las paredes. ¿Para qué asegurarlo? No era como si lo
fuera a vender o exhibir. Todos los lados estaban recubiertos con esas tablas
de plástico, sin duda sobras de alguna tlapalería, que por tan burdas como
imprácticas que fueran, no costaron nada y resultaron bastante fáciles de
manejar a la hora de tapar la estructura.
Todas
las caras eran lisas, a excepción de una, donde la tabla correspondiente tenía
un hoyo circular y otro cuadrado para que cupieran el ojo láser y los
interruptores.
El
concepto del aparato que había construido, según las instrucciones que encontró
en eBay, era uno que él consideraba más interesante y factible. No era un
aparato que misteriosamente se trasladaría en el tiempo, ya fuera avanzando o
retrocediendo, donde viera todo su mundo moviéndose en cámara rápida o en
reversa. Eso le parecía improbable, ya que eso implicaría que por fuera, él se
vería moviéndose inexplicablemente lento. Ni siquiera moviéndose, sino que
aparentaría quedarse tan quieto como una estatua, con un cambio de posición
demasiado sutil y difícil de notar. En cambio, en el diseño, el ojo láser
proyectaría una energía, acumulándose en una figura elíptica y formando lo que
las instrucciones simplemente llamaban “portal”. Era un efecto similar a lo que
se mencionaba en “Stargate”, o, coincidentemente, en el videojuego “Portal”.
Sólo que en esas películas, y en el aparato original, se tenía que construir o
crear un portal del otro lado para que funcionara.
El
autor de las instrucciones explicaba una analogía, donde para llegar a una isla
desde una costa lejana, era necesario construir un puente. Pero el problema era
que uno tenía que viajar a esa isla para poder construir el otro lado del puente.
Es imposible terminar la vía en una sola dirección desde el origen hasta el
destino. Se tiene que construir también desde el destino, para que las mitades
se unan y el puente esté completo, libre para viajar.
Sin
embargo, ahí fue donde Samuel añadió
unos detalles que mejorarían las posibilidades de no tener que construir
un puente desde el otro lado.
El
motor que había construido y que se encontraba dentro de toda esa maraña de
cables, produciría remotamente el portal de salida, con cierta programación
para que llegara a una fecha en particular, y que, por consiguiente, permitiría
viajar al pasado. Era un proceso demasiado complicado, y que Samuel la mitad de
las veces ni siquiera sabía si funcionaría, pero parecía ser brillante.
Le
alegró un poco a Samuel el no tener que tripular la máquina para poder viajar.
Ni tampoco que contara con algún extraño aparato que tuviera que poner entre
sus piernas, viéndose tan ridículo como “Napoleón Dinamita”. Eso significaba
que, en el remoto caso de que todo hubiera sido una estafa o que sus adiciones
hubieran sido erróneas, no recibiría algún tipo de dolorosa carga eléctrica al
momento de probar la máquina.
Pensar
en eso hizo que Samuel sudara frío. Probar la máquina.
Del
lado de los interruptores y del ojo láser, estaba también una pantalla LCD.
Samuel no tenía suficiente a la mano para comprar una, así que estuvo obligado
a sacrificar su cámara de video, separando dolorosamente la pantalla rotativa
del aparato, e incorporándola a la máquina.
De
cualquier manera, era necesario para que pudiera tener una interfaz con la cual
seleccionar la fecha de destino. Era imperativo. Si no, se arriesgaría a hacer
un salto a ciegas en el tiempo, y no quería terminar como Ash al final de “Evil
Dead 3”.
Ya
tenía preparada su fecha de destino. De cierta forma, ya había iniciado el
viaje, incluso antes de terminar la máquina. Esas sesiones soldando y
construyendo las piezas, tal como en la secundaria, lo traían de regreso a sus
días de adolescencia, al período de tiempo donde era su intención viajar con su
proyecto. Samuel lo tomó como una obertura, una predisposición, para poder
ponerse en el humor de regresar a sus años de tormento.
Pero
ya no sería tormento. No más burlas. No más vergüenzas, ni momentos socialmente
incómodos. Ninguno de sus supuestos amigos haciéndole albures, y aprovechándose
de su ingenuidad. Nadie del grupo A-6 humillándolo por no terminar las
lagartijas que impusieron de castigo los prefectos. Ningún intento fallido por
hablarle a Danniela. De hecho, ni siquiera tendría que preocuparse por llamar
la atención de la chica. Podría cambiar su enfoque, sabiendo lo que sabía
ahora, y poder seducir y conquistar a Fabiola. Y, sobre todo, no más
impopularidad. No más burlas por hacer referencias a películas que nadie más
del salón había visto. No más vergüenzas por contar los chistes mal. Y no más
vergüenzas al hablar en público, con todos desprestigiando cualquier cosa que
hubiera dicho, sin importar que hubiera sido algo cierto, inteligente o una
genuinamente buena idea, específicamente porque lo dijo él, y no alguien
popular, como Lluvia o Villalpando.
Al
pensar estas cosas, Samuel no pudo evitar hacer puños y maldecir en voz baja,
recordando todos esos momentos tan frustrantes, y saboreando la posible
victoria que vendría al superarlo todo. No obstante, no sería posible. El
viajar por el tiempo era como un simple viaje de turismo. Él no rejuvenecería
ni volvería a vivir los mismos episodios de su vida, con una mentalidad nueva.
Más bien, la misma versión de él mismo, ya crecida, regresaría a esos momentos,
atestiguando lo que su yo del pasado haría y cómo actuaría.
Pero, también, se recordó que existía la
posibilidad de cambiar el pasado como su yo actual. Y esa era la manera de
comprobar o desmentir una o todas las teorías que se había formulado sobre su
impopularidad. El experimento que se había encomendado a practicar, incluso
antes de saber que se podía viajar por el tiempo.
A
nadie le gustaban las ideas de Samuel cuando las decía porque era Samuel quien
las decía, según notaba en la secundaria. ¿Sería este un efecto universal?
¿Acaso había sido maldecido por la impopularidad de una manera tan cruel? Sólo
había una manera de comprobarlo.
Siempre
le entretuvo la idea de que, si pudiera regresar a épocas como el Barroco o el
Neoclásico, dejara por allí unos papeles con una partitura bajo su nombre. Pero
la partitura tendría alguna obra popular, como el tema de Batman, o el de
Volver al Futuro, y cambiándoles el título a poemas sinfónicos, como “Fanfarría
para el Héroe Gótico” o “El Viaje en el
Tiempo”, o incluso arreglar temas de Star Wars en una suite, llamándola,
“Fantasía Espacial” o algún otro título interesante y con clase.
Para
eso usaría la máquina del tiempo.
Decidió
no optar por la opción de plagiar música, entre varias razones, por no faltar
al respeto a los compositores. Eso no excluía cualquier intento por re-componer
éxitos como “No Rompas Mi Corazón”, “Aserejé”,” o más recientemente, “Call Me,
Maybe” o el tan mentado “Gangnam Style”, pero supuso que estaría apuntando
demasiado alto. Claro está, quería apuntar alto.
No
quería “crear” algo simplemente popular. Quería “crear” algo que
inexplicablemente se convirtió en un fenómeno, sin ningún tipo de publicidad o
anuncio masivo. Algo que, por sí solo, sin importar quién lo hubiera creado o
dicho, muy especialmente sin importar si tuviera talento o no, se hubiera
convertido en un éxito viral. ¿Qué los hace populares? ¿Qué los hace exitosos?
Los
“memes” eran la mejor opción. Frutos de un mínimo esfuerzo, limitada habilidad
y, por lo menos él no esperaba, mera suerte. ¿Por qué, entonces, se vuelven
fenómenos? Aún antes de conocer TV Tropes y KnowYourMeme, Samuel estaba
fascinado por descubrir memes nuevos y redescubrir los viejos, pero, sobre
todo, quería saber cómo nacían.
Lo
que más tenían todos esos memes en común era que fueron creados por gente
insignificante. Algún usuario de 4Chan sin nada mejor que hacer, o recién
terminando algo que hacer, que en un momento de ocio, brotó un chiste estúpido
que sólo los demás usuarios de 4Chan entenderían. Esa persona sería un muchacho
de 13 años, con una familia normal, una vida normal y un cuarto normal. Otras
veces, ni siquiera era un sitio tan especializado como 4Chan o Reddit. A veces
desde YouTube o Facebook podría nacer un meme.
A veces, no importaba el nombre. El usuario
podría ser un anónimo, pero no importaba, aquel chiste interno se volvía un
inmortal éxito, o por lo menos una moda fugaz, pero popular no obstante.
¿Y
por qué Samuel no podía ser uno de ellos?
Los
derechos de autor y el asunto del plagio serían inexistentes.
De
entre todas las posibilidades de memes que pudiera hacer pasar como suyos, no
pudo evitar pensar en Nyan Cat como la opción más probable. Era lindo. Era
simple. Era insultantemente simple. Y era exitoso. A él mismo le gustaba. No
sabía por qué, pero le gustaba. A las niñas les gustaba.
Aprendió
cómo usar el programa de edición para hacer una animación idéntica a la de Nyan
Cat, con diferencias tan sutiles como el tono de los colores. Aprendió el
nombre de la canción del fondo y cómo editarla con el sistema que usaron para
hacerla.
Pensando
profundamente, Samuel no necesitaba tanto su cámara de video. No importaría si
la descompusiera. La pantalla LCD sería usada para un fin más importante y
trascendente.
Ya
había dejado pasar mucho tiempo. Era hora de empezar el plan. Tiempo de hacer
historia.
En
la pantalla ya estaba programada la fecha y la hora a las que se dio el lujo de
imaginar ir. 24 de Septiembre de 2001, 9:00 de la mañana. Esta vez podía imaginarse
todo lo que ocurriría antes de llegar sin darse cuenta de lo decepcionante que
sería el que no fuera posible, porque esta vez sí estaba siendo posible.
Samuel
encendió el cómodo y simple switch de ignición, y el motor hizo un ruido de
arranque fuerte. Demasiado fuerte. Los vecinos lo escucharían. Qué suerte que
no estaba mamá, ni papá, ni Jenny. No era porque temiera que lo interrumpieran,
pero por dentro, pensaba que lo que fuera que estaba haciendo, estaba mal, y
alguno de ellos lo regañaría.
Olvídate de eso,
pensó dentro de sí. Desestimó el asunto agitando su mano y oprimió otro botón,
uno grande y rojo, que no rotuló pero que era imposible de confundir. Lo que
hacía ese botón era un tanto complicado de explicar, pero Samuel pensó que el
rótulo que lo describiría mejor sería “Portal”.
Al
oprimirlo, oh, sorpresa, se abrió el portal.
Samuel sintió el
corazón en la garganta al pensar en la posibilidad de que no pudiera regresar
por el portal. ¿Y si la salida se desactivara? ¿Y si mamá entrara al cuarto y
sin saber qué era la máquina, la apagara? ¿Y si se fuera la luz?
Salió
corriendo del café internet, dejando el dinero que debía por la hora y media
que usó la computadora sobre el teclado. El instructivo decía que el motor
podría seguir andando hasta por tres días completos, pero aún así, temía lo
peor si por algún mínimo desgaste dejara de funcionar.
Corrió
por las calles de hace 12 años, tal y como las recordaba cuando era un
preadolescente, cruzando de banqueta a banqueta sin cuidado de los automóviles,
que a pesar de ser del año 2001, seguían tan inconsiderados como siempre.
Avanzó cinco cuadras, todo el tiempo corriendo, hasta llegar al callejón de
donde llegó.
Las
cajas que había colocado justo enfrente del portal seguían allí, por lo que
nadie lo había descubierto. O al menos, eso pensaba. Las quitó todas,
arrojándolas a los lados, sin importarle lo que tuvieran dentro.
Al
quitar las de encima, vio un ligero resplandor naranja, y suspiró de alivio.
Quitó el resto de las cajas sin apuro, y sonrió al ver que el portal seguía
allí. Vio al otro lado su cuarto, tranquilo y calmado como siempre, como si
hubiera un hoyo en la pared del callejón. Su corazón volvió a palpitar como
ritmo de música dance cuando vio la perilla girándose, y la puerta deslizándose.
Sin
pensarlo otra vez, Samuel se arrojó por el portal al mismo tiempo que vio a su
madre asomándose por la puerta. Samuel aterrizó en el piso y rápidamente apretó
el switch de apagado, y el escándalo del motor se detuvo al mismo tiempo que el
hoyo de luz naranja en la pared desapareció.
Mamá
se quedó quieta, con una mirada de confusión. Samuel estaba avergonzado, como
si lo hubieran pescado viendo pornografía. Al darse cuenta de que lo que
acababa de hacer no era algo tan digno de pena, frunció el ceño a sí mismo.
“¿Qué…?”
decía mamá, buscando palabras.
“Este…”
Samuel también buscaba palabras. Ninguno de los dos pudo formular una frase.
Samuel
suspiró, y procedió a explicar todo su plan a su madre.
Al
terminar, mamá hizo una expresión difícil de explicar. Él no sabía si ella
estaba triste, enojada, sorprendida. Tenía los ojos abiertos, y se le quedó
viendo, fijamente.
Samuel
pensó que mamá no lo creería. Claro está, acabó de ver a su hijo cruzar la
pared de su cuarto a través de un umbral naranja que instantáneamente
desapareció. Pocos permanecerían escépticos ante ese espectáculo.
“¿Tú
lo construiste?” preguntó, como si no hubiera puesto atención a todo el plan,
distrayéndose por un detalle menor.
“Sí,”
respondió Samuel. Hubiera esperado que le preguntara algo más.
“Sabes,”
ella por fin sonrió, “en verdad, ninguno de nosotros sabe por qué no tienes
trabajo.”
El
muchacho seguía sin estar seguro de qué emoción expresar.
“¿No
estás enojada?”
“¿Enojada?”
dijo ella, extrañada pero alegremente. “¿Por qué me enojaría? ¿No te has dado
cuenta?”
“¿De
qué?”
“¡Inventaste
una máquina del tiempo!” Como lo decía mamá, sonaba como un hallazgo digno del
Nobel. “¡Tú solo!”
“No
solo. Usé las instrucciones que vi en eBay.”
“¿Eran
para una máquina del tiempo?”
“No,
pero eran para un…”
“¿Decía
lo de ese motor que construiste?”
“No,
pero…”
“Sam.
Pasaste tanto tiempo obsesionado con algo, y no te diste cuenta de que hiciste
algo mucho mejor. ¿Qué importa ese ‘Nein Cat’ o como se llame? Esa prueba que
hiciste, la desperdiciaste en algo tan bobo como inventar un meme.” Mamá lo
pronunció “mé-me”, y no “mim”, pero Samuel decidió no preocuparse demasiado por
eso. Ella continuó. “Estabas tan harto de decir que eres impopular, y no lo
eres, que olvidaste que con esto, serás recordado por el resto de tu vida.”
Mamá vio afectivamente a su hijo, y Samuel entonces por fin comprendió. Como siempre, Rebecca Lagos demostró gran sabiduría. Y después, si su experimento de crear a Nyan Cat siete años antes hubiera tenido éxito o no, se había vuelto irrelevante.
Mamá vio afectivamente a su hijo, y Samuel entonces por fin comprendió. Como siempre, Rebecca Lagos demostró gran sabiduría. Y después, si su experimento de crear a Nyan Cat siete años antes hubiera tenido éxito o no, se había vuelto irrelevante.
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