Ves a tu alrededor, y deseas que ella
se apure de una vez por todas. La espera es tal que no se puede aguantar.
Intentaste ya distraer tu mente, pero de nada funciona. Como Roma, todos los
pensamientos conducen a ella. Juegas moviendo tus manos, esperando desviar tu
ansiedad. Comienzas a cruzar los dedos en formas extrañas, los truenas cual
pianista para aparentar autoconfianza y suficiencia. Después de das cuenta de
que fue en vano, pues nadie te nota.
Como un tic nervioso, vuelves a ver
el reloj, y vuelves a mirar hacia
arriba. Lo vuelves a ver y te sorprendes de que tan sólo haya transcurrido un
minuto.
No es tan grave. Sólo dos minutos más
y llegará. Dos minutos que parecen nunca llegar.
Comienzas a imaginar qué dirás y qué
te contestará ella. Pero eso sencillamente aumenta más tu impaciencia. Volteas
al cielo, a la mesa, al libro que trajiste para supuestamente leer mientras
esperabas, a los transeúntes, nuevamente al cielo, a un pájaro de pie en un
alambre. Te preguntas, cómo es que un ave puede pararse sobre un cable y no
recibir una descarga. Recuerdas después el episodio de El Mundo de Beakman
donde dice que, puesto que las patas del animal no se paran sobre dos cables
separados, no hacen un circuito y, por ende, no se transmite electricidad.
Después de darte cuenta lo mucho que
divagaste, vuelves a ver tu reloj. ¡Perfecto! Ya han pasado los dos minutos. En
cualquier momento debe estar por llegar.
Buscas por la puerta, esperando que
entre milagrosamente con música sonando y viento soplando en su cabello. No
pasa nada. Permaneces inmóvil, hasta que ves a alguien saliendo por la puerta.
Oh, Dios. Es ella.
No te mira, porque seguramente no te
conoce. En la mano derecha tiene una bolsa de plástico Ziploc, con un sándwich
envuelto en papel aluminio dentro y en la otra mano tiene un envase de yogurt
líquido. Su siempre tan presente y nunca indultado desayuno.
La observas detenidamente. Por
suerte, ella no ha notado tu mirar, que muy probablemente la haría sentir
incómoda o asustada. Pero sigue su camino. Llega a la mesa más cercana a la
puerta, justo enfrente de ti.
Al momento en que se acomoda en la
silla, tu corazón empieza a palpitar rápidamente. Jurarías que se puede
escuchar el fuerte latido hasta la otra esquina, pues el sonido resuena en tus
oídos. Tu pierna comienza a temblar, ese traicionero nervio hace de las suyas,
todas para hacerte lucir ridículo.
Notas que está abriendo la bolsa para
sacar su emparedado. Ese es tu pie. Te arreglas el cabello una última vez, te
levantas y te acercas a donde está ella.
Su cautivadora mirada divisa hacia el
horizonte mientras mastica un bocado.
Al ver sus ojos puestos de repente
sobre ti, el tiempo se detiene. Tu pierna ya no tiembla. Tu pierna ahora vibra.
Tu corazón late tan fuerte que sientes que saldrá por tu boca. Al verte
pleplejo, ella sonríe.
Por un nanosegundo que para ti es una
hora, luchas contigo mismo. Sonríele de
vuelta, te gritas a ti mismo. Reacciona.
Por fin, tras un conflicto entre tu
vergüenza y tu iniciativa, la iniciativa gana. Sonríes. Temes que sea una
sonrisa al revés, con la curvatura hacia arriba y que la haga gritar de lo
horrible que se ve. Ella no parece reaccionar más de lo que su sonrisa expresa.
Ya te conoce. Te ha visto, y le
agradas.
La vergüenza intenta levantarse otra
vez para seguir pelenado, y en ese mismo instante, quieres retroceder. Abortar
la misión.
No. Ya estás demasiado involucrado,
como diría Jack Dawson. Si retrocedes, no tendrás más oportunidades. La razón
vuelve. Recuerdas que debes seguir adelante.
Asombrosamente, todo este dramático
evento ha transcurrido en dos segundos. Ella espera entonces que tú hagas algo.
Ante la expectativa que sus bellos
ojos reflejan, la saludas. Antes de que cualquier otra cosa pase, rápidamente,
le preguntas su nombre.
Al oírla hablar, suenan campanas en
tu cabeza. Su nombre es delicado, es honesto, es inocente, es perfecto.
Entonces le dices tu nombre, aquel
con que te bautizaron. No te avergüenza, pero tampoco te hace gritar de alegría
cada vez que lo dices. Aún así, ella te regresa el saludo, diciendo tu nombre.
Tu pierna entonces vibra aún más, e
intentas disimularlo. Después de este intercambio de saludos y nombres, te
congelas.
¿Qué sigue? ¿Qué es lo que hay que
decir ahora?
Piensa en algo más. Rápido. ¿El
clima? ¿Las últimas semanas de clase? ¿Su color favorito? Lo que sea, tan sólo
habla.
De la nada, en la punta de tu lengua
brota un comentario sobre el día despejado. Agregas que disfrutas la vista que
te ofrece la ausencia de nubes.
Es aquí donde sabrás un detalle vital
para el futuro. El indicador de que el camino estará perdido o llegará lejos.
¿Podrá ella conversar contigo?
Escuchas sus palabras, pero un
automóvil con un motor defectuoso pasa por la calle, creando un ruido con el
que apenas logras entender lo que dice ella. Cuando el ensordecedor y muy
inoportuno escándalo termina, ella sigue hablando. Te explica sus días
preferidos, sus menos preferidos y los que le causan indiferencia. Comienza un
largo monólogo que a otros ahuyentaría, pero que a ti te fascina. Escuchas cada
una de sus palabras, encantado.
Aprovechas una pausa en su discurso y
pides permiso para sentarte. Ella no te dice lo extrañada que está de que no lo
hubieras pedido antes, pero por su autorización lo infieres sutilmente.
Y ella continúa deleitando tus oídos
con su dulce voz. No muy grave ni tampoco muy aguda. Un tono ideal. Un masaje a
tu tímpano. Mientras la escuchas, pones tu mano en tu mejilla y recargas tu
cabeza sobre tu brazo, apoyando tu codo sobre la mesa. La miras esperanzado,
feliz cómodo. Estás enamorado.
Ella aparenta no sentirlo, pero tú
sabes que por dentro se siente halagada, y al no hacer observación de que la
estás contemplando tan perdidamente, deduces que ella está interesada también.
Después de que finaliza su tratado
sobre los tipos de días que le agradan, espera que respondas algo. Sonríe,
invitándote a la conversación. Tú esperas un momento y das tu opinión. Agregas
características de los días que a ti te hacen cómodo. Una conversación, banal,
quizás, pero que ambos se alegran de tomar.
Cuando te das cuenta, tu pierna ha
dejado de vibrar. No notas que tu corazón alenta el ritmo. Ya puedes respirar
tranquilamente. Por fin estás cómodo.
Ves tu reloj. Media hora acababa de
pasar. Esos segundos que parecían siglos ahora se volvieron los viejos segundos
de siempre. Después del intercambio de argumentos que los deja sonrientes y
alegres, haces la pregunta que deseabas hacerle desde el principio. Aquella que
no viste realmente apropiada por el momento.
Le invitas a tomar un café contigo
algún día. Vuelves a sentir tu pierna temblar y tu corazón latir cuando ella
hace una pausa, reflexionando la pregunta. Al tomar una decisión, ella te
responde…
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