domingo, 7 de abril de 2013

Los VIejos Segundos de Siempre - Cuento

Sentado esperas. Esperas por largo tiempo. Tiempo que pasa lentamente. Miras tu reloj, y ves la hora. Esperas más. Una eternidad transcurre. Vuelves a mirar tu reloj. La misma hora. Perplejo, te preguntas cómo fue que el tiempo se alentó tanto.
Ves a tu alrededor, y deseas que ella se apure de una vez por todas. La espera es tal que no se puede aguantar. Intentaste ya distraer tu mente, pero de nada funciona. Como Roma, todos los pensamientos conducen a ella. Juegas moviendo tus manos, esperando desviar tu ansiedad. Comienzas a cruzar los dedos en formas extrañas, los truenas cual pianista para aparentar autoconfianza y suficiencia. Después de das cuenta de que fue en vano, pues nadie te nota.
Como un tic nervioso, vuelves a ver el reloj, y vuelves a  mirar hacia arriba. Lo vuelves a ver y te sorprendes de que tan sólo haya transcurrido un minuto.
No es tan grave. Sólo dos minutos más y llegará. Dos minutos que parecen nunca llegar.

Comienzas a imaginar qué dirás y qué te contestará ella. Pero eso sencillamente aumenta más tu impaciencia. Volteas al cielo, a la mesa, al libro que trajiste para supuestamente leer mientras esperabas, a los transeúntes, nuevamente al cielo, a un pájaro de pie en un alambre. Te preguntas, cómo es que un ave puede pararse sobre un cable y no recibir una descarga. Recuerdas después el episodio de El Mundo de Beakman donde dice que, puesto que las patas del animal no se paran sobre dos cables separados, no hacen un circuito y, por ende, no se transmite electricidad.
Después de darte cuenta lo mucho que divagaste, vuelves a ver tu reloj. ¡Perfecto! Ya han pasado los dos minutos. En cualquier momento debe estar por llegar.
Buscas por la puerta, esperando que entre milagrosamente con música sonando y viento soplando en su cabello. No pasa nada. Permaneces inmóvil, hasta que ves a alguien saliendo por la puerta. Oh, Dios. Es ella.
No te mira, porque seguramente no te conoce. En la mano derecha tiene una bolsa de plástico Ziploc, con un sándwich envuelto en papel aluminio dentro y en la otra mano tiene un envase de yogurt líquido. Su siempre tan presente y nunca indultado desayuno.
La observas detenidamente. Por suerte, ella no ha notado tu mirar, que muy probablemente la haría sentir incómoda o asustada. Pero sigue su camino. Llega a la mesa más cercana a la puerta, justo enfrente de ti.
Al momento en que se acomoda en la silla, tu corazón empieza a palpitar rápidamente. Jurarías que se puede escuchar el fuerte latido hasta la otra esquina, pues el sonido resuena en tus oídos. Tu pierna comienza a temblar, ese traicionero nervio hace de las suyas, todas para hacerte lucir ridículo.
Notas que está abriendo la bolsa para sacar su emparedado. Ese es tu pie. Te arreglas el cabello una última vez, te levantas y te acercas a donde está ella.
Su cautivadora mirada divisa hacia el horizonte mientras mastica un bocado.
Al ver sus ojos puestos de repente sobre ti, el tiempo se detiene. Tu pierna ya no tiembla. Tu pierna ahora vibra. Tu corazón late tan fuerte que sientes que saldrá por tu boca. Al verte pleplejo, ella sonríe.
Por un nanosegundo que para ti es una hora, luchas contigo mismo. Sonríele de vuelta, te gritas a ti mismo. Reacciona.
Por fin, tras un conflicto entre tu vergüenza y tu iniciativa, la iniciativa gana. Sonríes. Temes que sea una sonrisa al revés, con la curvatura hacia arriba y que la haga gritar de lo horrible que se ve. Ella no parece reaccionar más de lo que su sonrisa expresa.
Ya te conoce. Te ha visto, y le agradas.
La vergüenza intenta levantarse otra vez para seguir pelenado, y en ese mismo instante, quieres retroceder. Abortar la misión.
No. Ya estás demasiado involucrado, como diría Jack Dawson. Si retrocedes, no tendrás más oportunidades. La razón vuelve. Recuerdas que debes seguir adelante.
Asombrosamente, todo este dramático evento ha transcurrido en dos segundos. Ella espera entonces que tú hagas algo.
Ante la expectativa que sus bellos ojos reflejan, la saludas. Antes de que cualquier otra cosa pase, rápidamente, le preguntas su nombre.
Al oírla hablar, suenan campanas en tu cabeza. Su nombre es delicado, es honesto, es inocente, es perfecto.
Entonces le dices tu nombre, aquel con que te bautizaron. No te avergüenza, pero tampoco te hace gritar de alegría cada vez que lo dices. Aún así, ella te regresa el saludo, diciendo tu nombre.
Tu pierna entonces vibra aún más, e intentas disimularlo. Después de este intercambio de saludos y nombres, te congelas.
¿Qué sigue? ¿Qué es lo que hay que decir ahora?
Piensa en algo más. Rápido. ¿El clima? ¿Las últimas semanas de clase? ¿Su color favorito? Lo que sea, tan sólo habla.
De la nada, en la punta de tu lengua brota un comentario sobre el día despejado. Agregas que disfrutas la vista que te ofrece la ausencia de nubes.
Es aquí donde sabrás un detalle vital para el futuro. El indicador de que el camino estará perdido o llegará lejos. ¿Podrá ella conversar contigo?
Escuchas sus palabras, pero un automóvil con un motor defectuoso pasa por la calle, creando un ruido con el que apenas logras entender lo que dice ella. Cuando el ensordecedor y muy inoportuno escándalo termina, ella sigue hablando. Te explica sus días preferidos, sus menos preferidos y los que le causan indiferencia. Comienza un largo monólogo que a otros ahuyentaría, pero que a ti te fascina. Escuchas cada una de sus palabras, encantado.
Aprovechas una pausa en su discurso y pides permiso para sentarte. Ella no te dice lo extrañada que está de que no lo hubieras pedido antes, pero por su autorización lo infieres sutilmente.
Y ella continúa deleitando tus oídos con su dulce voz. No muy grave ni tampoco muy aguda. Un tono ideal. Un masaje a tu tímpano. Mientras la escuchas, pones tu mano en tu mejilla y recargas tu cabeza sobre tu brazo, apoyando tu codo sobre la mesa. La miras esperanzado, feliz cómodo. Estás enamorado.
Ella aparenta no sentirlo, pero tú sabes que por dentro se siente halagada, y al no hacer observación de que la estás contemplando tan perdidamente, deduces que ella está interesada también.
Después de que finaliza su tratado sobre los tipos de días que le agradan, espera que respondas algo. Sonríe, invitándote a la conversación. Tú esperas un momento y das tu opinión. Agregas características de los días que a ti te hacen cómodo. Una conversación, banal, quizás, pero que ambos se alegran de tomar.
Cuando te das cuenta, tu pierna ha dejado de vibrar. No notas que tu corazón alenta el ritmo. Ya puedes respirar tranquilamente. Por fin estás cómodo.
Ves tu reloj. Media hora acababa de pasar. Esos segundos que parecían siglos ahora se volvieron los viejos segundos de siempre. Después del intercambio de argumentos que los deja sonrientes y alegres, haces la pregunta que deseabas hacerle desde el principio. Aquella que no viste realmente apropiada por el momento.
Le invitas a tomar un café contigo algún día. Vuelves a sentir tu pierna temblar y tu corazón latir cuando ella hace una pausa, reflexionando la pregunta. Al tomar una decisión, ella te responde…

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